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Trayendo el capitalismo a las masas

Por Hernando de Soto

Hernando de Soto es el ganador del Premio Milton Friedman para el Avance de la Libertad 2004. Este ensayo es un extracto de su discurso de aceptación en San Francisco el 6 de mayo. De Soto es el fundador del Instituto Libertad y Democracia en Perú y autor de dos libros: El Otro Sendero y El Misterio del Capital. Publicado por cortesía de Cato Institute.
Las personas que despertaron nuestro interés intelectual en el Perú, en el cual las cosas no habían estado funcionando después de 12 años de régimen militar izquierdista, fueron Rose y Milton Friedman, quienes fueron mis primeros invitados en 1979.
Una de las cosas que Milton nos enseñó cuando estuvo en Lima fue que no había “almuerzo gratis”. Lo que no mencionó fue que había libros gratis. Luego de cinco años de aquella visita, Milton y Rose me mandaron un libro llamado La Tiranía del Status Quo. Ese libro me impresionó sobremanera, porque para ese entonces nuestro instituto ya había organizado a cientos de vendedores ambulantes y buscaba maneras de conseguir ratificar políticas que les facilitara ganarse la vida.
La Tiranía del Status Quo advertía “luego de unos cuantos años del gobierno de Reagan” sobre cuan difícil resultaba romper el Triangulo de Hierro de los beneficiarios, políticos y burócratas, el cual protegía el status quo y postergaba cambios de urgente realización.
Nosotros, en el Instituto Libertad y Democracia (ILD), descubrimos que había un gran respaldo popular para un cambio en los países en vías de desarrollo. A pesar de ser catalogados como “los pobres”, nosotros entendimos que esos mismos pobres no podrían estar sobreviviendo sino fuese por su espíritu empresarial. Y mientras que otros, como Fareed Zakaria señalaba, decían que mil millones de personas subsistían con un dólar diario y quizá dos o tres mil millones vivían con no más de $2 o $3 al día, nadie mencionó que había cuatro mil millones de individuos que eran pobres, empresarios y que eran excluidos completamente de la economía global e incluso de la nacional, debido a una carencia total de derecho.
Ya no estamos en el Tercer Mundo rural de los años sesenta. La población de Puerto Príncipe es 17 veces mayor de lo que era 35 años atrás. La población de ciudades en Algeria es 15 veces lo que solía ser. En ciudades ecuatorianas, 11 veces. Y países que eran mayoritariamente rurales cuando comenzamos nuestra labor, son urbanos hoy en día. Esos ciudadanos pasaron a convertirse en hombres de negocios y a aprovechar la división de trabajo que las ciudades ofrecen.
El Surgimiento de las Ciudades
Los países pobres necesitan la clase de soluciones que los países desarrollados adoptaron en el siglo XIX, no aquéllas del siglo XXI. Lo que ocurrió en Occidente en el siglo XIX está ocurriendo actualmente en países en desarrollo. “Oliver Twist” ha llegado a la ciudad, pero él y sus amigos aún no han sido reconocidos por las instituciones financieras internacionales o por la mayoría de los programas bilaterales de algunos países desarrollados. Peor aun, él ni siquiera ha sido reconocido por la mayoría de personas en los países en desarrollo quienes creen que los vendedores ambulantes son un problema o que la manufactura informal fabrica productos de mala calidad.
Mientras más consciente sea la gente de las condiciones reales en los países en desarrollo, donde viven cinco mil millones de la población total mundial de seis mil millones de personas, mejor podrán los políticos darse cuenta que el mayor respaldo para un cambio reside en los empresarios pobres.
La Riqueza de las Naciones
Mi país, Perú, tuvo un presidente de origen japonés por 10 años. Su nombre era Alberto Fujimori. Los Fujimori era una de más de un millón de familias que vinieron del Japón a Perú y Brasil en los años 30 y 40.
Ahora, el hecho que los Fujimori vinieran al Perú y los Yoshiyama se fueran a Brasil no es de relevancia. La pregunta más importante es: ¿Porqué los Toledo y los Lula no fueron a Japón? Ellos no se fueron a Japón porque Perú tenía un ingreso per cápita de 25 por ciento más que Japón en 1940 y Brasil tenía un ingreso per cápita 50 por ciento más grande que este último. Obviamente, Japón hizo algo en los últimos 50 años que lo hizo 10 veces más rico que el Perú. ¿Qué pasó?
Después de la Segunda Guerra Mundial, fue implementado un plan que se inició en Honolulú en 1942 bajo la supervisión de MacArthur. Como Mao Zedong en China, los norteamericanos básicamente destruyeron el sistema feudal en Japón que ellos pensaron era el problema central del expansionismo japonés en Asia. Sin embargo, en contraste con la China de post-guerra, se pusieron los cimientos para la creación de un amplio sistema de propiedad privada.
Al desintegrar el sistema feudal y crear un frente más amplio de apoyo ciudadano a favor de una economía de mercado, se transformó Japón y sus dos colonias: Taiwán y Corea del Sur. En 1978, Deng Xiaoping reflexionó y dijo, “Saben, no me interesa de qué color sea el gato siempre y cuando atrape ratones”. Y ahora el gigante de Asia continúa fortaleciéndose en base a un amplio sistema de propiedad.
El “Fenómeno Adolf Busch”
En el pasado, Estados Unidos como parte de su política exterior, ha transformado países y los ha convertido de economías feudales y patrimoniales a economías modernas. Pero, al parecer, hay una tendencia a olvidarse de aquellos hechos. Es mucho más sencillo para un ciudadano del tercer mundo entender lo que digo que para alguien del primer mundo porque estos últimos toman muchas cosas por hechas.
Karl Popper solía llamar a este fenómeno el fenómeno Adolf Busch. Popper y un amigo fueron alguna vez a Zurich a escuchar a Busch interpretar a Vivaldi. Al pasar del tercer al cuarto movimiento, lo hizo maravillosamente, de una manera tal que nadie jamás había oído. Lo visitaron después del concierto en su recámara y le preguntaron, “Maestro, ¿cómo hizo para ir del tercer al cuarto movimiento?” Y Adolf Busch respondió, “Bueno, es relativamente simple”. Se puso el violín al cuello y empezó a tocar.
Hablando con la Gente Incorrecta
Recuerdo que en 1988 me pidieron dar un discurso en el Foro Abierto del Secretario de Estado de los Estados Unidos. El título de mi presentación era “Los Estados Unidos: Por qué Creo Que Están Hablando con la Gente Incorrecta”. En otras palabras, la mayoría de estadounidenses hablan con ciudadanos tercermundistas que se han occidentalizado, como yo. Pero la mayoría de nosotros tenemos intereses creados. No somos en realidad capitalistas dispuestos a exponernos a la competencia, somos mas bien mercantilistas en busca de privilegios. Aquellos verdaderamente interesantes son los empresarios. Pero son pobres y pequeños, y ustedes aún no han tenido contacto con ellos.
En México, por ejemplo, cuando estábamos trabajando con el presidente Fox, descubrimos que alrededor del 80 por ciento de la población mexicana opera en la economía informal. Ellos son dueños de aproximadamente 6 millones de negocios, 137 hectáreas de tierra y 11 millones de activos inmobiliarios. Y todo eso asciende a un valor acumulado de $315 mil millones, lo cual es 7 veces el valor de las reservas petrolíferas mexicanas y 29 veces el valor de toda la inversión extranjera directa desde la independencia de la corona española.
En otras palabras, economías precapitalistas, con orientaciones capitalistas, están emergiendo alrededor de todo el mundo. En Egipto, el 92% de la población entre los que se encuentran los más pobres, tiene sus activos prediales fuera de la ley, y el 88% de los empresarios operan extralegalmente. Se estima que el valor de tales activos asciende a $248 mil millones, lo cual es equivalente a 55 veces el valor de toda la inversión extranjera directa en Egipto desde que Napoleón se retiró, incluyendo el Canal de Suez y la Represa de Aswan y 70 veces toda la ayuda bilateral que ha recibido.
En otras palabras, la mayoría de nuestros recursos no provienen de ustedes en Occidente. Sin embargo, son muy amables y aceptamos lo que ustedes nos proporcionan, pero en realidad es una gota en un balde de agua en comparación a lo que ya tenemos. La verdadera riqueza crece a través de los esfuerzos de los empresarios quienes combinan recursos y dividen eficientemente el trabajo para incrementar la productividad.
La Importancia de los Derechos de Propiedad
También hemos sido llamados a países como Ghana. Y lo que es interesante, no sólo por el Presidente Kufuor, sino también por los jefes de las tribus. Ellos leyeron nuestras propuestas y dijeron: “ya no queremos soberanía; queremos derechos de propiedad”. La soberanía es algo que la gente transgrede. Los derechos de propiedad son mucho más concretos, porque se basan en un contrato social arraigado en la reciprocidad del interés de un individuo para con otro, y no en el de una nación para con otra.
Si observamos mapas de Europa durante un determinado lapso de tiempo, podemos apreciar que la soberanía es extremadamente inestable. Sin embargo, si vemos a Alsacia-Lorraine, un territorio que ha sido una y otra vez dividido entre Franceses y Alemanes, encontraremos que, no importa a quien le pertenezca, Monsieur du Pont aún vive donde siempre vivió y Herr Schmidt aún permanece viviendo donde siempre lo hizo. Los derechos de propiedad son el resultado de contratos sociales, y se mantienen aun cuando la soberanía se fragmenta.
Propiedad y el Estado de Derecho
Estamos tratando de probar que se puede romper el triángulo de hierro demostrándoles a los líderes políticos que existe un enorme respaldo ciudadano a favor de transitar hacia una economía de mercado. La economía de mercado es esencialmente una construcción legal y no todas aquellas cosas físicas ¾ autopistas, puentes, aeropuertos, y puertos ¾ que el Occidente parece querer darles.
Si eres pobre, y todo lo que en realidad posees es un pedazo de tierra y un lugar donde trabajar, así seas un vendedor ambulante u ordeñes vacas, no existe nada más preciado para tí que aquello que te pertenece. Pero para preservarlo sin leyes tienes que satisfacer a jefes tribales, policías deshonestos, políticos corruptos, jueces malos, vecinos problemáticos, e incluso terroristas.
Pero si la ley llega y señala que esos derechos son ahora reconocidos, no sólo por los vecinos sino también por la policía y la nación entera (ahora los podrán comercializar nacional e incluso internacionalmente y la ley los protegerá), entonces la gente se interesará por el estado de derecho.
Pronto preguntarán, ¿qué pasa si tienen una disputa y se van a corte? Entonces querrán un buen sistema judicial. Y eventualmente se darán cuenta de que las leyes pueden ser cambiadas y preguntarán otra vez, ¿quién las hace? Y así, les empezará a interesar el proceso político.
El origen del estado de derecho “que permitirá el crecimiento de una nación moderna y así traerá paz, estabilidad y prosperidad al mundo” son los derechos de propiedad. Y el estado de derecho generará prosperidad.
La División del Trabajo
Adam Smith y más tarde Marx vendrían a decir que la creciente productividad en Europa se debió a la división del trabajo. El ejemplo de Smith era bien simple. Él dijo que vio trabajar a un par de personas fabricando alfileres en las afueras de Glasgow. Siguiendo 18 pasos, eran capaces de producir no más de 20 alfileres por día. Pero en otro lugar, vio a 10 personas dividirse aquellas 18 funciones entre sí. Una persona compró el alambre, otra lo cubrió con estaño y luego una tercera desenrolló el cable, otras dos lo cortaron, otra persona le sacó punta al alambre, alguien más le puso la cabeza al alfiler y así hicieron 48,000 alfileres por día.
Pero si van a los países en desarrollo, verán que no necesariamente hay compañías, porque la ley aún no les ha llegado. Todo lo que hay son familias. Y las familias tienen dificultades poniendo incluso a 10 personas a trabajar. Sólo pueden con 4. Y entre esos 4 se encuentra el hermano ocioso y el cuñado alcohólico: personas que no son buenas fabricando alfileres. Cualquier gerente sabe que es importante cómo se combinan los recursos y a quién se contrata.
Más de 4 mil millones de personas carecen de derechos de propiedad sobre sus bienes y no pueden acceder a crédito y usarlo como garantía y tampoco pueden crear una empresa a través de la cual dividir el trabajo. Esto significa que no pueden organizar los insumos ni manejar la creación del producto de manera eficiente. No pueden separar los activos que pertenecen a los accionistas de aquellos bienes que pertenecen a los prestamistas y trabajadores.
Con sólo unos pocos trabajadores pobremente organizados por cada empresa, no importa cuántos microcréditos se les otorgue, jamás serán eficientes ni podrán competir en el mercado global. El valor no es sólo pura fuerza laboral sino también el poder del hombre para dividir el trabajo. A pesar que Adam Smith fue un gran hombre, muchos de los primeros liberales nos dejaron una herencia de la cual necesitamos deshacernos: la teoría del valor-trabajo. El valor no proviene simplemente del trabajo. Proviene de soluciones políticas y económicas inteligentes que puedan ayudar a incrementar significativamente la productividad.
El Potencial de la Libertad
Para construir naciones modernas, primero tenemos que aprender cómo los pobres trabajan y luego debemos estructurar las leyes para que atiendan sus necesidades. Al final, peruanos, chinos y norteamericanos queremos básicamente las mismas cosas: vida, libertad y propiedad. Y para obtenerlas, hay que construir una economía de mercado basada en el estado de derecho. Nuestros verdaderos enemigos no son Marx u otros, sino aquellas personas que no creen en el potencial de una humanidad liberados por el estado de derecho.
Los enemigos de la ilustración son románticos, que se convierten en la clase de nacionalistas que no saben cómo hablar de la civilización en el singular, aquéllos que creen en múltiples civilizaciones a la misma vez. Porque son nacionalistas románticos, marginan a las personas de las leyes universales del progreso. Es gente como Samuel Huntington, quien en realidad es moderado a comparación de nuestros románticos, quienes creen que no deberíamos seguir el modelo de ustedes porque Max Weber los convenció que era un modelo anglo-sajón.
Así pues, estoy aquí en Cato, orgulloso de ser el segundo extranjero en recibir su premio, rodeado de compañeros latinos y presentado por un ex-ciudadano de la India. Ustedes están claramente en el sendero de la ilustración porque creen en el potencial de la gente alrededor del mundo. Estoy orgulloso de recibir este premio del Cato, que lleva el nombre del gran Milton Friedman. Y me siento honrado por la distinción a mí conferida, la cual refleja la labor de mis colegas.

Hong Kong

Por Peter T. Bauer

Este documento apareció en el libro From Subsistence to Exchange and Other Essays (Princeton, 2000) y se publica por cortesía de Cato Institute.

¿Cómo evaluaría usted las perspectivas económicas de un país asiático que tiene muy poca tierra (y encima aquella consiste solamente de puros montes erosionados) y que es realmente el país más densamente poblado del mundo; que tiene una población que ha crecido rápido, tanto por medio del aumento natural como por la inmigración a gran escala; que importa todo su petróleo y todos sus materiales crudos y aún mucha de su agua; que tiene un gobierno que no está involucrado en la planificación del desarrollo y que no ejerce control alguno por sobre los tipos de cambio ni restringe las exportaciones e importaciones de capitales; y que es la única colonia occidental de importancia alguna?[1] Usted pensaría que este país debe estar condenado, a menos que éste reciba grandes donaciones externas. O dicho de otra forma usted tendría que creer esto, si usted creyese lo que los políticos de todos los partidos, la ONU y sus organizaciones afiliadas, los economistas prominentes, y lo que la prensa de calidad dicen acerca de los países menos desarrollados. ¿Acaso no ha sido el círculo vicioso de la pobreza, la idea de que la pobreza se auto-perpetua, un principio fundamental de la economía de desarrollo desde la Segunda Guerra Mundial, y acaso no ha sido respaldada explícitamente por los Premios Nobel Gunnar Myrdal y Paul Samuelson? ¿Acaso los economistas de desarrollo del Instituto Tecnológico de Massachussets no han dicho categóricamente sobre los países menos desarrollados que

La escasez general relativa a la población de casi todos los recursos crea un círculo vicioso de pobreza que se auto-perpetúa. El capital adicional es necesario para aumentar la producción, pero la pobreza en sí hace que sea imposible poder llevar a cabo el ahorro y la inversión requeridos para una reducción voluntaria en el consumo.[2]

¿Acaso no ha insistido Gunnar Myrdal que “debe haber algo malo con un país subdesarrollado que no tiene dificultades de tipo de cambio extranjero”? ¿Acaso no dijo también que todos los expertos en desarrollo estaban de acuerdo con que la planificación comprensiva era la primera condición para el progreso económico y, de hecho, no ha sido esta la opinión de muchos economistas de desarrollo prominentes en las décadas más recientes? De nuevo, ¿acaso no dijo el celebrado Informe Pearson, encargado por el Banco Mundial, que “ningún otro fenómeno presenta perspectivas más oscuras para el desarrollo internacional que el asombroso crecimiento de la población”? Y, finalmente, ¿Acaso no incluyó la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo en su Principio General Catorce que “la liquidación de los restos del colonialismo en todas sus formas es una condición necesaria para el desarrollo”?

Por lo tanto, de acuerdo a la visión enfática de muchas de las figuras respetadas en este campo, y de los representantes de la llamada opinión mundial, hasta una media docena de características con las cuales yo comencé deberían asegurar una pobreza persistente.

Pero si en vez de seguir la moda, usted piensa por sí mismo y forma su opinión en base a la evidencia, entonces usted sabrá que Hong Kong, el país en cuestión, ha progresado fenomenalmente desde los años 40, cuando era todavía muy pobre, y que se ha convertido en un competidor tan formidable que los países occidentales erigen barreras comerciales en contra de aquel país distante. Si analizara más a fondo, sabría que los ingresos y los salarios reales han subido rápidamente en Hong Kong en las recientes décadas. E incidentalmente Hong Kong es sólo un caso extremo de un fenómeno más general porque algo similar aunque con un progreso material menos pronunciado ha ocurrido en algunos países o regiones—Corea del Sur, Taiwán y Singapur entre ellos—cuando de acuerdo a los expertos esto debería haber sido imposible.

Si hubiese sospechado todo este tiempo que la opinión establecida sobre estas cuestiones era perceptiblemente infundada, usted disfrutaría de una corta pero instructiva monografía, Hong Kong: Un estudio en la libertad económica (University of Chicago Press) escrito por el Dr. Alvin Rabushka. Rabushka, un politólogo convertido en economista, conoce a Hong Kong bien, y su esposa es china. Tiene una mente incisiva. Escribe de forma clara, con confianza y, de hecho, con entusiasmo. Sus puntos principales no son difíciles, aunque se necesita de una mente firme y de un poco de coraje para presentarlos de manera tan concisa y vigorosa.

Rabushka analiza los procesos y métodos por los cuales en menos de 140 años, unas cuantas rocas vacías y estériles se convirtieron en un gran centro industrial de comercio y finanzas con cerca de cinco millones de habitantes. Él le atribuye esta historia de éxito económico a las aptitudes de las personas y a la adherencia a las políticas públicas adecuadas. La empresa, el trabajo duro, la habilidad de detectar y utilizar las oportunidades económicas, están extendidas en una población que es china en un 98 por ciento, que está concentrada determinadamente en ganar dinero día y noche. Muchos son inmigrantes que trajeron habilidades y empresa más que nada de China, especialmente de Shanghai, el olvidado lugar de habilidad y empresa ubicado en el centro de China. Las políticas enfatizadas por Rabushka son el conservadurismo fiscal; los impuestos bajos; el cobro de precios de mercado por ciertos servicios gubernamentales; la política liberal de inmigración, al menos hasta hace poco; el libre comercio en ambas direcciones; el movimiento sin restricciones del capital entrando y saliendo del país; la participación mínima del gobierno en la vida comercial, incluyendo la resistencia a conceder privilegios a los intereses seccionales. No hay incentivos especiales o barreras a la inversión extranjera, no hay insistencia en la participación local de las empresas extranjeras. Tampoco hay exenciones de impuestos o cualquier otra concesión especial para la inversión extranjera, pero de igual manera no hay restricciones sobre el retiro de capital o sobre la remisión de ganancias. Estas políticas liberales, notablemente la libertad para retirar el capital, fueron diseñadas para fomentar el flujo entrante del capital y la empresa productiva, algo que de hecho lograron.

La falta de recursos naturales junto con el dominio colonial promovieron tanto la no intervención económica oficial como el conservadurismo fiscal. La ausencia de los recursos naturales ha promovido una economía abierta con un gran volumen de exportaciones para pagar las importaciones necesarias. Tal economía requiere de un amplio rango de exportaciones competitivas y también de mercados domésticos competitivos. La asistencia gubernamental a particulares actividades económicas desvía los recursos hacia usos menos productivos y socava la posición competitiva internacional de la economía. Además, en una economía tan abierta como Hong Kong, los resultados despilfarradores de tales subsidios se vuelven evidentes más pronto que en otros lugares. Por lo tanto la misma ausencia de los recursos naturales ha asistido al progreso material al desalentar políticas públicas despilfarradoras. Es mucho más probable que las políticas públicas inapropiadas inhiban el avance económico a que lo haga una falta de recursos físicos. Los déficit presupuestarios sostenidos, financiados por creación de crédito, también tienden a resultar en gastos malversados, por lo que la pobreza de recursos desalienta la financiación de déficit. En el sistema de contabilidad tradicional inglés, las colonias no podían operar con déficit presupuestarios por mucho tiempo, y esta tradición fue continuada luego de que se obtuvo la autonomía fiscal en 1958, en parte por las razones que acabo de señalar. La ausencia de las promesas electorales, junto con una economía abierta y un gobierno limitado, han reducido los premios de la actividad política y por ende el interés en organizar grupos de presión. Todo esto promovió el conservadurismo fiscal, es decir, los impuestos bajos, los presupuestos equilibrados, y el cobro de precios de mercados por servicios públicos específicos. El deseo de atraer el capital extranjero, la visión empresarial de una comunidad tradicional de comercio, y la preocupación general de ganar dinero también contribuyeron a este fin.

Las políticas oficiales y las aptitudes y los hábitos de la población han resultado en una economía capaz de ajustes rápidos. Esta adaptabilidad le ha permitido a Hong Kong sobrevivir y aún prosperar a pesar de numerosas restricciones en contra de sus exportaciones, muchas veces impuestas o aumentadas con poco tiempo de aviso.

Por razones sociales, el principio de cobrar precios de mercado por servicios gubernamentales específicos ha estado sujeto a excepciones mayores por algún tiempo. La provisión a gran escala de viviendas subsidiadas para los pobres y la racionalización del agua al cortar la oferta de ella durante algunos periodos, en vez de cobrar precios más altos a cambio de una oferta continua, son las dos excepciones más importantes. Fueron introducidas luego de mucho debate emocional y con las condiciones sociales locales en la mira. Los subsidios están además en gran parte circunscritos a los verdaderamente pobres. Aparte de estos subsidios directos, hay subsidios en efectivo sustanciales para asegurarles a los pobres un ingreso mínimo, y también hay varias subvenciones para los deshabilitados y los enfermos. La educación primaria comprensiva y obligatoria, de hecho es como en su nombre dice, y los extensos servicios de salud pública, han operado por muchos años.

En los últimos años Hong Kong ha llegado a ser presionada tanto por el gobierno inglés como por varias organizaciones internacionales para que se dirija hacia un tal llamado completo estado de bienestar, junto con privilegios para los sindicatos, servicios sociales comprensivos, legislación laboral de gran envergadura e impuestos redistributivos. Rabushka correctamente indica que estas presiones extranjeras reflejan simplemente un deseo de servir varios intereses occidentales, como por ejemplo el de reducir la competitividad de Hong Kong al inflar los costos allá. Rabushka también se refiere al disgusto o hasta al resentimiento engendrado por los defensores de las economías controladas por el estado hacia la mejora rápida de los criterios generales en Hong Kong como también en otras economías con orientación de mercado. Estas presiones externas puede que todavía apoyen de nuevo dentro de Hong Kong a ambiciosos administradores, intelectuales descontentos, y políticos ambiciosos, todos esperando tener un mayor espacio en una sociedad más politizada. El gobernador sir Murria McLehose también está más preocupado con la opinión externa que con la de sus predecesores. Rabushka cree, yo pienso que correctamente, que la expiración en 1997 de la concesión de gran parte del terreno de Hong Kong, o la posible acción hostil por parte de la República Popular China, son una amenaza menos grave para el futuro de Hong Kong que las barreras comerciales en el occidente y las presiones occidentales para la introducción de más legislación laboral, un estado de bienestar comprehensivo, y otras políticas públicas que inflan los costos y reducen la adaptabilidad.

La admiración sinvergüenza de Rabushka por Hong Kong y por su economía de mercado permea todo el libro.

¿Acaso me atrevo a revelar mi mal gusto al decir que el ruido y el ritmo apresurado económico de Hong Kong me parecen más interesantes, divertidos, y liberadores que su falta de ópera, música y teatro refinados? El oriente en verdad se ha topado con el occidente en la economía de mercado. Los chinos y los europeos en Hong Kong no tienen tiempo para los altercados raciales, los cuales solo interferirían con la posibilidad de ganar dinero. Este prospecto de ganancia individual en el mercado hacen de la actividad colectiva para la ganancia política algo innecesario; la economía de mercado es realmente daltoniana.

Hay algo de excesiva simplificación en esto. Por ejemplo, la búsqueda de ganancias puede muy fácilmente ir de la mano con los conflictos raciales en las economías controladas por el estado. El factor crucial no es el hecho de que se pueda ganar dinero como tal sino el gobierno limitado. Es, sin embargo, claro que una sociedad como Hong Kong ofrece poco espacio para los literatos ambiciosos, que muchas veces se vuelven amargados o, peor aún, hostiles. Hasta hace poco y en cualquier nivel, la filosofía económica del gobierno ofrecía pocas oportunidades de empleo para los sociólogos, especialmente para los economistas. Antes de 1973, las estimaciones del ingreso nacional no habían sido publicadas. Esto de ninguna manera inhibió el espectacular crecimiento de ingresos y de calidad de vida. Pero redujo las oportunidades de empleo para economistas, expertos en estadística y servidores civiles y, por ende, para los bachilleres de las universidades, lo cual de nuevo incitó hostilidad por parte de los literatos tanto en casa como en el extranjero.

Aparte de los principales puntos, hay mucho detalle más informativo e inesperado en este libro. Por ejemplo, quién hubiera pensado que en 1843 el secretario para asuntos exteriores de Gran Bretaña insistió que si, como resultado de la creación de un puerto de mercado libre, “muchas personas eran atraídas a Hong Kong, entonces el gobierno H.M. se sentiría justificado en asegurarle a la Reina los valores aumentados que la tierra entonces tendría”.

El rol decisivo en la vida económica de las aptitudes y motivaciones personales, las costumbres sociales, y los arreglos políticos apropiados es la lección sobresaliente de Hong Kong. El acceso a los mercados también es importante, pero menos fundamental. Otros países también han tenido acceso a los mercados y provisiones extranjeras, sin haber producido tal historia de éxito económico. Los recursos físicos o financieros son mucho menos importantes; o aún insignificantes, comparados con los factores personales y sociales y con los arreglos políticos apropiados, especialmente con el gobierno firme pero limitado.

La noción de que el ingreso bajo inicia un círculo vicioso de pobreza y estancamiento confunde la pobreza con sus causas. Tener dinero es el resultado de un logro económico, no su precondición. La utilización de los recursos naturales depende enteramente de otros factores que acaban de ser señalados. En ciertas condiciones de mercado o situaciones políticas, la posesión o adquisición de recursos naturales puede traer ganancias inesperadas; nótese el oro y la plata de los estadounidenses en el siglo XVI y las operaciones de OPEC en el siglo XX. Pero hasta ahora en cualquier circunstancia, aquellas ganancias inesperadas no se han transformado en progreso económico duradero, mucho menos en el avance sostenido y espectacular como el de Hong Kong. Tampoco es el éxito económico sin recursos naturales algo nuevo, es tan evidente como por ejemplo en Venecia, los Países Bajos, Suiza, y Japón. Recíprocamente, el retraso en medio de abundantes recursos naturales es evidente tanto en los indios americanos como en el actual Tercer Mundo, dónde muchos millones de personas extremadamente pobres viven en medio de tierra cultivable ilimitada. Hace más de 100 años atrás Tocqueville escribió,

Observando el vuelco dado al espíritu humano en Inglaterra por la vida política; viendo que el inglés, seguro del apoyo de sus propias leyes, confiando en si mismo e inconsciente de obstáculo alguno excepto el límite de sus propios poderes, actuando sin restricción. . . Yo no estoy en apuro alguno de averiguar si la naturaleza ha puesto un puerto para él, y le ha dado carbón y hierro. La razón para su prosperidad comercial no está ahí para nada: está en sí mismo.[3]

Hong Kong muestra que el aumento en la población no es un obstáculo para el crecimiento, que las personas motivadas de manera adecuada son bienes más no deudas, son agentes del progreso como también sus beneficiarios. Muestra también como el desempeño económico le debe poco a la educación formal. En Hong Kong como en otras partes del oriente lejano, el desempeño económico o el éxito de cientos de miles o hasta millones de personas ha resultado no de la educación formal sino de la industria, la empresa, la frugalidad y la habilidad de aprovechar las oportunidades económicas. Eso está incomodando a los educadores profesionales, a quienes las gusta mercadear sus mercancías como necesarias para el éxito económico.

Otras lecciones de Hong Kong son, nuevamente, discernibles en otras partes pero sobresalen de manera clara especialmente ahí. Hong Kong es aún otra refutación más evidente de los principios de la literatura de desarrollo dominante y popular, los cuales he mencionado antes, tales como la creencia de que la pobreza se auto-perpetúa; que las dificultades en la balanza de pagos son inevitables en el camino desde la pobreza hacia el avance económico; que la planificación comprensiva y la ayuda externa son indispensables o aún suficientes para el progreso económico. Aún así estas fábulas son propagadas por el resto del occidente por las organizaciones internacionales, por las agencias de ayuda externa, y por los académicos financiados por los contribuyentes y por las grandes fundaciones. De hecho, los propagadores de estos mitos están a cargo de recursos casi ilimitados lo que hace que sea más difícil poner en evidencia sus fábulas. La experiencia de Hong Kong ofende la opinión respetable de otras maneras también. Muestra que los equipos de planificación y los grupos para consejo son innecesarios para el desarrollo; y por contraste con la experiencia de otros países, gruñendo bajo las políticas respaldadas por las Naciones Unidas y por los consejeros académicos aceptados, muestra que sus actividades es probable que sean perjudiciales. Hong Kong ha triunfado de manera imperdonable desafiando la mejor opinión profesional.

Hong Kong no es popular ni entre los grupos estatales de ayuda externa ni entre las organizaciones caritativas politizadas. Estos grupos son hostiles a las personas que pueden dispensar de sus ministerios. De ahí la mala prensa que Hong Kong tiene en occidente y la hostilidad que recibe de los grandes y de los buenos. El logro es ignorado o aminorado, y las limitaciones, sean reales o ficticias, evitables o inevitables, son destacadas de manera prominente. La sobrepoblación y el trabajo infantil son ejemplos. En todas estas cuestiones, Hong Kong está mejor que el resto de Asia. Por ejemplo, los salarios reales son los más altos en Asia, después de Japón. Pero si un gobierno trata de conducir una economía socialista, o en cualquier grado a una que sea en gran parte controlada por el estado, los políticos occidentales, los escritores, los académicos, y los periodistas son aptos para presentar el infortunio y aún el sufrimiento de ahí como algo inevitable o hasta lo felicitan por sus loables esfuerzos por promover el progreso. Pero si el gobierno depende de una economía de mercado, entonces cualquier desviación de las normas arbitrarias e inspiradas en el occidente es vista como un defecto o hasta como un crimen. Y si además ese país es exitoso y también deja de usar la ayuda externa oficial y la caridad politizada, la conducta del gobierno o hasta de la población será vista como inaceptable.

De acuerdo al Principio General Catorce de UNCTAD, el status colonial es incompatible con el progreso material. Esto fue formalmente anunciado en 1964, cuando Hong Kong llevaba años progresando rápidamente y después de que las incursiones de sus productos en los mercados occidentales causaran tanta vergüenza. Sin importar lo que uno piense del colonialismo occidental, el Principio General Catorce de UNCTAD es una falsedad evidente. Esto es claro no solo en Hong Kong pero también debido al avance a gran escala de muchas colonias occidentales, incluyendo Malasia, Nigeria, Ghana, Costa de Marfil, y Singapur. Aún así esta patente falsedad fue anunciada solemnemente en una conferencia internacional muy importante que fue en gran parte financiada por occidente.

Otra implicación de la experiencia de Hong Kong también alborota el clima político e intelectual. Que un país sea una colonia o un estado soberano e independiente no tiene nada que ver con la libertad personal que ahí pueda haber. Los estados africanos recientemente independientes muchas veces son denominados libres, queriendo decir que sus gobiernos son soberanos. Pero las personas ahí no son nada libres, menos libres de lo que eran bajo el reinado colonial; son seguramente mucho menos libres que las personas en Hong Kong. Hong Kong es una dictadura, en la que las personas no tienen voto. Pero en sus vidas personales, especialmente en su vida económica, son más libres que la mayoría de las personas en occidente. Hong Kong debería recordarnos que en el mundo moderno un gobierno no elegido puede ser más limitado que uno elegido y que, para la mayoría de las personas ordinarias, es en cierta forma más importante si el gobierno es limitado o ilimitado que si el gobierno es elegido o no elegido

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