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La reelección de Obama no sería el fin de la libertad

La reelección de Obama no sería el fin de la libertad

por Gene Healy

Gene Healy es Vice Presidente de Cato Institute.

No cedo ante nadie en mi convicción de que la presidencia de Barack Obama ha sido un desastre para la República. Recientemente, incluso sugerí que algunas de sus ofensas alcanzaron el nivel de “graves crímenes y delitos”.

Sin embargo, por mucho que lo intento, no puedo convencerme de que las elecciones de 2012 son una “piedra angular en la historia” y que serían el “fin del juego” para la libertad a menos que él sea vencido. Si Obama gana, la lucha continúa; si pierde, no es motivo para celebrar todavía.

Tenga en cuenta que, desde Franklin Delano Roosevelt, pocos presidentes de segundo periodo han sido capaces de realizar grandes diabluras. Obama podría ya haber hecho la mayor parte del daño del que es capaz.

Por supuesto, todavía queda la cuestión de deshacer los graves daños que ya se han hecho.

Mitt Romney se ha comprometido a firmar la derogación de Obamacare (para la cual Romneycare sirvió de modelo) si resulta electo. El veto de Obama sería un obstáculo difícil de superar, pero no sería necesariamente imposible de hacer, en función de lo que determine la Corte Suprema.

Le pregunté a Michael Cannon, el gurú de política sanitaria de Cato, “¿Cuánto se puede lograr desfinanciando Obamacare si Obama es reelecto?” Bastante, afirmó, dado que los intercambios de seguros de salud “son fundamentales para Obamacare. Si los estados se niegan a crearlos, la ley dice que los federales pueden. Pero no ofrece presupuesto alguno. Y buena suerte consiguiéndolos en un Congreso dirigido por el Partido Republicano”.

En caso de que el Partido Republicano asuma la presidencia, un gobierno republicano unificado presenta sus propios desafíos. El difunto Bill Niskanen, presidente por un largo periodo del Cato Institute, señaló que EE.UU. “prospera más cuando los excesos son moderados, y, si los números de los últimos 50 años sirven de referencia, un gobierno dividido es lo que los modera”.

Según los cálculos de Niskanen, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el gasto de los gobiernos unificados ha sido casi tres veces superior al de los gobiernos divididos y lo primeros han sido más propensos a derrochar recursos y vidas en el extranjero.

Tal vez los días del “Proyecto de la Calle K” pasaron, gracias al movimiento Tea Party energizado por los abusos de Obama —pero necesitarán mantener la presión sobre los republicanos.

Como los profesores de derecho Eric Posner y Adrian Vermuele señalan en su libro Executive Unbound: “La continuidad a través de las presidencias es sorprendente. Richard Nixon respetó y apoyó el avance de programas liberales de la Gran Sociedad… [Y] durante el gobierno de Reagan, el gasto público continuó su avance también”.

Obama continuó con los rescates de Bush, señalan más adelante, y él ha “conservado las principales características de prácticamente cada herramienta contra el terrorismo utilizada por la administración de Bush”.

De hecho, hay algo extrañamente mecánico en la forma en que el Estado moderno se expande constantemente sin importar cuál partido o presidente se encuentre en el poder.

El verano pasado la Ley Patriota fue renovada de forma automática por la presidencia, pocas semanas después de que el Equipo SEAL 6 acabara con la vida de Osama bin Laden. A medida de que la amenaza terrorista disminuyó, la guerra perpetua contra el terrorismo continuó, incluso siendo ahora los ciudadanos estadounidenses blanco de robots que asesinan a control remoto.

En julio, una de las luchas perennes del presupuesto en Washington presentó un matiz interesante: Resulta que, si el Congreso fallaba en aumentar el techo de la deuda en el plazo reglamentario, el Poder Ejecutivo no podía detener el gasto, aunque lo intentara.

El gasto seguiría, según informó Reuters, porque la Tesorería no sería capaz de “reprogramar a las computadoras del gobierno que generan pagos automáticos en la fecha límite”.

En casa y en el extranjero, el gobierno federal está fuera de control y parece que no hay un interruptor manual capaz de apagarlo.

Como otros han observado, nuestro gobierno se ha convertido en un tren fuera de control —y las elecciones presidenciales parecen cada vez más una lucha por determinar quien podrá sentarse al frente y pretender que conduce.

El punto es hacer fracasar esta ofensiva y ninguna elección puede hacer eso. Pase lo que pase en noviembre, el trabajo aún debe continuar.

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