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¿Qué hay detrás del bajo crecimiento brasileño?

¿Qué hay detrás del bajo crecimiento brasileño?

por Mary Anastasia O’Grady

Mary Anastasia O’Grady es editora de la columna de las Américas del Wall Street Journal.

Brasil es, supuestamente, uno de los tigres económicos del siglo XXI junto con Rusia, India y China. Entonces, ¿Cómo es que el año pasado apenas creció 2,7%?

La presidenta, Dilma Rousseff, quiere que le echemos la culpa a la política de bajas tasas de interés de la Reserva Federal de EE.UU. (Fed), que sería responsable de la pérdida de competitividad del país y de reducir “su crecimiento”. Eso fue lo que dijo en una visita a Washington la semana pasada y repitió en la Cumbre de las Américas, que tuvo lugar el fin de semana en Cartagena.

No es una acusación nueva. Brasil se ha estado quejando desde hace tiempo de la política de dinero fácil del presidente de la Fed, Ben Bernanke. Al ministro de Hacienda brasileño, Guido Mantega, se le atribuye haber acuñado el concepto de “guerra de divisas” para describir las ventajas que reciben los exportadores cuando un país devalúa su moneda.

No nos engañemos. La política de “relajamiento cuantitativo” y las tasas de interés cercanas a cero de la Fed han significado que muchos dólares han salido en busca de mejores retornos en los mercados energéticos. Buena parte de estas inversiones han ido a parar a Brasil, donde se han descubierto abundantes reservas ultramarinas que, en contraste con la situación de EE.UU., serán explotadas. A diferencia de México, Brasil está permitiendo que las empresas extranjeras sean parte del proceso. En la agricultura, a su vez, Brasil ha aprovechado la tecnología más avanzada disponible para transformarse en un productor de clase mundial durante un período que ha coincidido con el encarecimiento de los alimentos.

Cuando los inversionistas se abalanzan en masa sobre esos rentables activos brasileños, el valor del real sube. Por lo tanto, Rousseff tiene razón cuando afirma que Bernanke juega un papel clave en la economía brasileña. Los inversionistas, por su parte, también tienen razón para desconfiar de un país que es altamente dependiente de las materias primas y de la política de crédito gratuito de la Fed.

Una burbuja podría estar en ciernes. Si la producción no es rentable a precios más bajos, podría estallar.

Sin embargo, una moneda fuerte enriquece a los brasileños, algo que la presidenta debería celebrar. ¿Por qué ella lo lamenta? La respuesta está en el poder político de los fabricantes nacionales.

Piense en lo que pasaría si las autoridades permitieran la apreciación del real. Si los dólares que llegan al país se usaran para comprar reales, el tipo de cambio se apreciaría. El real más fuerte daría a los brasileños más poder adquisitivo en todo el mundo para modernizar sus instalaciones, aumentar la productividad y, por ende, la competitividad.

Ese sería un proceso de creación de riqueza. Sin embargo, no es lo que pretenden los planificadores centrales brasileños. Siempre han concebido al país como un gigante manufacturero y el gobierno ha subsidiado en gran medida a los productores locales —pensemos en la teoría de las industrias incipientes— y provisto protección frente a la competencia extranjera. Eso era más fácil cuando la moneda local era débil. Los brasileños no podían costear importaciones y las exportaciones del país parecían más atractivas para los extranjeros.

Hoy, la fortaleza del real deja al desnudo la debilidad de las manufacturas brasileñas, cuya importancia en la economía ya estaba disminuyendo incluso antes de que Bernanke tomara cartas en el asunto. De acuerdo con el economista brasileño Raúl Velloso, las manufacturas como porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB) brasileño es ahora la mitad de lo que era a fines de los 80. En la actualidad, 65% del total de la economía corresponde a los servicios, un sector que emplea a cuatro veces más brasileños que la industria manufacturera.

Aun así, los productores nacionales siguen siendo políticamente poderosos y ejercen presión sobre el gobierno para detener la apreciación del real. Esto significa que el banco central tiene que comprar los dólares que entran al país, emitir nuevos reales y luego emitir bonos para sacar de circulación a esos reales, a fin de que no generen inflación. La entidad ahora acumula más de US$400.000 millones de dólares en reservas y la emisión de bonos ha elevado las tasas de interés.

Las mayores tasas de interés atraen a más compradores de reales en busca de mayores rendimientos. De este modo, en lugar de debilitar la moneda, la intervención del banco central la fortalece. Las tasas más elevadas también encarecen el mantenimiento de las reservas. Otro problema es que los inversionistas podrían ser más propensos a poner su dinero en bonos del gobierno en lugar de hacerlo en las inversiones necesarias para aumentar la capacidad productiva de Brasil.

El gobierno también está devorando los ahorros necesarios para invertir al estimular el consumo en diversas formas. El impulso del consumo, incluyendo la expansión de los créditos subsidiados del BNDES, el banco nacional de desarrollo, resulta peligroso.

Conforme crece la demanda, la baja tasa de inversión en relación con el PIB de Brasil, de 18% (frente a 50% de China), implica que el país necesita más importaciones. El proteccionismo bloquea las importaciones, por lo que aumentan los precios de los bienes transables. Los precios de los servicios, que no son importados, también se elevan.

El mayor consumo, sin la correspondiente capacidad productiva, provoca inflación, incrementando los costos salariales para aquellos fabricantes locales a quienes se supone que debe ayudar el gobierno. El banco central tiene que depender de las altas tasas de interés para controlar la situación. En tanto, el crecimiento se resiente.

La manera de salir de esta trampa es aceptar la fortaleza del real y las ventajas comparativas del país en servicios y materias primas. Permitir la reestructuración de una industria manufacturera centralmente planificada no será indoloro. Pero es mejor hacerlo ahora, junto con las reformas a favor del crecimiento en el área de los impuestos y la regulación, a esperar a la inevitable llegada de la crisis.

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Rousseff pronto tendrá más razones para quejarse

Rousseff pronto tendrá más razones para quejarse

Por NICHOLAS HASTINGS

LONDRES (Dow Jones)–Dilma Rousseff tiene mucho trabajo en sus manos.

La presidenta brasileña posiblemente no lo sepa, pero la guerra de divisas que desprecia tan profundamente posiblemente empeore antes de mejorar.

De hecho, mientras el lunes se quejaba ante el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, sobre el perjudicial impacto que las devaluaciones competitivas están teniendo en países como el suyo, se intensificaba la batalla entre Estados Unidos y Japón.

Associated PressDilma Rousseff durante su reunión con Barack Obama.

En el último mes o dos, hubo expectativas de que disminuirían las presiones. La economía estadounidense parecía lista para recuperarse e incluso las presiones deflacionarias en Japón parecían estar cediendo.

La necesidad de manipular el valor del yen frente al dólar se hacía menos apremiante. Pero las tensiones claramente han regresado.

En parte, esto se debe a las decepcionantes cifras de nóminas no agrícolas de Estados Unidos publicadas el viernes, las cuales aumentaron en solo 120.000 empleos, en lugar de los 200.000 que se anticipaba. Esto inmediatamente generó especulaciones de que la Reserva Federal de Estados Unidos tendría que recurrir a una mayor flexibilización cuantitativa, al tiempo que los rendimientos de los bonos del Tesoro a 10 años de Estados Unidos cayeron a un mínimo de un mes levemente por sobre el 2%.

Está de más decir que la caída en los rendimientos de la deuda estadounidense socavó aún más la reciente apreciación del dólar.

No obstante, fue la respuesta de Japón a la apreciación del yen lo que ilustró cuán intensa sigue siendo la guerra de divisas.

Después de una reunión de estrategia de dos días que finalizó el martes, el Banco de Japón anunció que dejaba sus tasas sin cambios y que el programa de compras de activos se mantenía sin variación.

Esa fue la versión oficial del banco central.

Pero, la respuesta a observar fue la versión política.

Los políticos japoneses han estado incrementando de manera constante su influencia sobre las decisiones del Banco de Japón, dejando en claro que preferirían que el banco central adopte medidas expansivas adicionales para ayudar a la economía. Aunque el banco central ha intentado preservar cierto nivel de independencia, hay señales de que los políticos están ganando gradualmente.

Esto significa que a medida que el yen comience a apreciarse nuevamente frente al dólar, el Banco de Japón estará bajo presión para relajar nuevamente la política en su próxima reunión del 27 de abril.

Ciertamente, las presiones para que el banco adopte mayores medidas solo aumentarán si hay alguna señal por parte de la Fed de que está considerando nuevas medidas para estimular la economía.

En un sentido global, es poco probable que esta batalla entre el dólar y el yen para seguir siendo los más competitivos llegue pronto a una conclusión.

Tras las recientes cifras económicas que sugieren que la demanda interna de China no es tan fuerte como se esperaba, y como la mayoría de los indicadores apuntan a otra desaceleración de la economía mundial, Japón podría descubrir que presionar por la depreciación del yen frente al dólar es un reto muy grande.

Y la presidenta de Brasil verá que en el futuro tendrá muchas más razones para quejarse en la guerra de divisas.

 

Brasil: Dilma da clases de competitividad

por Manuel Hinds

Manuel Hinds es ex Ministro de Finanzas de El Salvador y co-autor de Money, Markets and Sovereignty (Yale University Press, 2009).

En una reunión con el sector privado de su país, la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, dio una clase de competitividad a los muchos que creen que la competitividad se logra a través de devaluar las monedas. Por varios años la economía brasileña había estado en un enorme boom impulsado por los altísimos precios que han prevalecido en los productos primarios y por las entradas de capital que han atraído las altas tasas de interés del país. Los enormes ingresos de moneda extranjera produjeron un gran boom de crédito, que estimuló la economía doméstica. De esta forma, a través del crédito, el boom de exportaciones se convirtió en un boom de producción doméstica.

En los últimos meses, sin embargo, los precios de los productos primarios han comenzado a bajar lenta, pero inexorablemente, y la economía brasileña (al igual que la de todos los países que dependen de las exportaciones de productos primarios) se ha desacelerado. Casi no creció en la segunda parte de 2011 y está creciendo aún menos en 2012. Algunos sectores ya se están contrayendo, es decir, en vez de crecer están decreciendo. Ominosamente, la mora en los créditos aumentó en 21 por ciento durante 2011 y los consumidores están menos deseosos de tomar dinero prestado, y los bancos menos aún de seguir prestando a las altas tasas de crecimiento de los años pasados. El dinero sigue entrando, pero dentro de poco comenzará a salir, causando una dramática compresión del crédito que puede tirar al país en una depresión profunda.

Esto no debería de ser problema para los que creen que los países pueden volverse más competitivos y aumentar su tasa de crecimiento a través de hacer política monetaria, es decir, emitir dinero y rebajarles el salario real a los trabajadores a través de devaluar la moneda. Brasil tiene su propia moneda, puede emitirla cuando quiera, y puede devaluarla si quiere. Entonces, de acuerdo a los que creen en las virtudes milagrosas de las devaluaciones, Brasil no debería de preocuparse. La presidenta Dilma Rousseff sólo debería emitir dinero, devaluarlo e irse a pasar una semana santa feliz a la playa.

Pero la presidenta Rousseff está muy preocupada porque sabe que las cacareadas políticas monetarias y las devaluaciones no son ninguna solución, son puros jueguitos de espejos y humaredas que esconden los verdaderos problemas de competitividad de los países. Por eso, cuando recientemente se reunió con el sector privado para discutir con ellos la estrategia para resolver lo que puede ser una crisis económica muy seria, la presidenta ni siquiera mencionó la creación de dinero ni las devaluaciones. Dijo, correctamente, que lo que el país necesita para volverse más competitivo es mayor inversión privada. Ella entiende que las devaluaciones pretenden bajar los costos de las empresas rebajándole el sueldo a los trabajadores, mientras que la inversión hace que las empresas sean más competitivas aun pagando salarios mayores. Esto es así porque con la inversión los trabajadores producen más con el mismo esfuerzo. Un hombre con un tractor puede producir mucho más que uno con una cuma, y por lo tanto es más competitivo y se le puede pagar más.

Pero la presidenta no se quedó en el diagnóstico. Anunció que para propiciar el aumento de la inversión y de la competitividad, el gobierno va a reducir los impuestos.

En los últimos años el gobierno salvadoreño ha pretendido copiar las políticas económicas de Brasil para lograr crecer a las tasas altas que ese país estaba creciendo. Hacerlo no tenía sentido porque Brasil no estaba creciendo por ninguna política, sino porque los precios de los productos primarios estaban muy altos, y nosotros casi no exportamos productos primarios (la reforma agraria acabó con las exportaciones agrícolas diferentes al café y no queremos explotar los minerales). Ahora Brasil sí está comenzando a hacer política económica para lograr competitividad de verdad. Sería el momento de copiarle, dejando de hablar, como la presidenta Rousseff, de soluciones mágicas como las políticas monetarias y las devaluaciones y actuando para mejorar la verdadera competitividad del país a través de mayor inversión.

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