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Peña sube, Josefina baja, AMLO, estable

Peña sube, Josefina baja, AMLO, estable

Leo Zuckermann

Hasta ahora la competencia presidencial parecía un muerto: la línea de un electrocardiograma de un cadáver que no se movía nada. Desde octubre del año pasado, en que comenzaron a levantarse sistemáticamente encuestas sobre la elección, Peña aparecía en primer lugar con 50% de las intenciones de voto; en segundo lugar Josefina con 30% y en tercero López Obrador con 20% de las preferencias. Puntitos más, puntitos menos, así pasaron seis meses. La noticia es que el muerto, al parecer, empieza a revivir. La competencia presidencial se mueve.

Contra lo que predecían muchos, en lugar de cerrarse, se está abriendo a favor de Peña. En la encuesta de ayer de Buendía-Laredo para El Universal, el candidato priista aparece con 54% de las preferencias, cuatro puntos más que en la levantada en marzo por esta casa encuestadora. En el sondeo de Parametría para El Sol de México, Peña obtiene 51%, cuando hace un mes estaba en 47 por ciento.

Ahora bien, la noticia más importante parece ser la caída que ha tenido recientemente la candidata del PAN. En la de Buendía-Laredo cae de 28 a 23 por ciento. En la de Parametría de 31 a 25 por ciento. Sigue estando en segundo lugar, pero ya muy cerca del tercero, López Obrador, quien cuenta con 21% de las preferencias en la de Buendía y 23% en la de Parametría.

A nueve semanas de la contienda, Peña está cada vez más firme en el primer lugar por lo que surgen dos cuestionamientos. El primero es la disputa por el segundo lugar. Como el puntero está muy despegado, el interés se está centrando en quién podría convertirse en la principal fuerza opositora en caso de que Peña ganara las elecciones.

Irse al tercer lugar sería un verdadero desastre para el PAN. Es extremadamente raro que el partido gobernante se convierta en la tercera fuerza política. Que yo recuerde, este tipo de situación sólo ha ocurrido con el PRD en las elecciones de gobernador de Baja California Sur y Michoacán. Imagine usted cómo se interpretaría en los medios el hecho de que el partido del presidente Calderón se amaneciera el 2 de julio como tercera fuerza electoral.

Para la izquierda, en cambio, sería una buena noticia quedar en segundo lugar, por muy alejado que esté del PRI. La medalla de plata se vería como una especie de logro de López Obrador, quien arrancó en tercero, pero habría remontado al segundo lugar. El problema es que este resultado dificultaría la reestructuración a fondo que necesita la izquierda en México que pasa, creo yo, por sacudirse de López Obrador para comenzar una nueva etapa postAMLO.

El segundo cuestionamiento que surge de los resultados de las encuestas es si el PRI, además de regresar a Los Pinos, ganará ambas cámaras del Congreso. De arrastrar Peña el voto a favor de los candidatos a diputados y senadores priistas, por primera vez desde 1997, el Presidente tendría mayoría absoluta en el Poder Legislativo. De esta forma habría un gobierno unificado.

En lo personal me gusta la idea de que el Ejecutivo tenga mayoría en el Legislativo para gobernar. El Presidente ya no tendría pretextos. Contaría con los votos necesarios para sacar adelante su agenda legislativa. Para bien y también para mal. Si es para bien, pues qué bueno por México. Si es para mal, y se complican las cosas en el país, pues no dude usted que en las próximas elecciones le cobraríamos los platos rotos al partido gobernante por sus fracasos.

En México necesitamos gobiernos responsables que no tengan pretextos para dar buenos resultados. En un sistema presidencialista esto sólo puede suceder cuando el partido del Presidente tiene mayoría en el Congreso, lo cual empieza a verse factible por primera vez en muchos años.

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AMLO, desesperado

AMLO, desesperado

¿Por qué razón, al tiempo que la candidata del PAN recupera terreno, el del PRI continúa creciendo y ratifica que es un aspirante teflón?

Ricardo Alemán

Si hemos de creer en las encuestas, por lo menos en las recientes de Excélsior y Milenio, podemos decir que la candidata del PAN, Josefina Vázquez Mota, cometió un acierto —porque no sólo los errores se cometen, sino también los aciertos— con el “golpe de timón” que anunció en la semana reciente. ¿Por qué?

Porque no sólo detuvo la tendencia de su candidatura a la baja —muy cercana a la caída libre—, que había provocado la cadena de errores y horrores que cometieron sus colaboradores y ella misma, sino que todas las encuestas marcan claros números al alza, al grado que se alejó hasta colocarse a casi diez puntos del tercer lugar, que ocupa el candidato de las izquierdas, Andrés Manuel López Obrador.

Y es que, como aquí lo dijimos en su momento, el primer objetivo del “golpe de timón” de la aspirante azul debía ser —por supervivencia elemental— alejarse lo más rápido posible del tercer lugar para, de esa manera, alejar de la percepción de los ciudadanos y potenciales electores la idea de que la señora Vázquez Mota pudiera ser alcanzada y, eventualmente, enviada a la tercera posición.

Y el cambio de estrategia resultó tan exitoso que, en las encuestas de ayer lunes, la señora Vázquez Mota se aleja casi diez puntos de su perseguidor, López Obrador, al tiempo que se aproxima a 20 puntos de distancia del puntero, Enrique Peña Nieto. Y sin duda que 20 puntos son lo más parecido a un abismo —sobre todo en una campaña a la que sólo le restan menos de 80 días—, pero al menos la candidata del PAN ya logró detener la tendencia a la baja y revertir los números, que eran de tragedia.

Lo curioso del asunto, sin embargo, es que si bien la candidata del PAN recupera terreno y se consolida con 30% de las preferencias electorales, ese avance no se produce a costa de reducir simpatizantes al candidato del PRI, lo que sería lo deseable. No, la realidad es terca y ratifica que los puntos que gana Vázquez Mota se los quita tanto a López Obrador como a la masa de indecisos.

Es decir, que si bien el “manotazo” funcionó para impedir que la aspirante del PAN cayera a un tobogán sin regreso, también es cierto que la guerra de lodo lanzada contra el candidato Peña Nieto no sirvió para restarle simpatías al aspirante del PRI quien, a querer o no, sigue creciendo en la intención efectiva del voto.

Por eso la pregunta obligada. ¿Por qué razón, al tiempo que la candidata del PAN recupera terreno, el del PRI, Enrique Peña Nieto, continúa creciendo y ratifica que es un  aspirante teflón?

Una primera respuesta podría señalar que las preferencias electorales en torno al desempeño electoral del PRI y del PAN son el mejor ejemplo de la esquizofrenia político-electoral.

Pero no, lo cierto es que asistimos al mejor ejemplo de que sí es posible ver el sentido común en los procesos electorales. Primero, porque las reparaciones del barco azul dieron resultado —al evitar errores, cambiar el discurso y modificar la imagen de la candidata— y, segundo, porque la campaña de lodo contra Peña Nieto no logró hacer ver al mexiquense como mentiroso —que es el objetivo del PAN—, sino que para no pocos electores el priista es visto como víctima de la supuesta perversidad azul.

Y en donde han prendido todos los focos rojos y hasta aparecen signos de desesperación es en la candidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador. ¿Por qué? Porque luego de haber alcanzado a Vázquez Mota en el segundo lugar —en los diez días recientes, justo cuando la candidata del PAN vivía los peores momentos de su caída—, hoy el candidato de las izquierdas se rezaga de nueva cuenta y se queda con 20 puntos porcentuales, a diez puntos de la candidata del PAN y a 30 del puntero del PRI.

El retroceso y el nerviosismo que se perciben en el candidato que ocupa el tercer lugar en las encuestas tampoco es algo casual. Resulta que AMLO ha empezado a dibujar lo que sería su gobierno —con una fuerte dosis de populismo—, lo que al parecer no es bien visto por una amplia mayoría de electores que, por esa razón, le dan la espalda al señor López Obrador.

Acaso por eso AMLO vuelve a mostrar su verdadero rostro: el del político que inventa y difama al puntero en las encuestas, al tiempo que siembra minas que le permitirán argumentar que lo derrotará “el fraude que viene”. Así, por ejemplo, y sin más pruebas que su dicho, dice que el IFE, los medios, las encuestas y hasta el Espíritu Santo “favorece a Enrique Peña Nieto”. Si AMLO no hace algo realmente contundente, ya desde hoy está muerto. Al tiempo.

¿Quién va ser el próximo presidente?

Luis Gutiérrez Poucel

Consultor Económico:  Economista en Jefe en LEGS Consultores y Asociados.  Anteriormente, durante 11 años, Economista Principal en el Banco Mundial.  Educado en Harvard University.

El tema de actualidad en el país es:

¿Quién va ser el próximo presidente?

Cada seis años a los mexicanos nos gusta jugar al presidencialismo, como si esto pudiera cambiar el pasado, o mejorar los resultados de la administración que está a punto de concluir. En efecto, lo último que muere en los mexicanos es el sentimiento de la esperanza, la esperanza de que el próximo presidente vaya a ser mejor del que está por terminar.

Por el momento tenemos a tres candidatos de los tres principales partidos con posibilidades presidenciables, por orden alfabético de los partidos: Josefina Vázquez Mota (PAN), Andrés Manuel López Obrador (PRD) y Enrique Peña Nieto (PRI). Las encuestas sugieren que Enrique es el puntero, a pesar de los descalabros que le han causado las muestras que ha dado de falta de cultura y preparación. Sin embargo, Andrés Manuel y Josefina están mejorando su posición en las encuestas.

¿Qué tal si pudiéramos evaluar a los tres presidenciables desde el punto de vista del bienestar nacional, de lo que le importa al pueblo de México, considerando la trayectoria que han tenido y su desempeño en el pasado? Eso es lo que pretendemos hacer en este artículo: evaluarlos de la manera más objetiva posible, lo cual es muy difícil, porque hay mucho de subjetividad en cualquier evaluación; pero a riesgo de pecar de sesgos ideológicos y políticos, aquí les va mi modesta evaluación.

Índice de la Esperanza

Pero antes de calificarlos, tenemos que ponernos de acuerdo sobre qué bases los vamos a evaluar. Si tomamos el Índice de Desarrollo Humano propuesto por los organismos internacionales, los tres indicadores relevantes serían (1) el PIB per cápita, (2) la educación y (3) la esperanza de vida. Pero como nosotros sabemos, el bienestar de una nación requiere de otros elementos, tales como la seguridad, combate a la corrupción y la efectividad del gobierno para gobernar, entre otros.

El Banco Mundial ha propuesto el Índice de Gobernabilidad, compuesto por los siguientes indicadores: (1) voz y rendición de cuentas, (2) estabilidad política, (3) efectividad del gobierno, (4) calidad regulatoria, (5) imperio de la ley y (6) control de la corrupción.

Para el caso de México, vamos a tropicalizar dichos índices para aterrizar más de cerca a nuestra realidad, construyendo el Índice de la Esperanza. ¿En qué consiste este índice?, se preguntarán. Este índice se compone de seis indicadores: (1) el PIB per cápita, (2) distribución del ingreso, (3) educación, (4) efectividad para gobernar (gobernabilidad en corto), (5) seguridad y (6) corrupción.

Pasemos ahora a la evaluación de cada presidenciable.

Josefina Vázquez Mota
La administración de JVM probablemente mantendría el blindaje económico de la economía, respetaría la autonomía del Banco Central y conservaría la prudencia fiscal. El Producto Interno Bruto per cápita crecería a igual ritmo o un punto porcentual por arriba del PIB per cápita de los Estados Unidos, que es nuestro principal punto de referencia. Tendríamos estabilidad económica durante todo su sexenio.

La distribución del ingreso seguramente se mantendría igual que como estamos ahora, no habría grandes avances en la reducción de la pobreza, no se lograría la reforma fiscal y la gestión del Ejecutivo Federal tendría el mismo impacto sectorial que el gobierno de Felipe Calderón.

El gobierno de Josefina evitaría confrontaciones con el sindicato de la maestra Gordillo; mantendría los mismos niveles de gasto e inversión en educación que la de los gobiernos panistas recientes. En suma, en el campo de la educación no habría grandes avances, mantendríamos nuestros bajos niveles educativos que observamos cuando nos comparamos con los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).

El gobierno panista tendría las mismas dificultades para alcanzar acuerdos con el Congreso que sus predecesores para llevar a cabo las reformas estructurales que el país requiere y para controlar los excesos de los gobiernos estatales. El nivel de gobernabilidad sería equivalente al de los gobiernos panistas del 2000 al 2012.

En cuanto a la seguridad, su gobierno mantendría las mismas líneas de confrontación militar contra el crimen y la delincuencia organizada, no legalizaría las drogas cuyo tráfico hacia EUA ocasionan más daño al país en términos de violencia e inseguridad.

Finalmente, en la lucha contra la corrupción el gobierno de Josefina Vázquez Mota no iría contra los presidentes, gobernadores de los estados ni secretarios de Estado que robaron en el pasado. Mantendría los mismos niveles de monitoreo y control de la corrupción tan suaves para los niveles altos como los que mantuvieron los gobiernos panistas que la antecedieron. La corrupción en los altos niveles de los gobiernos estatales continuaría con algunos de ellos endeudándose masivamente para financiar proyectos cuestionables. Los elementos de control de la corrupción y abuso de confianza de los niveles medios y bajos probablemente mejorarían un poco.

 

Andrés Manuel López Obrador
¿Qué tal le iría al gobierno de AMLO con el Índice de la Esperanza? Para empezar, el ingreso per cápita probablemente crecería por debajo del ritmo del de los EUA, difícilmente alcanzaría en promedio durante el sexenio el nivel americano, por las siguientes razones: el gobierno de AMLO eliminaría el blindaje económico, terminaría con la autonomía del Banco de México, no seguiría una política de prudencia fiscal e iniciaría una confrontación abierta contra los inversionistas privados nacionales y extranjeros; su administración introduciría nuevamente el financiamiento deficitario, acelerando la inflación y devaluando el valor del peso; la inversión privada disminuiría; el déficit comercial aumentaría junto con el proteccionismo comercial y los precios de los productos nacionales e importados aumentarían en el mercado interno. En otras palabras, la economía perdería competitividad, tendríamos una crisis económica durante la mayor parte del sexenio y aumentaría la dependencia a las exportaciones de petróleo crudo.

La distribución del ingreso se deterioraría por los efectos inflacionarios, por la disminución en la tasa de crecimiento económica, por la confrontación entre clases de diferente ingreso, por la reducción de la inversión privada y por la disminución en la creación de empleos. La administración mejoraría los programas de reducción de la pobreza extrema, aumentando el gasto para necesidades sociales del 7.2% del PIB al 10%, pero este esfuerzo no sería suficiente para contrarrestar la reducción del ingreso de la clase media y de los más pobres por la inflación y el aumento del desempleo. Seguramente no habría reforma fiscal, y si la hubiera, sería en contra del crecimiento económico y de la inversión, su énfasis sería en mayores ingresos fiscales penalizando la inversión y favoreciendo al consumo. El ejecutivo federal tendría un fuerte impacto sectorial, a través de grandes proyectos públicos, habría gran participación de contratistas, en especial aquellos que apoyasen financieramente al PRD y de nuevos contratistas que nacerían al amparo de los contratos del gobierno. Los mexicanos terminaríamos pagando doble por estos grandes proyectos populistas, primero porque para desarrollarlos se necesitarían de los impuestos que pagamos, y segundo por las molestias que ocasionarían su construcción y por el impuesto inflacionario que eventualmente tendríamos que pagar todos los mexicanos.

En el terreno de la educación, si Andrés Manuel no puede controlar al sindicato de Elba Esther Gordillo, luchará en su contra, tratando de crear su propio sindicato incondicional a sus políticas. Habría un fuerte aumento en los niveles de gasto e inversión para la educación, pero tendría poco impacto en la calidad de la educación, así como en el nivel de calificación de la mano de obra, pues el énfasis sería más en la cantidad que la calidad, sería una educación politizada.

En cuanto a gobernabilidad habría una abierta confrontación con el Congreso, las reformas que se aprobarían serían populistas, no para mejorar la efectividad del gobierno, sino para vender la imagen de buen gobierno a la opinión pública. El estilo de gobernar produciría un diálogo aguerrido con los estados gobernados por la oposición. Habría inestabilidad política durante la mayor parte de su sexenio.

En lo que toca la seguridad, el gobierno de Andrés Manuel trataría de pactar y dirigir a la delincuencia organizada: su lema sería “si no es posible combatirlos, preferible controlarlos y dirigirlos”. Seguramente legalizaría algunas de las drogas cuyo tráfico más perjudican al país: la marihuana y la cocaína.

En cuanto al control de la corrupción, el gobierno de Andrés Manuel mantendría muy abierto los ojos monitoreando y criticando a los gobernadores de los partidos de oposición y cerrando sus ojos a los excesos en los estados manejados por sus correligionarios y de los que apoyan a su administración. Los mecanismos de manejo y castigo de la corrupción de los niveles medios y bajos probablemente no serían efectivos.

 

Enrique Peña Nieto
Finalmente, ¿cómo saldría la evaluación del candidato puntero EPN? Seguramente la administración de Enrique trataría de manipular el blindaje económico, socavaría la autonomía del Banco Central y se alejaría de la prudencia fiscal cuando así le conviniera y fuera necesario para sus fines políticos o personales. El ingreso per cápita de los mexicanos posiblemente crecería al mismo ritmo que el de los americanos, quizás un poco por encima. Habrían grandes proyectos y mucha participación de especuladores y contratistas, por lo que los mexicanos terminaríamos pagando triplemente por estos gigantescos proyectos de desarrollo: primero para financiar su desarrollo con nuestros impuestos, segundo por las molestias durante su construcción y tercero terminaríamos pagando peaje por el uso de los servicios de infraestructura que generarían. Posiblemente habría una crisis económica al final del sexenio cuando el gobierno tratase de apurar la terminación de sus grandes proyectos con financiamiento deficitario.

La distribución del ingreso probablemente empeoraría por los efectos inflacionarios de su oportunista política fiscal. No habría grandes avances en la reducción de la pobreza, manteniéndose los niveles actuales de 52 millones de pobres. Indudablemente no habría acuerdos para llevar a cabo una reforma fiscal.

En cuanto a la educación, el gobierno de Peña Nieto continuaría apoyando al sindicato de Elba Esther Gordillo. Habría un aumento en los niveles de gasto e inversión dedicados a la educación pero con poco impacto en la calidad educativa, probablemente habría inclusive un retraso en los indicadores de calidad de la educación debido al mayor énfasis que se daría a la cantidad más que a la calidad, favoreciendo y compensando la trayectoria política de los maestros y oponiéndose a su evaluación y premiación de sus conocimientos.

En términos de gobernabilidad habría una mejora, dada la mayor experiencia que tienen los priistas para manejar al país, pero continuarían las dificultades de entendimiento con el Congreso y para llevar a cabo las reformas estructurales que necesita el país. El nivel de control y supervisión en los gobiernos estatales mejoraría un poco, pero el cambio no sería sustancial.

En términos de seguridad, el gobierno de Enrique trataría de pactar con los criminales y la delincuencia organizada lo que a la postre, nos resultaría muy caro. Es ridículo e infantil pensar que se puede negociar y pactar con pillos que por definición no tienen palabra ni honor. Precisamente por ello son criminales, porque no tienen escrúpulos ni respeto al derecho ajeno. Probablemente no logre legalizar las drogas para sacar de la ecuación de la oferta al elemento criminal.

Finalmente en lo que toca al control de la corrupción, el gobierno de Peña Nieto no iría contra los gobernadores, secretarios de estados ni presidentes ladrones; trataría de pactar para que a él y a sus allegados, al terminar su administración, no les hicieran lo mismo. Los mecanismos de control de la corrupción y abuso de confianza de los niveles medios y bajos probablemente mejorarían.

Boletas de calificaciones:

En la evaluación comparativa de los presidenciables, considerando las calificaciones a cada uno de los indicadores del Índice de la Esperanza, ninguno de los tres candidatos aparece como la mejor opción para México, pero la opción menos mala parece ser Josefina Vázquez Mota con un promedio de 6.5. El presidenciable más malo sería Andrés Manuel López Obrador con una calificación promedio de reprobado de 3.6. Enrique Peña Nieto pasaría de panzaso con un 6 de promedio. Ninguno de los dos candidatos aprobados figuraría en el cuadro de honor.

 

Evaluación de los presidenciables: Un ejercicio en razón a la esperanza

 

JVM

AMLO

EPN

PIBPC

8.0

2.0

7.8

Distribución del ingreso

6.0

4.0

5.2

Educación

5.5

4.0

4.2

Gobernabilidad

6.5

3.5

7.8

Seguridad

7.5

5.0

4.7

Corrupción

5.5

3.0

6.3

Índice de la Esperanza

6.5

3.6

6.0

Resultado de la evaluación

Seguramente otro evaluador modificaría alguna que otra calificación, pero dudo mucho que el resultado final cambiara mucho en lo fundamental: en las próximas elecciones no vamos a votar por el mejor candidato, sino por el menos malo.

Los líderes políticos que tenemos son los que merecemos. Si algo nos dice nuestra historia es que los mexicanos generalmente votamos por sentimiento, por interés propio y para alcanzar beneficios a corto plazo. Los mexicanos no contemplamos el beneficio a largo plazo, el interés de nuestros hijos y nietos, el bienestar del pueblo. ¿Por qué desde la independencia hasta hoy hemos tenido mayoritariamente entre malos y pésimos líderes que han llevado al país a estadios económicos muy por debajo de los niveles que hubiéramos podido alcanzar? Y no es porque no haya buenos líderes, los hay, es porque nosotros, los votantes no sabemos meditar nuestro voto.

El votante mexicano desgraciadamente es egoísta, no altruista, por lo que existe la posibilidad de que vayamos a votar mayoritariamente en las próximas elecciones, no por el menos malo, sino por el más malo, el que más promesas haga, el que más despensas reparta.

Candidato a dictador

Pablo Hiriart

Para quienes le han dado el beneficio de la duda a López Obrador, ahí está su discurso en el IFE del pasado jueves para sacarlos del error. Es el mismo de siempre.
 
 
A los consejeros del instituto que se encontraban presentes les dijo: “Espero que no se repita lo que sucedió en 2006, que no se vuelvan a pisotear los derechos de los ciudadanos, que se respete la voluntad del pueblo”.
 
 
No ha cambiado un ápice. Es el mismo de hace uno, tres, seis, nueve, quince y 21 años.
 
 
Si alguien no respetó la voluntad popular en las elecciones de 2006 fue él.
 
 
Nunca pudo probar uno solo de sus dichos, que fue cambiando y acomodando hasta armar una falacia: el fraude de 2006.
 
 
Esa noche del dos de julio dijo que tenía una encuesta que le daba el triunfo por 10 por ciento de los votos.
 
 
Tal encuesta nunca existió.
 
 
Cristina Covarrubias, su encuestadora, ha aclarado que ella no le dio tal resultado. Que le informó que de acuerdo al PREP “vamos perdiendo”. Esa noche del dos de julio de 2006 se proclamó triunfador “por una diferencia de 500 mil votos”.
 
 
¿De dónde sacó esa cifra de medio millón de votos? La inventó. Todo fue una mentira.
 
 
Culpó a los representantes de su coalición en las casillas de haberse vendido para permitir un fraude.
 
 
Luego arremetió contra el IFE sin datos ni pruebas. Pura falsedad. Y ahora se presenta en el instituto, cual patrón perdonavidas, con el discurso de que “no se vuelva a repetir lo que sucedió en 2006”. Ahí está el que dice que ha cambiado. En los spots de televisión que comienzan a fin de mes ofrecerá disculpas a los que agravió con sus protestas post-electorales en 2006.
 
 
Se disculpa porque así se lo recomiendan sus publicistas. Es un ardid de campaña.
 
 
Su verdad ya la ha repetido hasta el cansancio, aderezada de ofensas y acusaciones. La refrendó al momento de inscribirse, el jueves, como candidato presidencial.
 
 
En efecto, que no se repita la historia del 2006. Que reconozca a quien gane. Que respete las reglas del juego. Que, si pierde, no boicotee la voluntad mayoritaria de la población.
 
 
Pero lo anterior no va a ocurrir, porque nunca ha reconocido el triunfo de un adversario. Jamás.
 
 
Ahí mismo, en el patio del IFE, el jueves, violó la ley electoral con un discurso en el que hizo promesas de campaña y la exposición de su programa de gobierno resumido en diez puntos.
 
 
Que se entienda de una vez: López Obrador no respeta las leyes. No las respeta como candidato ni las respetará como gobernante si es que gana.
 
 
Para él no hay más ley que su palabra. Así son los dictadores. Y aquí tenemos un aspirante a serlo.

¿Prohibirán que AMLO compita en la elección?

Leo Zuckermann

   
   

El jueves pasado, López Obrador acudió al IFE para registrarse como candidato presidencial. Acto seguido, en la plaza de esa institución, realizó un mitin con supuestos militantes de los tres partidos que lo postularon. Anunció varias de sus propuestas en caso de ganar la Presidencia. A la misma hora se trasmitían diversos noticiarios en la radio. Varios trasmitieron, en directo, el discurso de AMLO. Se trataba, sin duda, de un acto de campaña. Pero hay que recordar que la ley prohíbe este tipo de eventos durante este periodo conocido como de “intercampañas”. Al aire, José Cárdenas me preguntó si las autoridades podían castigar a López Obrador por un “acto anticipado de campaña” en las mismísimas entrañas del IFE. Le respondí que dependía de si algún partido se quejaba. Pues bien, ya ocurrió: el PAN presentó una denuncia por “actos anticipados de campaña” de López Obrador. Dice la queja que el tabasqueño “está violentando el principio de equidad en la contienda, al exponer públicamente la plataforma electoral de la coalición que lo postula. No está haciendo uso de su libertad de expresión; por el contrario, está excediendo los límites legales de dicha libertad”.

En lo personal, todas estas restricciones, como la veda electoral durante los 45 días del “periodo de intercampañas”, me parecen absurdas. No sólo limitan la libertad de expresión sino que, en la práctica, han favorecido al candidato puntero en las encuestas, es decir, a Peña Nieto. Si por mí fuera, yo eliminaría la gran mayoría de las prohibiciones de la reforma electoral de 2007. Pero eso es lo que yo pienso. Otra cosa es como puedan interpretar la ley tanto los consejeros del IFE como los magistrados del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF). A final de cuentas ellos decidirán si AMLO efectivamente realizó un acto anticipado de campaña que podría ser castigado hasta con la suspensión de su registro como candidato.

El asunto no es hipotético. Ya ha sucedido que el TEPJF le ordena al IFE retirarle el registro a un candidato por haber incurrido en actos anticipados de campaña. Me refiero al caso de Marybel Villegas Canché en 2009. Quería ser candidata a diputada federal por representación proporcional en la circunscripción correspondiente a Cancún. Para tal efecto, en diciembre de 2008, emitió un mensaje por televisión deseando felices navidades. Lo acompañó con anuncios espectaculares. También pintó bardas y contrató mamparas en camiones. Ya en 2009, el PAN efectivamente la lanzó como candidata a diputada federal. El 2 de mayo la registraron. Pero el PRD presentó una queja por “actos anticipados de campaña”.

El IFE, en principio, la amonestó, pero no le retiró el registro. El PRD entonces presentó un recurso de apelación ante el TEPJF. El Tribunal revisó las pruebas y canceló el registro de la candidata “ya que el IFE no valoró debidamente el impacto de las conductas acreditadas en relación, no sólo a la precampaña, sino a la campaña electoral en el 03 Distrito Electoral en Quintana Roo y, por ende, erró al considerar tales conductas como simples actos de gravedad ordinaria, cuando debió haberlos calificado como actos anticipados de campaña de gravedad especial”. El IFE le retiró el registro a Villegas y le impuso una multa de 36 mil pesos a la asociación civil que utilizó la susodicha para anunciarse.

En el caso de AMLO, no creo que ni el IFE ni el TEPJF vayan a negarle o retirarle el registro por haber incurrido en actos anticipados en campaña. Una cosa es ser la señora Villegas Canché, candidata a diputada federal en Quintana Roo, y otra muy diferente el señor López Obrador, candidato presidencial de tres partidos nacionales. En esto de la aplicación de la ley, el nombre pesa. Creo que AMLO, a pesar de la demanda del PAN, sí podrá competir, pero en el camino observaremos otra prueba más (como si la necesitáramos) de la absurda Ley Electoral que pretende ponerles un bozal a los candidatos.

AMLO tramposo y árbitro vendido

Si algún ciudadano, y potencial elector, tenía dudas sobre la cultura tramposa del candidato presidencial de las izquierdas, seguramente las disipó el pasado jueves. ¿Por qué?

Ricardo Alemán

   
   

Si algún ciudadano, y potencial elector, tenía dudas sobre la cultura tramposa del candidato presidencial de las izquierdas, seguramente las disipó el pasado jueves. ¿Por qué?

Porque en la propia casa del árbitro electoral —en las instalaciones del IFE— Andrés Manuel López Obrador no sólo ridiculizó a los consejeros y a su presidente, sino que, de manera ilegal —y en sus barbas—, presidió el más grosero acto adelantado de campaña.

¿Y qué dijeron los sumisos consejeros del IFE ante esa flagrante ilegalidad?

Nada, prefirieron quedarse calladitos —como si se vieran más bonitos— y sólo bajaron la cabeza, mientras el candidato de las izquierdas despidió a “Leo Valdés”, jefe del IFE, con una simbólica palmadita en la espalda: Y, claro, con eso se dio por satisfecho quien preside un colegiado nada ciudadano y vergonzosamente interesado y parcial. Pero vamos por partes.

En realidad, el acto adelantado de campaña que protagonizó AMLO en el mismísimo IFE, no es más que la muestra semanal de su cultura tramposa. Y si quieren ejemplos de patológica cultura de la trampa, van algunas perlas. Para empezar, basta recordar que AMLO negó los vínculos mafiosos con el rey de la transa, el señor René Bejarano.

Pero, además, y a los ojos de todos, AMLO fue cómplice de la fuga de Gustavo Ponce, el secretario de Finanzas del gobierno de López Obrador, que se daba vida de magnate en Las Vegas. Otra. Todos vieron el insultante despilfarro en pagos de privilegio, como el del chofer de AMLO, Nico, que ganaba carretadas, por ser “amigo del jefe”.

Está en la memoria de los que quieran verlo, que AMLO ordenó a la Asamblea Legislativa del DF que escondiera diez años los gastos de los segundos pisos, porque son un cochinero que en unos cuantos años saldrá a la luz. Todos saben —y pocos lo quieren reconocer— que AMLO vive muy bien, con lujos clasemedieros, cuando en los últimos seis años no ha tenido un trabajo formal. Y, claro, todos saben que no vive de la caridad pública, como suele engañar.

Todos saben que AMLO hizo trampa en Iztapalapa al imponer a Juanito, para luego quitarlo del cargo de jefe delegacional e imponer a su preferida, la fiel Clara Brugada, de cuyo gobierno —según no pocas voces de la propia izquierda— salen carretadas de dinero para alimentar a la claque política de AMLO. Todos saben que —ante el riesgo de la veda— Andrés López le dijo públicamente a su vocera que, para trampear la veda electoral, pediría a los jefes nacionales del PRD, el PT y Convergencia que se registraran como candidatos presidenciales. Y, claro, la trampa quedó exhibida, cuando las redes sociales tundieron a AMLO por tramposo.

Y si aún existen dudas, ayer lunes AMLO mandó a “miembros de su gabinete” a que den a conocer su programa de gobierno. Y el primero en hacer la trampa fue nada menos que Adolfo Hellmund, el dizque secretario de Energía. La trampa en pleno, pues.

Pero acaso lo más ridículo no sea que AMLO es un político tramposo.

No, lo verdaderamente reprobable para el proceso electoral mexicano es que AMLO también es impune ante los árbitros electorales. Por eso la gran pregunta: ¿Por qué AMLO goza de total impunidad, ante árbitros electorales como el IFE? La respuesta es elemental y está a la vista de todos.

Primero, porque AMLO impuso, a través de Arturo Núñez, al presidente del IFE, Leonardo Valdés. En otras palabras, que luego de provocar la destrucción del IFE, Andrés López se quedó con la presidencia del IFE.

Segundo, porque consejeros como Alfredo Figueroa, Lorenzo Córdova y María Marbán —además del multicitado Valdés, claro— son cuotas de las llamadas izquierdas y su llegada al IFE fue palomeada por AMLO.

Y, tercero, porque el IFE estuvo en falta constitucional, por más de un año, justamente porque los dueños del PAN, el PRD y el PRI se apropiaron del árbitro electoral y pretendieron quedarse con la tajada mayor. Y, en efecto, al final resulta que AMLO se quedó con la mayor tajada. Consiguió un IFE a modo. Y lo tiene.

Y la mejor evidencia de que el IFE es un árbitro a modo la vimos el pasado jueves, cuando AMLO regañó a consejeros y presidente del IFE, a sus piezas en el Consejo General y, en sus barbas, les recetó un grosero acto anticipado de campaña. ¿Y qué creen? ¡Sorpresa!, que nadie en el IFE fue capaz de la menor crítica. Igual que ninguno de los árbitros ha dicho nada de la campaña adelantada que AMLO realiza por todo el país. ¿Alguien puede creer en la certeza, legalidad, imparcialidad y transparencia de una elección, con un árbitro como ése? Al tiempo.

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