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Crisis de deuda: No culpen a Bush

Crisis de deuda: No culpen a Bush

 

 

Es comprensible, lo último que el presidente Obama quiere es que lo culpen por la creciente deuda de la nación, o, en realidad, por cualquier otra cosa. Pero eso de culpar al presidente George W. Bush por todo –por cualquier cosa– debería haberse acabado ya. Sobre la deuda en particular, es bastante difícil evitar considerar al presidente Obama como el primer presidente de la historia en estar en el cargo con cuatro años de déficits que exceden el billón de dólares.

Pero acorde a la consagrada tradición de la administración Obama, el secretario del Tesoro Tim Geithner fue a los programas domingueros para erróneamente echarle la culpa de la enorme deuda del país directamente al presidente Bush. Sin embargo, Geithner pasa por alto la verdad y simplemente omite decir cuánto más hundido en deuda dejará el presidente Obama a Estados Unidos en el futuro.

Hablando en el programa Meet the Press, Geithner afirmó que “El vasto volumen del incremento de la deuda es el resultado de las opciones de acción política tomadas por el predecesor [de Obama] para financiar unas rebajas de impuestos muy caras mediante préstamos, para financiar dos guerras mediante préstamos, para financiar una gran expansión de Medicare mediante préstamos, no reduciendo otros gastos o subiendo los impuestos. Esa es la mayor parte de su contribución”. Y por supuesto, Geithner dice que Obama no tiene la culpa, argumentando que su política “sólo causó alrededor del 12%, una fracción muy pequeña del incremento de la deuda que se ha visto durante este período de tiempo”.

Lo primero es lo primero: ¿Se ha de culpar a la política del presidente Bush por la deuda de hoy? Simplemente, no.

Las rebajas de impuestos de los años 2001 y 2003

La izquierda ha culpado a las rebajas de impuestos de Bush de eliminar un superávit de $5.6 billones, dejando a Estados Unidos con unos “déficits que llegan hasta donde alcanza la vista”. Sin embargo, ese superávit nunca existió.

Según investigaciones de la Fundación Heritage, la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) proyectó ese superávit en enero de 2001 basado en la suposición de que la economía seguiría creciendo al ritmo de finales de los 90, de que la burbuja del mercado bursátil continuaría y generaría una recaudación récord y de que no habría recesión, atentados terroristas ni desastres naturales y de que todo el gasto discrecional caería a niveles de los años 30.

Esas suposiciones, como ahora sabemos, estaban completamente erradas y el superávit anticipado nunca se materializó. Desde los años 2002 a 2011, Estados Unidos operó con un déficit de alrededor de $6.1 billones, una desviación de $11.7 billones respecto a lo que proyectó la CBO. Con un costo de $1.7 billones, las rebajas de impuestos de Bush sólo suman el 14% de ese montante. Culpar a esas rebajas de impuestos por la deuda a día de hoy simplemente no tiene lógica.

Las guerras en Irak y Afganistán y el Programa de Medicamentos de Medicare

¿Qué hay acerca del gasto de la guerra y los costos por prescripción de medicamentos que Geithner también cita como la causa principal de la deuda? De nuevo, está equivocado. Y aquí está la razón.

Esas normativas fueron implementadas a principios de siglo y durante 2008 los déficits anuales oscilaron entre $160,000 millones y $458,000 millones cada año. Pero en 2009, después de que el presidente Obama asumiera el cargo, esa cifra se disparó hasta $1.4 billones. ¿Cómo pudieron unas normativas ya existentes con unos costos estables triplicar repentinamente el déficit anual? No lo hicieron. La verdadera causa fue el colapso de la recaudación por la recesión junto con el gasto en estímulos de Obama.

El futuro

Mientras que Geithner y el presidente están mirando atrás en el pasado, se niegan a hacer algo respecto al futuro. Y están empeorando las cosas. Con el presupuesto del presidente, el gasto obligatorio aumenta en $1.16 billones hasta 2022 mientras produce unos déficits acumulativos de $6.4 billones. Mientras tanto, el presidente no hace nada por reformar el código tributario o para abordar la crisis del gasto de los derechos a beneficios, dejando el futuro incluso peor que el presente.

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Rajoy necesita toda la suerte del mundo

Rajoy necesita toda la suerte del mundo

Por SIMON NIXON

Mariano Rajoy probablemente tiene el trabajo menos envidiable del mundo. El presidente del gobierno español anunció la semana pasada el presupuesto más duro de la historia reciente de España en un contexto de fuerte subida de la rentabilidad de los bonos españoles. Aunque su gobierno ha tenido un enérgico comienzo con una ambiciosa reforma laboral, otra del sector financiero y el compromiso de recortar el déficit público a 5,3% del Producto Interior Bruto en 2012 desde 8,5% en 2011, Madrid sigue luchando para ganarse la confianza de los mercados.

Eso refleja en parte los temores de los inversionistas a que los últimos 27.000 millones de euros (US$36.000 millones) en medidas de austeridad propicien una contracción de la economía de más de 1,7% previsto oficialmente, lo que pondría en riesgo el plan de reducir el déficit. Sin embargo, el problema real de Rajoy es que los inversionistases temen que la crisis bancaria del país esté lejos de resolverse.

ReutersMariano Rajoy

El presidente podría creer que los mercados están siendo injustos. Ciertamente ha habido progresos desde que se anunciaron las nuevas reformas hace dos meses. Se han fusionado un número de entidades maltrechas con otras —como sucedió la semana pasada con la compra de Banca Cívica por parte de CaixaBank por 1.000 millones de euros—, los bancos han vendido activos y Banco Sabadell ha captado 1.200 millones de euros a través de una emisión de derechos.

Pero los inversionistas están preocupados por que la reforma no vaya lo suficientemente lejos: muchos creen que con la venta prevista de un millón de inmuebles, los precios de la vivienda tendrán que caer mucho más que el 22% visto hasta ahora para poder venderlos todos. Mientras, los inversionistas destacan que sólo 25.000 millones de euros de provisiones exigidas por la última reforma cubren exposiciones específicas. Algunos analistas afirman que se necesitarán rebajas de valor por 100.000 millones de euros para purgar el sistema.

¿Por qué le cuesta tanto a España hacer frente a su crisis bancaria? Parte de la respuesta está en su autocomplacencia pasada. El Banco de España creyó que era mucho más prudente durante el boom que otros reguladores, obligando a los bancos a acumular importantes provisiones genéricas para cubrir futuras pérdidas. Como resultado, sobrestimó la capacidad del sistema bancario español de soportar el estallido de la burbuja inmobiliaria. El problema fue que este colchón de provisiones genéricas no creó incentivo alguno para que los bancos vendieran activos problemáticos ya que los activos individuales siguieron estando valorados en los balances a precios fuera de la realidad. Por contra, los bancos prefirieron reestructurar la morosidad para evitar tener que rebajar su valor.

Pero hay otra razón por la que la crisis bancaria española se está mostrando tan intratable. El principal desafío en una crisis bancaria es mantener la confianza de los ahorradores: una vez que se produce una retirada de fondos en un banco, puede irse a la quiebra rápidamente. Durante esta crisis, diferentes países se han ocupado de tranquilizar a los ahorradores de diferentes maneras. En el Reino Unido, el gobierno recapitalizó rápidamente el sistema, esperando convencer a los ahorradores de que los bancos podrían absorber cualquier pérdida. En Irlanda, el gobierno ofreció garantías a todos los acreedores no asegurados, por lo que cuando las pérdidas terminaban por abrumar el capital de los bancos, Dublín se vio obligado a recapitalizarlos por su cuenta en vez de causar pérdidas a los bonistas. Sin embargo, los bancos españoles adoptaron un enfoque único: convirtieron a los ahorradores que abrieron depósitos en accionistas, por lo que sus clientes pasaron a formar parte de la primera línea de defensa del sistema.

Los bancos hicieron esto de varias formas. Muchos persuadieron a los ahorradores para que pasaran de tener cuentas con bajos intereses a ser dueños de participaciones preferentes que pagaban un tipo de interés fijo más alto pero que se consideran core capital bajo las normas de Basilea II. Entre 2007 y 2010, los bancos españoles emitieron instrumentos de este tipo por valor de 32.000 millones de euros, señala UBS.

A medida que la crisis bancaria se agravó, estos instrumentos pasaron a ser ilíquidos, cotizando con grandes descuentos; al mismo tiempo, dejaron de considerarse core capital bajo Basilea III. Así que los bancos animaron a los inversionistas a convertir sus acciones preferentes en otras acciones ordinarias o bonos convertibles, que pagan una rentabilidad inicial elevada antes de convertirse después en acciones.

Algunos bancos, entre ellos Santander y Bankinter, ya habían emitido bonos convertibles para sus depositantes al comienzo de la crisis. Mientras, otros bancos han persuadido a sus clientes para invertir directamente en sus acciones. La mayor parte de las acciones de la salida a bolsa de Bankia el año pasado y la reciente emisión de derechos de Sabadell estuvieron dirigidos a inversionistas minoristas.

No está claro que los clientes fueran conscientes del riesgo. Ha habido acusaciones de fraude, sobre todo en el caso de la emisión de bonos convertibles del Santander que pasarían a ser este año acciones ordinarias a 14 euros por acción, más del doble del precio actual de la acción.

Hasta ahora, los tribunales se han puesto del lado de los bancos. Pero mientras que estos masivos canjes de deuda por acciones han aumentado los ratios de capital, se han generado nuevos riesgos. Si los clientes de un banco son obligados a asumir grandes pérdidas, la confianza podría verse minada no sólo para ese banco sino para todo el sistema. Dado que se calcula que un millón de inversionistas minoristas compraron participaciones preferentes y bonos convertibles, mantener la confianza de los inversionistas ahora supone una preocupación para el sistema, dado que se plantean dudas sobre en qué medida el capital de los bancos españoles puede estar realmente absorbiendo pérdidas.

No es de extrañar que los bancos españoles estén adoptando un enfoque más sensible hacia los clientes. Un elemento crucial de la compra por parte de CaixaBank de Banca Cívica fue la decisión de convertir los 1.000 millones de euros de participaciones preferentes de Banca Cívica en bonos convertibles al mismo valor; estos más tarde se convertirán en acciones por el mismo valor, lo que no implicará pérdida nominal alguna para los inversionistas. Por contra, la pérdida la absorberán los accionistas de CaixaBank, que están pagando 2.000 millones de euros por un banco cuyo valor en libros según el acuerdo ha caído a cero. Del mismo modo, BBVA ha convertido sus 3.000 millones de euros de bonos convertibles en acciones al mismo precio, entregando a esos inversionistas hasta 10% del capital del banco. La gran incertidumbre es si los clientes del banco seguirán siendo accionistas a largo plazo o si se desharán de acciones si aumentan las pérdidas, minando la confianza.

El gobierno también está haciendo lo que puede para tranquilizar a los inversionistas; ha descartado inyecciones directas de capital pero dice que si es necesario el capital, tomará la forma de convertibles contingentes, posponiendo cualquier dilución. Pero la dilución podría ser difícil de resistir por mucho tiempo. La morosidad crece tan rápido como la recesión empeora, y los bancos podrían estar empeorando la situación al restringir el crédito mientras tratan de conservar el capital. Demasiadas cosas se acumulan para la capacidad de Rajoy de minimizar el impacto de la austeridad sobre la economía nacional Necesitará toda la suerte del mundo.

 

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