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Sólo para iniciados

Autor: Juan Bustillos

 

 

Generales en guerra sucia embarcan a Josefina Vázquez Mota

12/04/12

Mal empezó la guerra sucia, en el cuartel panista, en el primer día de campaña del nuevo equipo de Josefina Vázquez, el especializado, precisamente, en aniquilar al contrario.

Cuando la guerra sucia se reduce a descalificaciones, como aquello de que Andrés Manuel López Obrador era un peligro para México, no hay problema, ¿cómo desmentirlo?, pero es otra cosa cuando se trata de datos duros.

Ayer, los generales en guerra sucia de Josefina Vázquez Mota embarcaron a la candidata panista a la Presidencia de la República. Le hicieron creer que tenía en las manos la prueba de que la campaña publicitaria de Enrique Peña Nieto, basada en el cumplimiento de sus compromisos, es mentira.

La gran noticia fue que no cumplió dos compromisos de los 600 firmados ante notario cuando fue candidato a gobernador del Estado de México.

El 67, referido a la construcción de la vialidad Barranca del Negro en Huixquilucan. En efecto, el puente no se construyó, pero los estrategas del bombardeo al eje de la campaña del candidato priísta olvidaron decir que la causa fue la negativa de permisos por parte de Conagua y Semarnat, debido a que la vialidad aterrizaba en el Distrito Federal.

También omitieron decir que entre el gobierno mexiquense, la administración de Huixquilucan y los vecinos, acordaron, en su lugar, la realización de otras obras, por el valor de lo que costaría la vialidad, más de 200 millones de pesos.

Por lo contrario, el compromiso 57, el Parque Ecoturístico en la Laguna de Zumpango, sí se realizó y entregó; si el lugar se encuentra en estado lamentable es porque la administración municipal, de origen panista, descuidó el mantenimiento.

En realidad, hay otros compromisos que Peña Nieto no cumplió y que los estrategas de la guerra sucia no incluyeron en la embestida mediática para presentar al candidato priísta como mentiroso: Los trenes ligeros que unirían a Ecatepec con Indios Verdes y Chalco con Ciudad Nezahualcóyotl.

En su tiempo, y ya como candidato, Peña Nieto ha denunciado que el incumplimiento es imputable al gobierno federal, concretamente al entonces secretario de Comunicaciones, Juan Molinar Horcasitas, que torpedeó los proyectos, a pesar de que el gobierno mexiquense ya contaba con la inversión que le correspondía.

Pero también falló el equipo amable, el encargado de presentar a Josefina como cabal cumplidora en los importantes encargos que tuvo en el gobierno federal.

La candidata panista proclama haber construido, en su paso por la Secretaría de Desarrollo Social, 3 millones de pisos firmes. El problema es que conforme al informe del Presidente Fox en su sexenio, cuando Vázquez Mota fue responsable del programa, hasta el arribo de Ana Teresa Aranda, sólo se construyeron 391mil. En concordancia con esta información, el INEGI registró 390,928 pisos firmes.

Josefina cesó a una periodista porque su dedo cordial izquierdo oprimió la letra zeta de la computadora en lugar de la equis; ¿a quién cesará ahora?

¿Quizás a su experto en guerra sucia, Antonio Solá, y al coordinador adjunto encargado del discurso, Rafael Giménez, porque la colocaron en la incómoda situación de ser llamada mentirosa, como ya lo hizo alguna vez Ernesto Cordero?

Sin duda, llegó el momento de dar otro golpe de timón.

 

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¿Quién va ser el próximo presidente?

Luis Gutiérrez Poucel

Consultor Económico:  Economista en Jefe en LEGS Consultores y Asociados.  Anteriormente, durante 11 años, Economista Principal en el Banco Mundial.  Educado en Harvard University.

El tema de actualidad en el país es:

¿Quién va ser el próximo presidente?

Cada seis años a los mexicanos nos gusta jugar al presidencialismo, como si esto pudiera cambiar el pasado, o mejorar los resultados de la administración que está a punto de concluir. En efecto, lo último que muere en los mexicanos es el sentimiento de la esperanza, la esperanza de que el próximo presidente vaya a ser mejor del que está por terminar.

Por el momento tenemos a tres candidatos de los tres principales partidos con posibilidades presidenciables, por orden alfabético de los partidos: Josefina Vázquez Mota (PAN), Andrés Manuel López Obrador (PRD) y Enrique Peña Nieto (PRI). Las encuestas sugieren que Enrique es el puntero, a pesar de los descalabros que le han causado las muestras que ha dado de falta de cultura y preparación. Sin embargo, Andrés Manuel y Josefina están mejorando su posición en las encuestas.

¿Qué tal si pudiéramos evaluar a los tres presidenciables desde el punto de vista del bienestar nacional, de lo que le importa al pueblo de México, considerando la trayectoria que han tenido y su desempeño en el pasado? Eso es lo que pretendemos hacer en este artículo: evaluarlos de la manera más objetiva posible, lo cual es muy difícil, porque hay mucho de subjetividad en cualquier evaluación; pero a riesgo de pecar de sesgos ideológicos y políticos, aquí les va mi modesta evaluación.

Índice de la Esperanza

Pero antes de calificarlos, tenemos que ponernos de acuerdo sobre qué bases los vamos a evaluar. Si tomamos el Índice de Desarrollo Humano propuesto por los organismos internacionales, los tres indicadores relevantes serían (1) el PIB per cápita, (2) la educación y (3) la esperanza de vida. Pero como nosotros sabemos, el bienestar de una nación requiere de otros elementos, tales como la seguridad, combate a la corrupción y la efectividad del gobierno para gobernar, entre otros.

El Banco Mundial ha propuesto el Índice de Gobernabilidad, compuesto por los siguientes indicadores: (1) voz y rendición de cuentas, (2) estabilidad política, (3) efectividad del gobierno, (4) calidad regulatoria, (5) imperio de la ley y (6) control de la corrupción.

Para el caso de México, vamos a tropicalizar dichos índices para aterrizar más de cerca a nuestra realidad, construyendo el Índice de la Esperanza. ¿En qué consiste este índice?, se preguntarán. Este índice se compone de seis indicadores: (1) el PIB per cápita, (2) distribución del ingreso, (3) educación, (4) efectividad para gobernar (gobernabilidad en corto), (5) seguridad y (6) corrupción.

Pasemos ahora a la evaluación de cada presidenciable.

Josefina Vázquez Mota
La administración de JVM probablemente mantendría el blindaje económico de la economía, respetaría la autonomía del Banco Central y conservaría la prudencia fiscal. El Producto Interno Bruto per cápita crecería a igual ritmo o un punto porcentual por arriba del PIB per cápita de los Estados Unidos, que es nuestro principal punto de referencia. Tendríamos estabilidad económica durante todo su sexenio.

La distribución del ingreso seguramente se mantendría igual que como estamos ahora, no habría grandes avances en la reducción de la pobreza, no se lograría la reforma fiscal y la gestión del Ejecutivo Federal tendría el mismo impacto sectorial que el gobierno de Felipe Calderón.

El gobierno de Josefina evitaría confrontaciones con el sindicato de la maestra Gordillo; mantendría los mismos niveles de gasto e inversión en educación que la de los gobiernos panistas recientes. En suma, en el campo de la educación no habría grandes avances, mantendríamos nuestros bajos niveles educativos que observamos cuando nos comparamos con los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

El gobierno panista tendría las mismas dificultades para alcanzar acuerdos con el Congreso que sus predecesores para llevar a cabo las reformas estructurales que el país requiere y para controlar los excesos de los gobiernos estatales. El nivel de gobernabilidad sería equivalente al de los gobiernos panistas del 2000 al 2012.

En cuanto a la seguridad, su gobierno mantendría las mismas líneas de confrontación militar contra el crimen y la delincuencia organizada, no legalizaría las drogas cuyo tráfico hacia EUA ocasionan más daño al país en términos de violencia e inseguridad.

Finalmente, en la lucha contra la corrupción el gobierno de Josefina Vázquez Mota no iría contra los presidentes, gobernadores de los estados ni secretarios de Estado que robaron en el pasado. Mantendría los mismos niveles de monitoreo y control de la corrupción tan suaves para los niveles altos como los que mantuvieron los gobiernos panistas que la antecedieron. La corrupción en los altos niveles de los gobiernos estatales continuaría con algunos de ellos endeudándose masivamente para financiar proyectos cuestionables. Los elementos de control de la corrupción y abuso de confianza de los niveles medios y bajos probablemente mejorarían un poco.

 

Andrés Manuel López Obrador
¿Qué tal le iría al gobierno de AMLO con el Índice de la Esperanza? Para empezar, el ingreso per cápita probablemente crecería por debajo del ritmo del de los EUA, difícilmente alcanzaría en promedio durante el sexenio el nivel americano, por las siguientes razones: el gobierno de AMLO eliminaría el blindaje económico, terminaría con la autonomía del Banco de México, no seguiría una política de prudencia fiscal e iniciaría una confrontación abierta contra los inversionistas privados nacionales y extranjeros; su administración introduciría nuevamente el financiamiento deficitario, acelerando la inflación y devaluando el valor del peso; la inversión privada disminuiría; el déficit comercial aumentaría junto con el proteccionismo comercial y los precios de los productos nacionales e importados aumentarían en el mercado interno. En otras palabras, la economía perdería competitividad, tendríamos una crisis económica durante la mayor parte del sexenio y aumentaría la dependencia a las exportaciones de petróleo crudo.

La distribución del ingreso se deterioraría por los efectos inflacionarios, por la disminución en la tasa de crecimiento económica, por la confrontación entre clases de diferente ingreso, por la reducción de la inversión privada y por la disminución en la creación de empleos. La administración mejoraría los programas de reducción de la pobreza extrema, aumentando el gasto para necesidades sociales del 7.2% del PIB al 10%, pero este esfuerzo no sería suficiente para contrarrestar la reducción del ingreso de la clase media y de los más pobres por la inflación y el aumento del desempleo. Seguramente no habría reforma fiscal, y si la hubiera, sería en contra del crecimiento económico y de la inversión, su énfasis sería en mayores ingresos fiscales penalizando la inversión y favoreciendo al consumo. El ejecutivo federal tendría un fuerte impacto sectorial, a través de grandes proyectos públicos, habría gran participación de contratistas, en especial aquellos que apoyasen financieramente al PRD y de nuevos contratistas que nacerían al amparo de los contratos del gobierno. Los mexicanos terminaríamos pagando doble por estos grandes proyectos populistas, primero porque para desarrollarlos se necesitarían de los impuestos que pagamos, y segundo por las molestias que ocasionarían su construcción y por el impuesto inflacionario que eventualmente tendríamos que pagar todos los mexicanos.

En el terreno de la educación, si Andrés Manuel no puede controlar al sindicato de Elba Esther Gordillo, luchará en su contra, tratando de crear su propio sindicato incondicional a sus políticas. Habría un fuerte aumento en los niveles de gasto e inversión para la educación, pero tendría poco impacto en la calidad de la educación, así como en el nivel de calificación de la mano de obra, pues el énfasis sería más en la cantidad que la calidad, sería una educación politizada.

En cuanto a gobernabilidad habría una abierta confrontación con el Congreso, las reformas que se aprobarían serían populistas, no para mejorar la efectividad del gobierno, sino para vender la imagen de buen gobierno a la opinión pública. El estilo de gobernar produciría un diálogo aguerrido con los estados gobernados por la oposición. Habría inestabilidad política durante la mayor parte de su sexenio.

En lo que toca la seguridad, el gobierno de Andrés Manuel trataría de pactar y dirigir a la delincuencia organizada: su lema sería “si no es posible combatirlos, preferible controlarlos y dirigirlos”. Seguramente legalizaría algunas de las drogas cuyo tráfico más perjudican al país: la marihuana y la cocaína.

En cuanto al control de la corrupción, el gobierno de Andrés Manuel mantendría muy abierto los ojos monitoreando y criticando a los gobernadores de los partidos de oposición y cerrando sus ojos a los excesos en los estados manejados por sus correligionarios y de los que apoyan a su administración. Los mecanismos de manejo y castigo de la corrupción de los niveles medios y bajos probablemente no serían efectivos.

 

Enrique Peña Nieto
Finalmente, ¿cómo saldría la evaluación del candidato puntero EPN? Seguramente la administración de Enrique trataría de manipular el blindaje económico, socavaría la autonomía del Banco Central y se alejaría de la prudencia fiscal cuando así le conviniera y fuera necesario para sus fines políticos o personales. El ingreso per cápita de los mexicanos posiblemente crecería al mismo ritmo que el de los americanos, quizás un poco por encima. Habrían grandes proyectos y mucha participación de especuladores y contratistas, por lo que los mexicanos terminaríamos pagando triplemente por estos gigantescos proyectos de desarrollo: primero para financiar su desarrollo con nuestros impuestos, segundo por las molestias durante su construcción y tercero terminaríamos pagando peaje por el uso de los servicios de infraestructura que generarían. Posiblemente habría una crisis económica al final del sexenio cuando el gobierno tratase de apurar la terminación de sus grandes proyectos con financiamiento deficitario.

La distribución del ingreso probablemente empeoraría por los efectos inflacionarios de su oportunista política fiscal. No habría grandes avances en la reducción de la pobreza, manteniéndose los niveles actuales de 52 millones de pobres. Indudablemente no habría acuerdos para llevar a cabo una reforma fiscal.

En cuanto a la educación, el gobierno de Peña Nieto continuaría apoyando al sindicato de Elba Esther Gordillo. Habría un aumento en los niveles de gasto e inversión dedicados a la educación pero con poco impacto en la calidad educativa, probablemente habría inclusive un retraso en los indicadores de calidad de la educación debido al mayor énfasis que se daría a la cantidad más que a la calidad, favoreciendo y compensando la trayectoria política de los maestros y oponiéndose a su evaluación y premiación de sus conocimientos.

En términos de gobernabilidad habría una mejora, dada la mayor experiencia que tienen los priistas para manejar al país, pero continuarían las dificultades de entendimiento con el Congreso y para llevar a cabo las reformas estructurales que necesita el país. El nivel de control y supervisión en los gobiernos estatales mejoraría un poco, pero el cambio no sería sustancial.

En términos de seguridad, el gobierno de Enrique trataría de pactar con los criminales y la delincuencia organizada lo que a la postre, nos resultaría muy caro. Es ridículo e infantil pensar que se puede negociar y pactar con pillos que por definición no tienen palabra ni honor. Precisamente por ello son criminales, porque no tienen escrúpulos ni respeto al derecho ajeno. Probablemente no logre legalizar las drogas para sacar de la ecuación de la oferta al elemento criminal.

Finalmente en lo que toca al control de la corrupción, el gobierno de Peña Nieto no iría contra los gobernadores, secretarios de estados ni presidentes ladrones; trataría de pactar para que a él y a sus allegados, al terminar su administración, no les hicieran lo mismo. Los mecanismos de control de la corrupción y abuso de confianza de los niveles medios y bajos probablemente mejorarían.

Boletas de calificaciones:

En la evaluación comparativa de los presidenciables, considerando las calificaciones a cada uno de los indicadores del Índice de la Esperanza, ninguno de los tres candidatos aparece como la mejor opción para México, pero la opción menos mala parece ser Josefina Vázquez Mota con un promedio de 6.5. El presidenciable más malo sería Andrés Manuel López Obrador con una calificación promedio de reprobado de 3.6. Enrique Peña Nieto pasaría de panzaso con un 6 de promedio. Ninguno de los dos candidatos aprobados figuraría en el cuadro de honor.

 

Evaluación de los presidenciables: Un ejercicio en razón a la esperanza

 

JVM

AMLO

EPN

PIBPC

8.0

2.0

7.8

Distribución del ingreso

6.0

4.0

5.2

Educación

5.5

4.0

4.2

Gobernabilidad

6.5

3.5

7.8

Seguridad

7.5

5.0

4.7

Corrupción

5.5

3.0

6.3

Índice de la Esperanza

6.5

3.6

6.0

Resultado de la evaluación

Seguramente otro evaluador modificaría alguna que otra calificación, pero dudo mucho que el resultado final cambiara mucho en lo fundamental: en las próximas elecciones no vamos a votar por el mejor candidato, sino por el menos malo.

Los líderes políticos que tenemos son los que merecemos. Si algo nos dice nuestra historia es que los mexicanos generalmente votamos por sentimiento, por interés propio y para alcanzar beneficios a corto plazo. Los mexicanos no contemplamos el beneficio a largo plazo, el interés de nuestros hijos y nietos, el bienestar del pueblo. ¿Por qué desde la independencia hasta hoy hemos tenido mayoritariamente entre malos y pésimos líderes que han llevado al país a estadios económicos muy por debajo de los niveles que hubiéramos podido alcanzar? Y no es porque no haya buenos líderes, los hay, es porque nosotros, los votantes no sabemos meditar nuestro voto.

El votante mexicano desgraciadamente es egoísta, no altruista, por lo que existe la posibilidad de que vayamos a votar mayoritariamente en las próximas elecciones, no por el menos malo, sino por el más malo, el que más promesas haga, el que más despensas reparta.

Tirar y patear a Josefina

Hoy el PAN mudó a “las tribus”, propias del PRD, en donde la divisa fundamental no es sólo ganar, sino destruir al adversario.

Ricardo Alemán

   
   

En los meses recientes, intramuros del PAN se produce una peculiar metamorfosis política que, en rigor, deja en calidad de juego de niños al clásico de Kafka, ya que confirma que el partido azul de hoy es igual que el PRI, al que prometió combatir.

Y es que tanto líderes como gobernantes y dirigentes pasaron del “apostolado democrático” al cochinero propio de la cultura política del PRD y del PRI. Y si tienen dudas, basta ver cómo se llevó a cabo la elección de su candidata presidencial.

De los respetados grupos políticos —en donde la divisa eran las ideas y la doctrina—, hoy el PAN mudó a “las tribus”, propias del PRD, en donde la divisa fundamental no es sólo ganar, sino destruir al adversario. Es decir, lo importante es tirarlo y patearlo en el suelo, hasta aniquilarlo.

Y de la concepción clásica del presidencialismo democrático —bandera azul fundamental—, el PAN pasó al presidencialismo despótico: el que hace campaña abierta a favor de su candidato presidencial. O, si se quiere, que el gobierno de Calderón actúa hoy en forma idéntica a como actuaron los gobiernos del PRI.

Y viene a cuento, porque resulta que “las tribus” del PAN parecen empeñadas, no sólo en tumbar la candidatura presidencial de la señora Vázquez Mota, sino que, ya en el suelo, la patean con peculiar gusto y hacen todo por destruirla. ¿Las pruebas?

Las campañas que desde el PAN enderezaron desde distintos frentes, al exhibir fragmentos de artículos donde habla del gobierno de Pinochet; extractos de su tesis en los que califica a la UNAM de “monstruo”; la difusión masiva e insidiosa del juego verbal de que “nadie es perfecto”, al estudiar en la Ibero. Claro, sin contar con el Estadio Azul en fuga y, apenas hace horas, la difusión de una escucha con la que se pretende confrontar a la candidata presidencial del PAN con Felipe Calderón.

Todos saben que, detrás de esas filtraciones, tropiezos y golpeteos, están “las tribus” de Ernesto Cordero, Santiago Creel y “el Grupo Pinos” —incluidos los ultraconservadores del CEN del PAN, que convirtieron la visita papal en divisa del gobierno y contra la candidata— que, lejos de la mística de antaño del PAN, de sumarse al proyecto del ganador, hoy le apuestan a destruirlo.

Pero, a pesar de que todos saben que en México se espía, y la guerra sucia contra la señora candidata azul viene desde las tribus del PAN, ayer Josefina calmó los tambores de guerra y juró y perjuró que “los enemigos no están en casa”.

Sin embargo, sigue en pie la pregunta: ¿Quién está empeñado en tirar y patear a Josefina Vázquez Mota?

En realidad, son nimiedades las supuestas “revelaciones” que se han convertido en obuses mediáticos contra la señora Vázquez Mota. En el fondo, lo importante no es que la señora Vázquez Mota sea espiada. ¿Por qué? Porque en México prolifera el espionaje. Tampoco es importante lo que dijo en la grabación difundida. ¿Por qué? Porque está claro que todos decimos muchas cosas, sin pensar o sin querer, cuando hablamos por teléfono. Eso sin tomar en cuenta que los señalamientos y las “maldiciones” no son nada como para cortarse las venas.

No, lo verdaderamente preocupante es el fondo. ¿Y qué hay de fondo? ¿Quién hizo pública la evidencia del espionaje? Y, claro, ¿para qué, con cuál finalidad?

La respuesta a la primera interrogante ya se sabe. Es más, la gente de la señora candidata ya sabe que salió de una mano vinculada a Santiago Creel. Sólo falta saber ¿por qué y para qué?

En ese caso es evidente que no se intenta generar un choque entre Vázquez Mota y Genaro García Luna. Tampoco la intención es enfrentar a la candidata presidencial y la “pinche Sota”. No, la idea es generar un conflicto mayor entre la señora candidata y el señor Presidente: entre Josefina y Calderón. ¿Por qué?

Porque abundan los panistas, neopanistas o dizque panistas que apuestan a la derrota de Vázquez Mota. ¿Y por qué algún panista pudiera estar empeñado en que el PAN no retenga el poder? Las razones son tantas como la misma condición humana, el miedo a una venganza o, incluso, que algunos azules tienen una larga cola que les pisen. ¿Hasta cuándo? Al tiempo.

EN EL CAMINO

Otro éxito de la CFE. El presidente Calderón inauguró ayer la terminal de gas licuado Manzanillo y el gasoducto Manzanillo-Guadalajara. En el proceso se invirtieron 34 mil millones de pesos y  es —según Calderón— el proyecto de infraestructura más importante del sexenio. Con la producción de gas en esa región se garantiza la llegada de industria de gran escala a Colima y los estados vecinos.

Cómo podrían Josefina y AMLO bajar a Peña

Leo Zuckermann

   
   

El viernes comienzan las campañas presidenciales. A 100 días de la elección, de acuerdo a la compilación de todas las encuestas publicadas, Peña Nieto estaría arrancando en primer lugar con 46.8% de las intenciones de voto. Vázquez Mota se encontraría en segundo sitio con 31.2% de las preferencias, a 15.6 puntos porcentuales del candidato priista. Finalmente, en tercer lugar, estaría López Obrador, con 21.4% de las intenciones de voto, 25.4 puntos porcentuales alejado de Peña y 9.8 de Josefina. Tomando en cuenta estos resultados, la pregunta es cómo podrían los candidatos de derecha e izquierda bajar a un rival que lleva mucho tiempo arriba en las encuestas. Esa, me parece, es la pregunta más interesante al arranque de la contienda.

La primera respuesta es obvia y ya se ha hablado mucho de ella: que el gobierno federal panista lance una “bomba nuclear” en contra de Peña o alguien cercano a él. No se ve claro, sin embargo, que exista una “bomba” de la potencia para eliminar la gran ventaja que tiene el priista en las encuestas, lo cual nos regresa a la pregunta original: ¿cómo bajar a Peña? Creo que hay otra respuesta: un ataque conjunto y coordinado de Josefina y AMLO en contra del priista.

Hace un par de semanas en Es la hora de opinar discutíamos qué podría hacer Josefina para ganar la elección presidencial. A Jorge Castañeda se le ocurrió una buena idea: que la panista se una a la demanda de López Obrador de que se organicen 12 debates entre los candidatos presidenciales, uno por semana durante la campaña. Como puntero en las encuestas, a Peña le conviene participar en el menor número de debates para arriesgar lo menos posible. Lo racional para él es sólo acudir a los dos que ordena la ley, procurar que sean aburridos y no caer en las provocaciones que le lanzarán los candidatos que quieren bajarlo de las encuestas. De ahí que AMLO —a diferencia de 2006, cuando no quiso acudir al primero de dos debates presidenciales porque en ese momento él era el que iba arriba en las encuestas— ahora demande una gran cantidad de debates. Y Josefina debería apoyar esta iniciativa. De esta forma pondrían a Peña a la defensiva. Si acepta los 12 debates, se arriesga muchísimo a cometer errores ya que, como se vio en el episodio de la FIL de Guadalajara, el priista no sabe improvisar. Si, en cambio, Peña rechaza los 12 debates, AMLO y Josefina lo podrían tildar de “autoritario”, de “priista viejo” y hasta de “cobarde” por no querer debatir sus propuestas.

Retomo esta idea de Castañeda que puede llevarse más allá del tema de los debates. Una posible manera de bajar a Peña es atacándolo de manera conjunta y coordinada entre Josefina y AMLO. Una arremetida por los flancos derecho e izquierdo con el mismo armamento, es decir, con los mismos temas. Uno: el de la necesidad de muchos debates. Pero hay más. Dos: que el candidato priista presente su declaración patrimonial y fiscal de los últimos seis años. Tres: que hable de su gestión como gobernador en el Estado de México, donde dejó resultados mediocres o malos en materia de seguridad, transparencia y corrupción. Cuatro: que el priista opine acerca de personajes de mala fama pública de su partido, como el ex presidente Salinas, los ex gobernadores Mario Marín y Humberto Moreira y líderes sindicales actuales como Carlos Romero Deschamps. Cinco: que el ex gobernador mexiquense explique su participación para solapar la corrupción de su antecesor en el Estado de México, Arturo Montiel. En fin, buscar todo tipo de temas para atacar a Peña de manera coordinada, de tal suerte que éste siempre se encuentre a la defensiva esperando, desde luego, que cometa algún error que luego Josefina y AMLO puedan explotar aún más.

No es gratuito que las elecciones se comparen con guerras. Del lenguaje militar vienen términos como el de “campaña” o “cuarto de guerra”, que es el lugar donde se discuten las tácticas diarias de ataque y defensa de un candidato. Menciono esto porque la estrategia arriba descrita —la unión de Josefina y AMLO para atacar por los dos flancos a Peña— se parece, toda proporción guardada, a la que hicieron los Aliados en la Segunda Guerra Mundial para derrotar al poderosísimo ejército alemán. Los líderes de los Aliados sabían de la urgencia de abrir el “frente occidental” francés para desgastar a los alemanes, que estaban desgastándose en el “frente oriental” ruso. La guerra finalmente se decidió cuando los Aliados desembarcaron en Normandía y los alemanes tuvieron que pelear simultáneamente en dos frentes. No obstante la clara animadversión de Estados Unidos con la Unión Soviética desde aquellas épocas, estos dos países entendieron que primero tenían que derrotar a Alemania para luego enfrentarse entre ellos, cosa que diligentemente hicieron a partir de 1945, con la Guerra Fría.

Pues algo similar tendrían que hacer los panistas y los progresistas. Sabido es que no se quieren. Pero lo prioritario para ellos es bajar a Peña y luego, si lo logran, pelearse entre ellos.

No se puede menospreciar la fuerza unida de Josefina y AMLO: hoy, de acuerdo a las encuestas, suman 52.6% de las intenciones de voto, 5.8 puntos porcentuales por arriba de Peña. Unidos, con un ataque conjunto y coordinado, creo que tendrían chance de bajar al priista. Divididos, en cambio, a lo único que pueden aspirar es a ver quién se queda con el segundo lugar.

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