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Diarios de EE. UU. la emprenden contra presidenta argentina

Diarios de EE. UU. la emprenden contra presidenta argentina

No obstante la situación, sondeos entre ciudadanos argentinos favorecen a la presidenta Fernández.

No obstante la situación, sondeos entre ciudadanos argentinos favorecen a la presidenta Fernández.
Foto: Reuters

Deberían sacar a Argentina del G-20 hasta que Fernández se digne a ‘comportarse como un jefe de Estado de verdad, y no como un matón’: WSJ.

En un editorial, el influyente diario financiero neoyorquino ‘The Wall Street Journal’ sostiene que tal expulsión supondría la mejor forma de llamarle la atención, ya que “la señora de Kirchner no está por acatar cualquier tribunal internacional”.

El diario profundiza en lo perjudicial para Argentina que resultaría la expropiación de YPF de la multinacional española Repsol, ya que va a “animar la fuga de capitales, que los controles severos y los perros rastreadores en los transbordadores que cruzan el Río de la Plata al Uruguay no han podido frenar”.

La decisión de la presidenta “tiene sentido cero para Argentina, tomando en cuenta su necesidad de capital extranjero para desarrollar reservas de crudo y de gas que se creen muy extensas”.

“Pero -continúa el editorial- si la historia sirve de guía, eso a la señora de Kirchner le da igual. Está intentando salvar su presidencia mientras que el modelo económico que heredó de su marido, el fallecido Néstor Kirchner, pierde fuelle”.

El periódico recuerda que al asumir el cargo en 2003, tras el fracaso de la paridad entre el peso y el dólar, “Kirchner impuso controles sobre los precios, derogó contratos, renunció a pagar las deudas, expropió bienes y ahuyentó a los inversionistas extranjeros”.

En la recuperación económica que se obtuvo después, “el crecimiento partió de una base reducida y se alimentaba de un tipo de cambio para el peso que era artificialmente bajo y un mayor proteccionismo, dirigido a generar demanda interna”.

Al mismo tiempo, Argentina se vio beneficiada por los bajos tipos de interés dictados por la Reserva Federa de EE. UU., que dieron lugar a un “boom en los precios de las materias primas que suponen una gran parte del PIB de Argentina”. “Ahora -advierte el Wall Street Journal- el ‘crash’ parece inevitable; la economía se ralentiza y las reservas internacionales se fugan”.

“Al robar Repsol -argumenta-, la señora de Kirchner pretende aprovecharse de los sentimientos nacionalistas” y hacerse con los suministros de petróleo y los medios para alimentar “la maquinaría del clientelismo político”.

Sin embargo, -sostiene el editorial- está impulsando la fuga de capitales.

WASHINGTON POST TAMBIÉN LE DA ‘PALO’

La presidenta de Argentina, Cristina Fernández de Kirchner, ha optado por el “populismo” del pasado al expropiar el 51 por ciento de las acciones de la petrolera YPF en manos de la española Repsol, aumentando su “aislamiento” del mundo y del progreso económico de sus vecinos, dice el diario ‘Washington Post’.

El diario sugiere que “aunque hay poco que el resto del mundo pueda hacer para evitarlo”, una forma de enviar una llamada de atención sería la expulsión de Argentina del G20 y propone que su vecino, Chile, “que ha superado con creces la Argentina en el desarrollo económico y político”, sea su sustituto.

En un artículo de opinión titulado “Argentina elige su pasado”, el diario apunta que cuando fue reelegida presidenta el pasado octubre tenía la opción de “continuar con el populismo autocrático que practicaba antes de las elecciones o llevar a su país hacia los mercados globales y el mundo democrático”.

Esta semana, con la nacionalización de la principal compañía petrolera del país, la presidenta “dejó clara su decisión”, dice el diario que señala que aunque se ganó el “aplauso doméstico” con esta medida, “garantizó que el aislamiento de Argentina del mundo y del progreso económico de sus vecinos, siga creciendo”.

Aunque la expropiación se ha presentado como “una recuperación de la soberanía” sobre una empresa cuya producción había estado cayendo, el diario considera que el descenso “se produjo en gran parte por malas políticas gubernamentales” y pone en duda que vaya ahora a mejorar.

“Además de causar una ruptura con España y con la Unión Europea, la nacionalización se limitará a mostrar que Argentina no es capaz de atraer el capital extranjero y la experiencia necesaria para explotar sus grandes reservas de petróleo y gas”, agrega.

El Post advierte de que “mientras que Brasil y México avanzan, integrándose en la economía mundial y con la consolidación de democracias estables, la Argentina de Fernández se dirige inexorablemente hacia otra crisis”.

El diario advierte que “el nuevo bandazo de la presidenta hacia la izquierda no es sólo una mala noticia para los empresarios”. “Los economistas que se atreven a denunciar la verdadera tasa de inflación -más del 20 por ciento- son objeto de procesamiento” y denuncia el “ataque a los medios independientes”, incluidos los dos principales diarios, ‘Clarín’ y ‘La Nación’.

EFE

Las preguntas incómodas que afronta Cristina Fernández por YPF

Las preguntas incómodas que afronta Cristina Fernández por YPF

Veronica Smink

BBC Mundo, Argentina

Cristina Fernández, presidenta de ArgentinaLos detractores acusaron a Fernández de haber abogado -hace años- por la privatización de YPF.

Cuando la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner anunció el pasado lunes su decisión de expropiar la principal petrolera del país, Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) -mayoritariamente en manos de la española Repsol- dedicó su anuncio a su fallecido esposo, Néstor Kirchner.

“Él siempre soñó con recuperar YPF para el país”, dijo la mandataria sobre quien fue su antecesor en la presidencia entre 2003 y 2007, y murió en 2010.

El discurso fue recibido con aplausos y cánticos por los simpatizantes del gobierno. Sin embargo, causó honda preocupación entre algunos sectores de la oposición y analistas que advierten que podría causar un serio problema con España, el principal inversor extranjero en Argentina.

Pero además de cuestionar la decisión, los detractores de la presidenta también acusaron a Fernández de hipocresía.

Y es que tanto la jefa de Estado como su marido abogaron por la privatización de YPF cuando ejercían cargos públicos en la provincia patagónica de Santa Cruz.

Documentos legislativos revelados por la prensa muestran que en 1992 la entonces diputada provincial en Santa Cruz presentó un proyecto que declaraba la necesidad de que la petrolera pasara a manos privadas.

También Kirchner, entonces gobernador de Santa Cruz, instó a los legisladores de su provincia a que respaldaran el proyecto privatizador impulsado por el presidente peronista Carlos Menem, y que eventualmente llevaría a que la petrolera pase a manos privadas.

En 1999, los Kirchner también avalaron la venta de las acciones del Estado y de Santa Cruz a Repsol.

Vaciamiento

A pesar del cambio de postura, muchos kirchneristas sostienen que no puede juzgarse a la mandataria por una decisión que tomó hace 20 años, ocupando otro cargo y en otro momento político del país.

“¿Por qué (el gobierno) no mencionó la responsabilidad de la familia Eskenazi? ¿Por qué se expropia solamente la parte española?”

Gerardo Morales, senador de UCR

Pero los críticos de la presidenta sostienen que esto no es lo más grave que se le puede achacar a Cristina Fernández. Según ellos, la contradicción mayor es que fue la política energética implementada en la última década por el kirchnerismo la que generó la crisis energética que ahora justifica la expropiación de la petrolera española.

El gobierno explicó su decisión de quedarse con el 51% de las acciones que posee Repsol con el argumento de que la empresa española “vació” la petrolera, al repartir la mayor parte de sus utilidades en vez de reinvertirlas.

Pero varios legisladores de la oposición acusaron al propio gobierno de haber avalado ese “vaciamento”.

La diputada y ex candidata presidencial de la Coalición Cívica (CC), Elisa Carrió, se presentó ante la Justicia para denunciar que el representante del Estado en el directorio de Repsol YPF, Roberto Baratta, aprobó los estados contables, memorias y plan de inversiones por unanimidad, hasta 2011.

Recordó, además, que el Estado podía objetar decisiones de la compañía por poseer la llamada “acción de oro”.

“El Estado argentino avaló un reparto de utilidades del 90% y que deje de liquidar en el país hasta el 70% de los obtenido por sus exportaciones, lo que produjo el vaciamiento de la empresa”, denunció Carrió ante un juez federal.

“Argentinización” de YPF

Durante una acalorada sesión en el Congreso, el martes, algunos legisladores también cuestionaron el papel que jugó en la empresa un aliado del kirchnerismo: el argentino Sebastián Eskenazi, gerente general de YPF y dueño junto con su familia del 25% del paquete accionario de la empresa.

La llegada del Grupo Petersen -controlado por los Eskenazi- fue orquestada en 2007 por el presidente Kirchner, como parte de una estrategia para “argentinizar” la petrolera.

“¿Por qué (el gobierno) no mencionó la responsabilidad de la familia Eskenazi? ¿Por qué se expropia solamente la parte española?”, objetó el senador de la Unión Cívica Radical (UCR), Gerardo Morales.

Por su parte la senadora del CC María Eugenia Estenssoro, remarcó que el acuerdo que posibilitó el ingreso de los Eskenazi dio a Repsol vía libre para repartir utilidades.

Y denunció que “en 2009 y 2010 se aprobaron balances correspondientes a 2008 y 2009 en los que se decidió la remisión de utilidades del 255% y del 140%, respectivamente”, algo que se contradice con la política de reinversión supuestamente alentada desde el gobierno.

Los legisladores hicieron hincapié en un detalle aún más comprometedor: la forma de pago por la que se acordó el ingreso de los Eskenazi (ingreso que además fue criticado por la falta de experiencia de ese grupo en el sector petrolero).

El Grupo Petersen no pagó por las acciones que compró, sino que se acordó con Repsol que esa deuda fuera cancelada con los dividendos futuros, algo que -según los detractores- impulsó el reparto de utilidades.

Crisis energética

En una exposición ante el Senado, los dos funcionarios designados por la presidenta como interventores en YPF, el ministro de Planificación Federal, Julio de Vido, y el viceministro de Economía, Axel Kicillof, defendieron la decisión del gobierno.

¿Qué hará Carlos Menem?

Carlos Menem

Se prevé que el 25 de abril el Senado vote el proyecto de expropiación presentado por el Ejecutivo. Uno de los legisladores que deberá expresarse sobre el tema es Carlos Menem, el ex presidente peronista (1989-1999) que impulsó la privatización de YPF. Menem fue elegido senador en 2005 y es considerado un aliado del gobierno. Según los medios oficialistas, el senador podría pedir licencia por motivos de salud –como ha hecho en el pasado- para evitar tener que votar.

Los funcionarios destacaron que en la última década la producción de petróleo en Argentina se redujo a la mitad, algo que atribuyeron a la falta de inversión. Y señalaron que esa caída llevó a que Argentina perdiera su autoabastecimiento energético.

“El déficit energético de la Argentina se encuentra estrechamente asociado a la política desarrollada por Repsol”, aseguró De Vido.

Por su parte, Kicillof acusó al presidente de Repsol, Antonio Brufau, de exigir un precio para la venta del petróleo “a tono con el precio mundial” y de rehusarse a abastecer el mercado argentino a los precios que exigía el gobierno: entre la mitad y dos tercios de su valor internacional.

“(Repsol YPF) es una empresa que tiene que alinearse a un modelo de crecimiento y que no hemos logrado que lo haga”, dijo.

Según explicó el funcionario, el precio del barril no debe calcularse según su costo de mercado sino según “los costos de las empresa” en Argentina.

Sin embargo, expertos con los que habló BBC Mundo afirmaron que es justamente la política de precios bajos aplicada por el kirchnerismo desde 2003, lo que llevó a una falta de inversión y a la grave baja en la producción.

“La decisión del gobierno de mantener prácticamente congeladas las tarifas de gas y petróleo en los últimos diez años es una de las causas principales que explican por qué se redujo la explotación de hidrocarburos”, afirmó el consultor energético Daniel Gerold, de G & G Energy Consultants.

“Contradicción”

La senadora Estenssoro –cuyo abuelo fue uno de los fundadores de YPF en 1922, y su padre dirigió la petrolera- cuestionó la capacidad del gobierno para hacerse cargo de YPF.

En particular la legisladora consideró una “contradicción” que se designe como interventor al mismo funcionario que desde 2003 tiene a su cargo la política energética del país, Julio De Vido, a quien consideró responsable de la pérdida del autoabastecimiento energético.

“De exportar hidrocarburos pasamos a ser un importador neto. ¿Todo ese plantel va a liderar la recuperación de YPF? Es algo insólito”, afirmó.

Hablando en representación del gobierno, Kicillof desmereció las críticas sobre la política energética oficialista.

“Las políticas fueron exitosas, pero insuficientes. Por eso ahora se avanza en esta dirección”, argumentó.

También se defendió de quienes le reprocharon el manejo estatal de Aerolíneas Argentinas, otra empresa expropiada a una empresa española (en 2008), que actualmente reporta pérdidas de US$2 millones por día.

El funcionario pidió un voto de confianza en el Estado.

“Cuando hay una crisis lo peor que se puede hacer es pensar que el Estado es el problema. El Estado es la solución”, aseguró.

El reino de la amoralidad política

El reino de la amoralidad política

por Carlos Alberto Montaner

Carlos Alberto Montaner es periodista cubano residenciado en Madrid.

Hoy la amoralidad corre por cuenta de los latinoamericanos. Quienes antes, justamente, criticaban a EE.UU. por abrazarse con los dictadores durante la época de la Guerra Fría, y por negar fuera del país los principios y valores que sostenían dentro de él, hoy están haciendo exactamente eso mismo.

Esto es lo que se observa en gobernantes como el ecuatoriano Rafael Correa, Hugo Chávez, Daniel Ortega y Evo Morales cuando respaldan la satrapía criminal siria de Bachar al Asad, condenada por la ONU, e ignorada por el Brasil de Dilma Rousseff, como poco antes echaron pie en tierra por la de Gadaffi.

Esta actitud, o una variante de ella, es la que asombrosamente prevalece en las propuestas del colombiano Juan Manuel Santos, más preocupado en restaurar las buenas relaciones entre la dictadura de los Castro y EE.UU., que en condenar los excesos de esa tiranía y ayudar a sus víctimas.

Ese es el espíritu que recorre la CELAC, la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, creada recientemente no solo para excluir de ella a Canadá y EE.UU., sino para no tener que sujetarse al rigor de un compromiso democrático que obligue a sus miembros a defender la libertad y condenar las violaciones de los derechos humanos.

Esa es la triste atmósfera que se respiró en Cartagena en los días en que se reunió la VI Cumbre de las Américas, pese a que en la de Quebec, celebrada en el 2001, se fijó un marco moral y político que tomaba en cuenta los valores democráticos, hoy lamentablemente ignorados por muchos gobernantes latinoamericanos.

Durante más de cuarenta años los políticos estadounidenses eligieron la seguridad nacional por encima de las consideraciones morales. Era la lógica de la Guerra Fría. Casi cualquier cosa resultaba mejor que un triunfo de los comunistas o de algún gobernante que les abriera la puerta.

Los espadones, si se comportaban como genuinos anticomunistas, eran respaldados por Washington aunque violaran sistemáticamente los derechos humanos y civiles de sus compatriotas. “El enemigo de mi enemigo es mi amigo, aunque sea un sinvergüenza”, es un vil proverbio que se encuentra en todas las lenguas.

La izquierda y muchos demócratas consecuentes bramaban contra esa disonancia estadounidense. La más vieja y próspera democracia moderna del planeta, paladín de la libertad, debía ser congruente con sus ideales. Era un acto de cinismo defender esos valores en EE.UU. y abrazarse con dictadores desalmados en el resto del mundo. Los políticos estadounidenses lo sabían y se excusaban alegando que se trataba de un mal menor. Ni siquiera estaban ante un dilema nuevo: durante la Segunda Guerra habían sido aliados de Stalin para combatir a Hitler.

Pero en 1991 terminó la Guerra Fría. Ya se podía escoger a los amigos escrupulosamente. El rigor moral había dejado de ser peligroso. Mientras tanto, en América Latina ocurrió un fenómeno paralelo a la disolución del bloque comunista. Entre 1983, cuando terminó la dictadura militar argentina, y 1990, cuando le tocó el turno a la chilena, todos los gobiernos latinoamericanos, menos Cuba, fueron el resultado de las urnas.

A partir de ese punto, los organismos que surgieron incorporaron una cláusula democrática: sólo podían pertenecer las democracias plurales en las que se respetaban los derechos humanos y civiles de los pueblos. Eso es lo que se lee en los documentos fundacionales del Grupo de Río y de MERCOSUR.

Finalmente, el 11 de septiembre del 2001, mientras ardían las Torres Gemelas en Nueva York, todos los miembros de la OEA firmaban en Lima la Carta Democrática. Era la apoteosis de la coherencia ética. Nunca más se recurriría al cínico doble estándar de defender la democracia en casa y abrazarse a las dictaduras fuera de ella.

Mentira. Hoy, sin ningún pudor, casi todos los países latinoamericanos han dejado de defender la libertad y los atributos de la democracia liberal. El chavismo hace y deshace en Venezuela y a nadie le importa. Correa o Evo Morales conculcan los derechos fundamentales en Ecuador y Bolivia y ningún gobernante latinoamericano los censura. La dinastía militar cubana reprime ferozmente y los países “hermanos” miran a otra parte. Daniel Ortega se roba las elecciones parciales en Nicaragua y corrompe y adultera las generales, y no hay una voz que lo condene.

América Latina es hoy el reino de la amoralidad política. Todo vale.

Argentina: Pito catalán

Argentina: Pito catalán – por Vicente Massot & Agustín Monteverde

Que Cristina Fernández no haya anunciado el lunes pasado, en el acto que presidió en Ushuaia para conmemorar la gesta de las islas Malvinas, la nacionalización de YPF, no significa que la idea —hondamente arraigada en la plana mayor del kirchnerismo— fuera dejada de lado o postergada para reactualizarla en un momento mejor.

Mientras el gobierno espera que, fruto del acoso descarado a la empresa petrolera, el valor de su acción en Bolsa se derrumbe, la decisión de confiscar virtualmente las tenencias accionarias de la familia Eskenazi y de parte de las de los españoles de Repsol está tomada desde hace rato, sin que haya motivos para pensar que pueda haber existido alguna razón de peso, en los últimos días, susceptible de obrar un cambio de planes.

Si alguien creyese que la presidente, temerosa de una reacción internacional en cadena por la forma en que procede en contra de YPF, ha creído conveniente desensillar hasta que aclare el panorama, se equivocaría de medio a medio. Desde mayo del año 2003 el kirchnerismo inauguró entre nosotros una política exterior que pocos imaginaron en ese entonces que pudiese prosperar.

La debilidad argentina luego de declarar en forma unilateral el mayor default de una deuda soberana no permitía, según los críticos del santacruceño, compadrada alguna.

Néstor Kirchner pensó distinto y actuó en consecuencia convencido de que, precisamente la insignificancia de nuestro país unida al ciclo venturoso de la economía internacional, le abrirían el camino para hacer su voluntad, prescindiendo de considerar qué opinaran el FMI, CIADI y los tenedores de deuda argentina. Sobre el particular estuvieron desacertados quienes pronosticaban catástrofes si acaso se quisiera dar vuelo a una estrategia confrontativa con los organismos de crédito y las principales naciones del mundo y, en cambio, estuvo en lo cierto el que había sido elegido presidente de la República y se aprestaba a asombrar a los arcontes tutelares de la ortodoxia económica, con esa mezcla de irreverencia y soberbia que lo caracterizaba.

Asumir y embestir sin misericordia a expensas de los empresarios españoles, a quienes “puso a parir” según la acertada frase de uno de ellos; del Fondo Monetario, con el cual honró la deuda y despachó con cajas destempladas; del CIADI, al que ignoró sin despeinarse; de las grandes corporaciones que le habían iniciado juicio al país —a las que amenazó sin miramientos, diciéndoles que si querían continuar haciendo negocios en estas playas, debían olvidarse de los tribunales—; y, finalmente, de los acreedores que reclamaban contra el default, fue todo uno.

En esta escuela, se educó Cristina Fernández y cuanto está haciendo no es distinto de aquello que —en tiempos mejores, es cierto— puso en práctica su difunto marido.

Desde que en el año 2009 se tuvo conocimiento del primer laudo condenatorio del Ciadi no solo no honró su compromiso de paso sino que ni se inmutó por las posibles  sanciones que recibiría. Ahora, cuando los Estados Unidos tomaron medidas por el incumplimiento, la cancillería a cargo de Héctor Timerman le salió al cruce acusando al gigante del norte de tomar una serie injusta de medidas que, además, discriminan a nuestro país.

Similar ha sido la forma en que el kirchnerismo ha recepcionado las protestas ante la Organización Mundial de Comercio de 40 países preocupados, con razón, en virtud del grado de discrecionalidad con el cual se maneja la política de importaciones y exportaciones en Buenos Aires. Que algo así iba a suceder estaba cantado. Desconocer los fallos del CIADI y poner en manos de Guillermo Moreno el manejo del comercio exterior e interior era comprarse pleitos seguros. Sólo que a la señora presidente, como a su marido, los argumentos de los países donde la seguridad jurídica no se discute la tienen sin cuidado.

Entre mantener un entredicho con la administración demócrata de Obama, la OMC y el CIADI o dar marcha atrás en su política económica, está claro qué es lo que ha  privilegiado Cristina Fernández. Con esta particularidad digna de ser destacada para entender, con precisión, por qué actúa de esa manera: no es fruto de un capricho ni de una estrategia forjada a tontas y a locas, que comenzase por desconocer los riesgos de la jugada. El gobierno, acostumbrado a ignorar olímpicamente a los actores del oncierto internacional, sin consecuencia que lamentar, piensa que no hay razones para modificar el libreto.

¿Acaso Néstor no le armó en las narices de George Bush una Contra Cumbre en Mar del Plata, siendo él el anfitrión de tan importante cónclave? ¿Qué pasó? —Nada. ¿Acaso no desconocimos los fallos del Ciadi? ¿Qué pasó? —Poco y nada. Si hasta ahora un comportamiento de compadritos le ha pagado bien en lo único que le interesa al kirchnerismo —su clientela electoral— por qué habría de cambiar la dirección de las velas e iniciar una modificación del rumbo que tan buenos resultados le ha dado.

Para la presidente, Guillermo Moreno, Débora Giorgi y Alex Kicillof, el meollo de la cuestión no reside en las sanciones norteamericanas, los fallos adversos en el CIADI o las eventuales represalias de las naciones que han ido en queja a la OMC sino en la posible reacción de las tribus electorales adictas que en algún momento pudiesen sufrir, en términos de su calidad de vida, los efectos de esas sanciones. Mientras la población no perciba el fenómeno, sea porque no se dé cuenta de su naturaleza o porque en definitiva no le importe demasiado, el kirchnerismo redoblará la apuesta nacionalista y levantará el estandarte de la defensa del trabajo argentino y de la producción nacional para justificarse.

Puede que sea una táctica primitiva y hasta de corto alcance la suya, pero tiene la ventaja de que —al menos de momento— ninguno de los organismos, empresas y países damnificados por las arbitrariedades del gobierno argentino poseen armas suficientes para que entre en razón un país —el nuestro— que hace diez años decidió hacerle pito catalán al mundo y se salió con la suya. Hasta la próxima semana.

Wikipedia: Cristina Elisabet Fernández de Kirchner, commonly known as Cristina Fernández or Cristina Kirchner, is the 55th and current President of Argentina and the widow of former President Néstor Kirchner.

Desmitificar Malvinas

ARGENTINA

Desmitificar Malvinas

Por Eduardo Goligorsky

Desmitificar Malvinas equivale a desmontar una bomba de relojería que amenaza no sólo la convivencia de Argentina con las naciones civilizadas de Occidente, también la paz en el Cono Sur.

Explicó el historiador argentino Luis Alberto Romero (La Vanguardia, 2/4/2012): “Después de las Malvinas vendría Uruguay”. Romero es uno de los 18 intelectuales (hoy son más) a quienes definí como “Los auténticos héroes de Malvinas” por su oposición a la campaña nacionalista.

La desmitificación puede empezar por la lectura en internet de La verdad sobre Malvinas. La historia de 1833, donde la compiladora Sofía Laferrère transcribe la declaración del teniente coronel de la Marina José María de Pinedo ante el tribunal que lo juzgó por haber entregado las islas a los británicos. Su testimonio es espeluznante. La tripulación de su barco se amotinó, asesinó al nuevo gobernador de las islas, saqueó sus bienes, maltrató a su flamante viuda y aterrorizó a los escasos pobladores. En medio de esa situación de anarquía llegó una goleta inglesa, cuyo capitán lo intimó a abandonar el territorio, orden que Pinedo acató, acompañado por su esperpéntica Armada Brancaleone y algunos pobladores, no todos.

Pionero del fascismo

El hecho de que la anarquía no se circunscribiera a las islas y que abarcara todo el territorio de aquella Argentina que aún se estaba fraguando contribuye a la desmitificación. Escribía el entonces gobernador de la provincia de Santa Fe, refiriéndose a la ocupación (José Luis Busaniche, Historia argentina, Solar-Hachette, Buenos Aires, 1965):

En medio de la indignación que semejante atentado ha causado al infrascripto, no se le oculta que este y otros vejámenes inferidos a la República tienen su origen en la inconstitución en que se encuentra el país y en la figura poco digna que ello representa.

Lo cierto es que, desde que el marino español Esteban Gómez descubrió las islas, en 1520, éstas fueron ocupadas también por navegantes holandeses, franceses y británicos. Fueron bautizadas con los nombres de Falklands y Malouines (por el puerto de Saint Malo), de donde derivó, tardíamente, Malvinas.

El discurso presuntamente justiciero de los nacionalistas contra la ocupación tampoco se tiene en pie. Mientras los ingleses desalojaban pacíficamente a los argentinos que se estaban matando entre ellos, o sea en el año 1833, el déspota Juan Manuel de Rosas, venerado por la derecha y la izquierda totalitarias, desarrollaba la primera campaña de exterminio contra los indios habitantes de la Patagonia, los hoy combativos mapuches, que tampoco eran muy inocentes, pues ellos habían exterminado antes a los habitantes tehuelches. Pero esta es otra historia, que culminó en 1879, cuando el general Julio A. Roca dio por terminada la segunda campaña contra los indios. Mi maestro Julio Aníbal Portas reprodujo en su descarnado Malón contra malón. La solución final del problema del indio en la Argentina (Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1967) lo que opinó al respecto el genial poeta y pionero del fascismo en Argentina Leopoldo Lugones:

Si el exterminio de los indios resulta provechoso para la raza blanca, ya es bueno para ésta; y si la humanidad se beneficia con su triunfo, el acto también tiene de su parte a la justicia, cuya base está en el dominio del interés colectivo sobre el parcial.

Fobia antibritánica

El irredentismo ajeno a toda racionalidad que siempre han desplegado los nacionalistas argentinos –tanto los de matriz nazi, fascista o franquista, como sus primos hermanos marxistas, castristas o peronistas montoneros, hoy reconvertidos en kirchneristas– es lo que justifica el presagio arriba citado de Luis Alberto Romero. Al enumerar los argumentos que empleaban los nacionalistas de los años 40, sistemáticamente financiados por la embajada de la Alemania nazi, para estimular la fobia antibritánica, David Rock (La Argentina autoritaria. Los nacionalistas, su historia y su influencia en la vida pública, Ariel, Buenos Aires, 1993) cita el papel de Gran Bretaña en la independencia del Uruguay, “que, según los nacionalistas, había despojado al país de una parte de su legítimo territorio”

Los nacionalistas resucitaron por entonces una cuestión prácticamente olvidada: la ocupación británica de las Islas Malvinas. En 1933, coincidentemente con la firma del tratado Roca-Runciman, se cumplía el centenario de la invasión británica del archipiélago. A principios del año siguiente, Crisol publicó toda una serie de artículos bajo el título “¡Las Malvinas son nuestras!”, vinculando la cuestión con el pacto y con los problemas de las empresas ferroviarias inglesas. Hacia 1937, la recuperación de las islas se convirtió en una de las principales demandas de los grupos nacionalistas. Sin embargo, éste era sólo uno de los problemas territoriales por ellos declamados. A mediados de 1935, Crisol denunció la presencia de espías chilenos en la Patagonia, y lanzó una campaña en contra de la ocupación ilegal de territorios argentinos por la República de Bolivia. Estas campañas estaban fuertemente influidas por el efecto de demostración de los acontecimientos europeos. Hacia fines de 1935, quince mil personas asistieron a una marcha por las calles de Buenos Aires en demanda de reivindicaciones territoriales. Sus organizadores explícitamente reconocieron que tales demandas estaban inspiradas en las que por entonces estaba formulando Hitler por el control de los territorios del Saar y del país de los Sudetes.

Era lógico que estos personajes, cuyo excéntrico nacionalismo estaba trufado de ideologías totalitarias europeas, abrevaran en éstas, y no en las tradiciones autóctonas de los indios exterminados, para apuntalar sus ambiciones expansionistas, las mismas que hoy alarman al historiador Romero. Ya hemos visto que atribuían a la perfidia inglesa la pérdida de Uruguay, que se les antojaba parte integrante del territorio argentino; y la influencia del fascista francés Charles Maurras los empujó a idealizar la monarquía, que reivindicaban en su revista Sol y Luna, y a soñar con la reconquista y reunificación de los antiguos territorios coloniales del virreinato del Río de la Plata. Bajo la égida argentina, por supuesto. Y subordinados, cómo no, al imperio nazi alemán, que con este objetivo los financiaba. Juan José Sebreli, otro de los auténticos héroes de Malvinas, nos recuerda (Crítica de las ideas argentinas, Sudamericana, Buenos Aires, 2002), que uno de los cerebros de esta trama, Juan Carlos Bebe Goyeneche,

era recibido como un representante oficial del fascismo argentino en 1942 por Franco, Mussolini, Laval, Pètain, Ribbentrop, Himmler, Goebbels y también Pío XII.

Simpatías anómalas

Hay otro dato que invita a reflexionar. Las anómalas simpatías monárquicas de estos nacionalistas excéntricos se orientaban, como las de los secesionistas catalanes, hacia la Casa de Austria. Cito nuevamente a David Rock, quien cita, a su vez, entrecomilladas, las ideas básicas extraídas de Los orígenes del nacionalismo argentino, de Federico Ibarguren, historiador enrolado en este movimiento, del que era fiel intérprete:

Como Menéndez Pelayo, los nacionalistas exaltaban a los Habsburgo y al siglo XVI, denigrando simultáneamente a los Borbones y a la Ilustración dieciochesca. La Casa de Austria representaba “la fuente del honor y de la autoridad como encarnación del Estado” y sus reyes habían sido “servidores de la república (…) esclavos del deber como ministros de Dios”. Los Borbones, en cambio, estaban “inspirados por el despotismo francés. [Eran] centralistas y absorbentes” y habían hecho de la religión “un asunto de Estado”. De ellos procedían “las ideas extranjeras y liberales” que habían pervertido el desarrollo histórico argentino. En el siglo XVIII “la razón” había subordinado a la “vocación espiritual”. “La única verdad se convirtió en una cuestión inherente al juicio de cada hombre” y de un mundo fundado en la aristocracia se transitó hacia otro basado en la razón. La regeneración nacional significaba restaurar el espíritu y las instituciones de los Habsburgo. Había que reencender el “antiguo espíritu guerrero y apostólico de la Edad Media y de los Reyes Católicos” que había conquistado y “civilizado” a las Américas.

La Edad Media ejerce una fascinación irresistible sobre todos los nacionalistas radicales. Así como en “La ofensiva reaccionaria” reproduje la invocación de Artur Mas a la fantasía de que Cataluña “doce siglos atrás pertenecía a la Marca Hispánica” (y “los catalanes tenemos un cordón umbilical que nos hace más germánicos y menos romanos”), así también Sebreli explica que los nacionalistas ultramontanos argentinos comulgaban con las ideas del ortodoxo ruso Nicolai Berdiaev, y opinaban que para salvarse del Apocalipsis contemporáneo había que volver a “una nueva Edad Media”, a una renovada sabiduría cristiana cuya expresión política sería la teocracia. El presbítero Julio Menvielle, máximo divulgador del pensamiento antisemita en Argentina, escribía, en 1936: “La Edad Media es mística y guerrera como toda grandeza espiritual”, y añadía en 1974:

La sociedad política medieval es un organismo (…) rebosante de salud, porque era obra de la sociedad espiritual, que con sus dones del Cielo inspiraba y creaba desde dentro el orden normal de la vida humana.

Tienen a Maradona

Estos son los mimbres con que está urdido el cañamazo de las reivindicaciones nacionalistas sobre Malvinas y sobre cualquier otro territorio que pueda excitar la imaginación de los demagogos nacionalistas. De ahí la alarma de los vecinos. Basta recordar que el 22 de diciembre de 1977 las fuerzas armadas de Argentina y Chile, dos países sometidos a dictaduras militares igualmente ominosas, estuvieron a un tris de desencadenar una guerra por una disputa de límites que se remontaba a 1888. El papa Juan Pablo II detuvo la conflagración en el último momento. Pero cuando el presidente Raúl Alfonsín convocó, en 1984, un plebiscito para aprobar el laudo de la Santa Sede, el peronismo, controlado por una fracción montonera, ordenó votar no. El obtuvo el 82% de los votos. La actual ministra de Defensa argentina fue una de las líderes de aquella fracción montonera que votó no a la paz. Mal presagio.

Que Uruguay, gobernado por un extupamaro que podría obsequiar una plétora de racionalidad y humildad a su desmadrada y ensoberbecida colega argentina, se sienta amenazado es lógico. Cuando Argentina vivía sumida en el caos, en los años 1830 y 1840, oprimida por Rosas y los caudillos degolladores, ya libraba guerras contra Uruguay, que daba asilo a millares de exiliados. Y siguió dándoselo cada vez que Argentina padecía una dictadura militar o civil, hasta que la subversión tupamara engendró su propia involución represiva. Sin embargo, entre 1943 y 1955 Uruguay fue el pulmón que permitía a los argentinos respirar exiguos aires de libertad, y allí se instalaron exiliados ilustres, desde los socialistas Alfredo L. Palacios y Américo Ghioldi hasta los tres diputados radicales arbitrariamente despojados de sus escaños: Ernesto Sanmartino, Agustín Rodríguez Araya y Atilio Cattáneo, hoy injustamente olvidados por sus correligionarios. La tentación de congraciarse con el peronismo es demasiado fuerte, y los nombres de esos tres legisladores insobornables, y el de su compañero Silvano Santander, siguen siendo irritantes para los proclives a las componendas.

Como lo es el nombre de Jorge Luis Borges, quien, volviendo a la desmitificación de las Malvinas, escribió (Clarín, 24/9/1982):

Ingenua o maliciosamente (opto por el primer adverbio, ya que la mente militar no es compleja) se han confundido cosas distintas. Una, el derecho de un Estado sobre tal o cual territorio; otra, la invasión de ese territorio. La primera es de orden jurídico; la segunda es un hecho físico. Se ha invocado el derecho internacional para justificar un acto que es contrario a todo derecho. La transparente falacia, que no llega a ser un sofisma, tiene la culpa de la muerte de un indefinido número de hombres, que fueron enviados a morir o, lo que sin duda es peor, a matar. No es menos raro el hecho de que se hable siempre del territorio y no de los habitantes, como si la nieve y la arena fueran más reales que los seres humanos. Los isleños no fueron interrogados; no lo fueron tampoco veintitantos millones de argentinos.

Es indudable que si Borges viviera, los 18 intelectuales que formaron inicialmente el grupo de los auténticos héroes de Malvinas habrían sido 19. Claro que los peronistas se consuelan: ellos tienen a Maradona.

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