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Crisis de deuda: No culpen a Bush

Crisis de deuda: No culpen a Bush

 

 

Es comprensible, lo último que el presidente Obama quiere es que lo culpen por la creciente deuda de la nación, o, en realidad, por cualquier otra cosa. Pero eso de culpar al presidente George W. Bush por todo –por cualquier cosa– debería haberse acabado ya. Sobre la deuda en particular, es bastante difícil evitar considerar al presidente Obama como el primer presidente de la historia en estar en el cargo con cuatro años de déficits que exceden el billón de dólares.

Pero acorde a la consagrada tradición de la administración Obama, el secretario del Tesoro Tim Geithner fue a los programas domingueros para erróneamente echarle la culpa de la enorme deuda del país directamente al presidente Bush. Sin embargo, Geithner pasa por alto la verdad y simplemente omite decir cuánto más hundido en deuda dejará el presidente Obama a Estados Unidos en el futuro.

Hablando en el programa Meet the Press, Geithner afirmó que “El vasto volumen del incremento de la deuda es el resultado de las opciones de acción política tomadas por el predecesor [de Obama] para financiar unas rebajas de impuestos muy caras mediante préstamos, para financiar dos guerras mediante préstamos, para financiar una gran expansión de Medicare mediante préstamos, no reduciendo otros gastos o subiendo los impuestos. Esa es la mayor parte de su contribución”. Y por supuesto, Geithner dice que Obama no tiene la culpa, argumentando que su política “sólo causó alrededor del 12%, una fracción muy pequeña del incremento de la deuda que se ha visto durante este período de tiempo”.

Lo primero es lo primero: ¿Se ha de culpar a la política del presidente Bush por la deuda de hoy? Simplemente, no.

Las rebajas de impuestos de los años 2001 y 2003

La izquierda ha culpado a las rebajas de impuestos de Bush de eliminar un superávit de $5.6 billones, dejando a Estados Unidos con unos “déficits que llegan hasta donde alcanza la vista”. Sin embargo, ese superávit nunca existió.

Según investigaciones de la Fundación Heritage, la Oficina de Presupuesto del Congreso (CBO) proyectó ese superávit en enero de 2001 basado en la suposición de que la economía seguiría creciendo al ritmo de finales de los 90, de que la burbuja del mercado bursátil continuaría y generaría una recaudación récord y de que no habría recesión, atentados terroristas ni desastres naturales y de que todo el gasto discrecional caería a niveles de los años 30.

Esas suposiciones, como ahora sabemos, estaban completamente erradas y el superávit anticipado nunca se materializó. Desde los años 2002 a 2011, Estados Unidos operó con un déficit de alrededor de $6.1 billones, una desviación de $11.7 billones respecto a lo que proyectó la CBO. Con un costo de $1.7 billones, las rebajas de impuestos de Bush sólo suman el 14% de ese montante. Culpar a esas rebajas de impuestos por la deuda a día de hoy simplemente no tiene lógica.

Las guerras en Irak y Afganistán y el Programa de Medicamentos de Medicare

¿Qué hay acerca del gasto de la guerra y los costos por prescripción de medicamentos que Geithner también cita como la causa principal de la deuda? De nuevo, está equivocado. Y aquí está la razón.

Esas normativas fueron implementadas a principios de siglo y durante 2008 los déficits anuales oscilaron entre $160,000 millones y $458,000 millones cada año. Pero en 2009, después de que el presidente Obama asumiera el cargo, esa cifra se disparó hasta $1.4 billones. ¿Cómo pudieron unas normativas ya existentes con unos costos estables triplicar repentinamente el déficit anual? No lo hicieron. La verdadera causa fue el colapso de la recaudación por la recesión junto con el gasto en estímulos de Obama.

El futuro

Mientras que Geithner y el presidente están mirando atrás en el pasado, se niegan a hacer algo respecto al futuro. Y están empeorando las cosas. Con el presupuesto del presidente, el gasto obligatorio aumenta en $1.16 billones hasta 2022 mientras produce unos déficits acumulativos de $6.4 billones. Mientras tanto, el presidente no hace nada por reformar el código tributario o para abordar la crisis del gasto de los derechos a beneficios, dejando el futuro incluso peor que el presente.

Estados Unidos al borde de América Latina

Estados Unidos al borde de América Latina

Rule_of_lawPor Armando Ribas

Diario Las Americas

El dogma de que el poder absoluto, por la hipótesis de su origen popular puede ser tan legítimo como la libertad constitucional, ha comenzado a enrarecer el ambiente. – Lord Acton

En una de sus últimas presentaciones públicas el presidente Obama dijo: “Estados Unidos sufre la división social más grande en décadas…Esta elección tendrá el contraste más grande que hemos visto desde la elección de Johnson-Goldwater”. Perdóneme señor presidente, pero la división que Usted ha planteado es a mi juicio la única en la historia de Estados Unidos. Ni aun la Guerra de secesión implicaba una división conceptual como la que Ud. plantea. Así le puedo decir que las diferencias políticas entre Johnson y Goldwater no implicaban en ningún caso, una amenaza al sistema del Rule of Law, tal como fuera concebido e implementado en su oportunidad por los Founding Fathers. Tanto es así que podría decir que cuando Johnson alcanzó el poder implementó las políticas propuestas por Goldwater. Fue así que Santo Domingo se salvó de ser otra Cuba por la llegada de los “marines”.

Permítame decir que ese sistema ético político y jurídico concebido por los Founding Fathers implicó un cambio sustancial en la historia de la humanidad, por mas que fuera desconocido y a la vez descalificado por Marx como el capitalismo. Así surgió la pretensión del nirvana socialista, de crear un hombre nuevo, que alcanzaría la igualdad (De cada cual de acuerdo a sus capacidades a cada cual de acuerdo a sus necesidades) y el estado desaparecería así como la división del trabajo. Alcanzaríamos así el fin de la historia pues desaparecerían los antagonismos.

Ya vemos así la línea de su pensamiento político cuando se refiere casi ignominiosamente a los ricos y propone imponerles impuestos mayúsculos. Aparece así en su retórica las virtudes del pueblo tal como las expusiera Aristóteles: “Cuando el pueblo se hace monarca, actúa como tal y viola la ley y desde entonces los aduladores del pueblo tienen un gran partido.”Esa batalla por la igualdad entra en una violación paladina de los principios en que se sustenta el Rule of Law, tal como lo expresara Madison en el Federalista, donde escribió: “En una sociedad bajo la forma de la cual la facción más poderosa se puede rápidamente unir y oprimir a la más débil, se puede decir que reina la anarquía, donde el individuo más débil no está seguro frente a la violencia del más fuerte”.

Es decir que en esa posición Obama está pretendiendo violar el derecho de propiedad, y aun más el derecho a la búsqueda de la propia felicidad. Es decir que queda descalificado el interés privado, en nombre de una supuesta igualdad, que logra destruir las fuerzas productivas y determina la concentración del poder político. Esa concentración de poder en nombre del pueblo, constituye una violación de otro principio básico del Rule of Law, que es el reconocimiento de la falibilidad de la naturaleza humana y por tanto se impone la limitación del poder político.

La esencia de esa limitación del poder político se constituye en la división de los poderes. Permítanme otra cita trascendente al respecto de Adam Smith: “Cuando el poder judicial está unido al poder ejecutivo, es prácticamente imposible que la justicia no sea sacrificada frecuentemente a lo que vulgarmente se denomina política.” Una vez más ha quedado claro que Obama desconoce la naturaleza misma del Judicial Review. (Revisión judicial). Ese concepto fue aun ignorado en Inglaterra durante el Glorious Revolution de 1688, cuando las prerrogativas del rey fueron trasladadas al Parlamento. El rey reina pero no gobierna, pero el Parlamento es omnipotente en nombre del pueblo.

Esa gran diferencia con el sistema Americano fue señalada primeramente por Hamilton en la Carta 78 de El Federalista donde escribió: “Porque yo concuerdo en que no hay libertad, si el poder judicial no está separado de los poderes ejecutivo y legislativo. Por tanto ningún acto legislativo contrario a la Constitución es válido.” Este principio fundamental es igualmente ignorado por Obama cuando pretende desconocer el derecho de la Corte Suprema de declarar inconstitucional su ley de salud (Obamacare) Tanto así que hasta ha pretendido desconocer que exista algún precedente jurídico que reconozca tal poder de la Corte Suprema.

Señor presidente lamento informarle que ese antecedente que Ud. ignora data de 1803. Fue en esa fecha que en el famoso caso Marbury vs Madison el Juez Marshall tomo la siguiente decisión y dijo: “Todos aquellos que han formado constituciones escritas, las consideran como formando la ley fundamental y principal de la Nación, y consiguientemente la teoría de tales gobiernos debe ser que cada acto de la legislatura repugnante a la Constitución es nulo. Es enfáticamente el ámbito y el deber del Departamento de Justicia el decir que es la ley.” Esa fue la aplicación práctica de los principios expuestos por Hamilton a los cuales nos hemos referido.

Basado en estos principios se instituyó a partir de 1787, el sistema político que transformó la historia del mundo. Tanto así que en solo 100 años Estados Unidos se convirtió en la primera potencia mundial. Y más aun le debemos el mantenimiento de la libertad y no ser nazis o comunistas. No obstante esta realidad ese sistema fue descalificado por Marx como capitalismo, y por Lenin como imperialismo. Lamentablemente Lenin esta presente y la oposición al mismo se ha convertido en una fuente del poder de la izquierda en nombre del antiimperialismo. Aun en Europa se le descalifica como la hegemonía americana. El problema que genera la posición de Obama pues es el riesgo de que se viole el sistema del Rule of Law. Y ese sistema no es económico sino que la economía es el resultado del mismo.

Ya Tocqueville había señalado que: “Los vicios del sistema son tanto más fuertes que la virtud de los que lo practican.” Y ese vicio del sistema se manifiesta cuando se reconoce la democracia como el poder de las mayorías. Así se olvida que cuando el “pueblo” tiene derechos, desaparecen los derechos individuales en nombre del bien común y consecuentemente queda el poder político absoluto, tal como lo previera Lord Acton. Debo recordarle a Obama que tanto Hitler como Mussolini fueron elegidos por el pueblo. Por tanto recordemos la observación de Jefferson al respecto cuando expresó: “Un despotismo electivo no es el gobierno por el que luchamos”. En esa línea nos encontramos con múltiples gobiernos latinoamericanos.

La actitud de Obama es realmente preocupante para la historia universal y el momento que se vive. No hay sustituto en el mundo para la libertad como la ha representado Estados Unidos a través de su historia. Insisto, jamás se ha presentado en este país una disyuntiva como la planteada por Obama que amenaza la sobrevivencia del sistema de libertad ante la violación paladina de los derechos individuales y el desconocimiento de la función prioritaria de la Corte Suprema en defensa de la Constitución. Esperemos que los americanos tomen conciencia del riesgo que están corriendo de hacer de Estados Unidos un país latinoamericano más y por supuesto obtener los mismos resultados. Y al respecto me permito señalar que la diferencia no es racial ni cultural sino del imperio del sistema que es desconocido diría en el mundo. Como dijera David Hume: “La naturaleza humana es inmodificable, si queremos cambiar los comportamientos debemos modificar las circunstancias.” Evidentemente la circunstancia es el sistema político en el que se desarrolla la actividad del hombre.

¿Es excluyente un mercado libre?

Economía paso a paso

¿Es excluyente un mercado libre?

Juan Ramón Rallo

&quote&quoteCuando la izquierda reclama un mayor estatismo para favorecer la integración social en realidad está promoviendo una mayor disolución de los lazos privados que de verdad cohesionan la sociedad.

Uno de los argumentos preferidos por una parte de la izquierda para criticar a los mercados libres y defender la intervención del admirado gobernante de turno es que los mercados son excluyentes, a saber, que dejan inexorablemente fuera a una parte muy importante de la población a la que, por supuesto, habría que rescatar de las penitentes llamas de la libertad merced al ejercicio de la muy sabia y ordenada coacción estatal sobre el resto de la sociedad.

Aunque la idea es un trasunto, consciente o inconsciente, del (muy equivocado) concepto de ejército de reserva industrial de Karl Marx, en la actualidad este prejuicio “anti-mercados libres” ni siquiera suele tratar de demostrarse con demasiada dedicación: a partir de una observación sesgada y poco informada de la realidad circundante, es habitual presentarlo como una lacra evidentísima de las sociedades modernas, cuando, por ejemplo, bien podría serlo del excesivo intervencionismo estatal. Así pues, antes de proceder a refutar el atolondrado razonamiento de que los mercados no aglutinan a toda la población, será menester dotarlo de un cierto contenido (armar argumentalmente las críticas) para, luego, proceder a mostrar sus principales fallas.

En general, se me ocurren tres grandes razones por las cuales cabría pensar que los mercados libres dejan fuera de la división social del trabajo a una parte de la población. La primera es que el mercado tiende a la sobrecapacidad productiva, volviendo redundante a una parte de los trabajadores. La segunda, que los menos hábiles (o más débiles o más pobres) son incapaces de competir con los más hábiles (o más fuertes o más acaudalados). Y el tercero, que durante las crisis económicas inherentes al capitalismo, gran cantidad de recursos quedan forzosamente ociosos e inempleables.

Para refutar los dos primeros argumentos bastará con tener presentes las contribuciones seminales de dos economistas no ya recentísimos y de última hornada, sino incluso anteriores al propio Karl Marx: David Ricardo y Jean Baptiste Say. Para la tercera, habrá que echar mano de un colega de profesión algo más reciente como el Nobel Friedrich Hayek.

En cuanto al primer temor, que las sociedades modernas operan con sobrecapacidad y que no hay espacio para todos los trabajadores, es necesario tener en mente lo que se ha conocido como “la ley de los mercados de Say”. En tanto en cuanto existan necesidades insatisfechas en una sociedad, esto es, en tanto en cuanto haya fines individuales que no encuentren satisfacción con la actual oferta de bienes y servicios, es absurdo siquiera sugerir que concurre un exceso relativo de oferta con respecto a la demanda: si existen demandas insatisfechas es que subsiste margen para incrementar todavía más la producción. O viéndolo desde el otro lado, si la gente se empeña en ofrecer sus bienes y servicios en el mercado (oferta) es porque desea adquirir (demanda) otros bienes y servicios del mercado: nadie ofrece su trabajo y su propiedad gratuitamente sino a cambio de algo.

Desde luego, podrá suceder que algunas ramas de la producción se hallen en algún momento sobredimensionadas y que, por tanto, existan excesos de producción parciales (que no generales); pero esos excesos de producción parciales irán de la mano de carestías de producción también parciales: producimos demasiado de algo (vivienda, por ejemplo) porque producimos demasiado poco de otras cosas (bienes exportables, verbigracia). En cualquier caso, pues, lo que no se dará mientras existan demandas individuales sin saciar es una sobreproducción generalizada de bienes que excluya a una parte de la masa laboral del mercado y que le impida satisfacer sus fines vitales a través de éste.

La segunda posible línea de argumentación de la izquierda para justificar esta poco sólida crítica al mercado es el de la invencible competencia que ejercen los más hábiles, ricos o poderosos sobre los más torpes, menesterosos o desvalidos. El error en esta sede es el de concebir, de acuerdo con la caricatura anticapitalista al uso, que el mercado es una institución caracterizada por la salvaje y feroz competencia donde todo el mundo trata de imponerse y machacar al contrario y donde, cual película de Los inmortales, “sólo puede quedar uno”. Por el contrario, lo que caracteriza al mercado es la división cooperativa del trabajo: los diferentes agentes económicos tratan de especializarse en un área muy concreta de la economía para, posteriormente, proceder a intercambiar sus respectivas producciones especializadas. Es decir, “yo me especializo en esto, tú te especializas en aquello, los dos nos volvemos más productivos y, luego, trocamos nuestras respectivas mercancías”. Como puede observarse, la idea central de todo mercado es la cooperación pacífica y voluntaria para que, deliberadamente o más bien no, todo el mundo coadyuve a lograr los fines de los demás.

Por supuesto, en el mercado también existe un importante componente de competencia, pero no se trata de una competencia por coparlo y dominarlo todo (en tal caso, la división del trabajo dejaría de existir), sino por seleccionar en cada momento cuáles son los planes de negocios más adecuados y prioritarios de entre todas las combinaciones cuasi infinitas de recursos posibles. Es decir, la competencia empresarial es el mecanismo del que disponen los mercados libres para que, en un orden social tan extenso como es una economía con 7.000 millones de personas, la división descentralizada del trabajo no degenere en una “anarquía productiva” que vuelva estériles los frutos de la cooperación humana a tan gran escala.

Esto es básicamente lo que descubrió David Ricardo con su famosa ley de la ventaja comparativa que, simplificándola mucho, vendría a decir que cualquier factor productivo tiene su lugar en un esquema de división del trabajo aun cuando haya otros factores mucho más eficientes que él en todos los aspectos: en concreto, en aquel caso extremo de que alguna persona sea menos hábil en todo que sus prójimos, podrá especializarse en aquellas tareas en las que estos últimos sean relativamente menos eficientes. Por ejemplo, un premio Nobel de Medicina debe centrarse en su disciplina, por mucho que sea también un excelente apicultor o contable. Como el tiempo no es infinito y como no todo el mundo puede dedicarse a todo, conviene que los más hábiles se concentren en aquellas tareas para las que son relativamente mejores y que el resto de personas se centre en aquellas otras actividades algo menos importantes y valiosas que éstos dejan vacantes. Tampoco por esta vía, pues, se excluye a nadie en el mercado; al revés, todos –menores de 30, mayores de 30, hombres, mujeres, altos, bajos, delgados, obesos, solteros, casados, cojos, triatlonistas…– tienen su lugar en ese marco de cooperación pacífica, voluntaria y mutuamente beneficiosa que es un mercado libre.

Y, por último, ­­queda la posibilidad de que aparezcan recursos ociosos –recursos excluidos de la actividad productiva– durante las crisis económicas que sufre recurrentemente el capitalismo. Éste es, sin duda alguna, el menos disparatado de los tres posibles argumentos dirigidos a justificar que el mercado tiende a excluir a una parte de la población. A la postre, como bien explicó Hayek, las crisis son períodos durante los cuales la mayoría de planes de negocio insertos en un esquema de división del trabajo están siendo sometidos a una profunda revisión, de modo que no todos los recursos son fácil e inmediatamente recolocables de un lado a otro. Sin embargo, el razonamiento se presta a profundas matizaciones.

Primero, las crisis no las provoca el mercado, sino el excesivo intervencionismo estatal en las finanzas, de modo que atribuirle al mercado un subproducto de la intervención estatal (la lenta recolocación de los factores productivos en un período de catarsis empresarial) no parece la idea más acertada y justa que uno pueda emitir; sería tanto como acusar de dispendioso y despilfarrador a un individuo que con denodado esfuerzo ahorrara mes a mes enormes cantidades de dinero pero sufriera permanentes atracos y robos contra su propiedad: si careciera de un cierto capital no sería por sus malas costumbres financieras, sino por la violencia de la que es reiteradamente víctima. De hecho, el mercado libre es la manera más rápida y conciliadora de recolocar los recursos malinvertidos durante los auges insostenibles derivados del estatismo: más que a excluir, el mercado tiende a aunar a tantas personas y factores como sea posible en cada momento (de hecho, una de las críticas habituales contra la globalización es precisamente la de que tiende a engullirlo todo).

Segundo, otra parte muy importante de los recursos permanece ociosa debido a las rigideces regulatorias sobre los mercados que establece el Estado y que obstaculizan los ajustes de precios y la elaboración de nuevos planes empresariales: el caso típico, pero ni mucho menos único, es el de la legislación laboral, la cual, entre muchos otros fenómenos, permite explicar el problema de la “dualidad” (por qué a los jóvenes les cuesta mucho más acceder y conservar un empleo). Por consiguiente, tampoco en este punto habría que culpar al mercado de “excluir” a nadie sino más bien al Estado.

Y, en tercer lugar, el mercado va más allá de la tan extendida como reduccionista visión taylorista de “actividad fabril en forma de cadena de montaje”. Una definición adecuada del mismo ha de incidir en sus rasgos básicos de cooperación social voluntaria, lo que permite considerar como actividades de mercado aquellas tendentes a auxiliar a las personas que, en ciertos momentos, se encuentren desprotegidas. Me refiero no sólo a los negocios empresariales que obtienen un lucro monetario por ello (el caso de la industria de los seguros) sino también a las redes de caridad y ayuda mutua que tan extraordinarios servicios prestan durante las crisis en pos de la auténtica solidaridad (la voluntaria). No debería sorprender a nadie que los propios individuos sean capaces de organizarse y de desarrollar voluntaria y pacíficamente dentro del mercado suficientes mecanismos de inclusión y asistencia social –cuando no lo impide o desincentiva el Estado, como sucede con el monopolio de facto sobre los seguros por desempleo– sin necesidad de recurrir a la rapiña de la riqueza ajena: como si, en ausencia del ordeno y mando, del dirigismo paternalista gubernamental, las personas sufrieran un ataque de súbita avaricia o se vieran sumergidas en el caos organizativo (el síndrome del “no se os puede dejar solos”).

En realidad, de hecho, quien tiende a dividir a la sociedad y a excluir a una parte de ella de ese gran proceso de cooperación social llamado capitalismo es el intervencionismo estatal a través de sus omnipresentes tributos, prohibiciones, restricciones y regulaciones. Como ya expliqué en otra ocasión, no querer someterse al mercado (a negociar y alcanzar un acuerdo con los demás) equivale a querer imponerles al resto de personas la verdadera dictadura de los caprichos personales. Un arrogante vicio, por cierto, en el que son muy dados a caer los “intelectuales”, tal como denunciara Nozick, por cuanto los miembros de semejante tribu urbana tienden a pensar, por un lado, que ellos son capaces de organizar y dirigir la sociedad mucho mejor que un mecanismo impersonal como el mercado y, segundo, por cuanto tienden a pensar que sus contribuciones son más importantes de lo que el resto de iletrados individuos son capaces de valorar… y de pagar.

En definitiva, cuando la izquierda reclama un mayor estatismo para favorecer la integración social en realidad está promoviendo una mayor disolución de los lazos privados que de verdad cohesionan la sociedad; gravísimo problema que, obviamente, requerirá de una nueva ronda de intervencionismo gubernamental realimentado. Una dinámica perversa donde, claro, lo de menos suele ser la inclusión efectiva y cooperativa de todas las personas y lo de más, engordar al bienamado Leviatán.

 

La reelección de Obama no sería el fin de la libertad

La reelección de Obama no sería el fin de la libertad

por Gene Healy

Gene Healy es Vice Presidente de Cato Institute.

No cedo ante nadie en mi convicción de que la presidencia de Barack Obama ha sido un desastre para la República. Recientemente, incluso sugerí que algunas de sus ofensas alcanzaron el nivel de “graves crímenes y delitos”.

Sin embargo, por mucho que lo intento, no puedo convencerme de que las elecciones de 2012 son una “piedra angular en la historia” y que serían el “fin del juego” para la libertad a menos que él sea vencido. Si Obama gana, la lucha continúa; si pierde, no es motivo para celebrar todavía.

Tenga en cuenta que, desde Franklin Delano Roosevelt, pocos presidentes de segundo periodo han sido capaces de realizar grandes diabluras. Obama podría ya haber hecho la mayor parte del daño del que es capaz.

Por supuesto, todavía queda la cuestión de deshacer los graves daños que ya se han hecho.

Mitt Romney se ha comprometido a firmar la derogación de Obamacare (para la cual Romneycare sirvió de modelo) si resulta electo. El veto de Obama sería un obstáculo difícil de superar, pero no sería necesariamente imposible de hacer, en función de lo que determine la Corte Suprema.

Le pregunté a Michael Cannon, el gurú de política sanitaria de Cato, “¿Cuánto se puede lograr desfinanciando Obamacare si Obama es reelecto?” Bastante, afirmó, dado que los intercambios de seguros de salud “son fundamentales para Obamacare. Si los estados se niegan a crearlos, la ley dice que los federales pueden. Pero no ofrece presupuesto alguno. Y buena suerte consiguiéndolos en un Congreso dirigido por el Partido Republicano”.

En caso de que el Partido Republicano asuma la presidencia, un gobierno republicano unificado presenta sus propios desafíos. El difunto Bill Niskanen, presidente por un largo periodo del Cato Institute, señaló que EE.UU. “prospera más cuando los excesos son moderados, y, si los números de los últimos 50 años sirven de referencia, un gobierno dividido es lo que los modera”.

Según los cálculos de Niskanen, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el gasto de los gobiernos unificados ha sido casi tres veces superior al de los gobiernos divididos y lo primeros han sido más propensos a derrochar recursos y vidas en el extranjero.

Tal vez los días del “Proyecto de la Calle K” pasaron, gracias al movimiento Tea Party energizado por los abusos de Obama —pero necesitarán mantener la presión sobre los republicanos.

Como los profesores de derecho Eric Posner y Adrian Vermuele señalan en su libro Executive Unbound: “La continuidad a través de las presidencias es sorprendente. Richard Nixon respetó y apoyó el avance de programas liberales de la Gran Sociedad… [Y] durante el gobierno de Reagan, el gasto público continuó su avance también”.

Obama continuó con los rescates de Bush, señalan más adelante, y él ha “conservado las principales características de prácticamente cada herramienta contra el terrorismo utilizada por la administración de Bush”.

De hecho, hay algo extrañamente mecánico en la forma en que el Estado moderno se expande constantemente sin importar cuál partido o presidente se encuentre en el poder.

El verano pasado la Ley Patriota fue renovada de forma automática por la presidencia, pocas semanas después de que el Equipo SEAL 6 acabara con la vida de Osama bin Laden. A medida de que la amenaza terrorista disminuyó, la guerra perpetua contra el terrorismo continuó, incluso siendo ahora los ciudadanos estadounidenses blanco de robots que asesinan a control remoto.

En julio, una de las luchas perennes del presupuesto en Washington presentó un matiz interesante: Resulta que, si el Congreso fallaba en aumentar el techo de la deuda en el plazo reglamentario, el Poder Ejecutivo no podía detener el gasto, aunque lo intentara.

El gasto seguiría, según informó Reuters, porque la Tesorería no sería capaz de “reprogramar a las computadoras del gobierno que generan pagos automáticos en la fecha límite”.

En casa y en el extranjero, el gobierno federal está fuera de control y parece que no hay un interruptor manual capaz de apagarlo.

Como otros han observado, nuestro gobierno se ha convertido en un tren fuera de control —y las elecciones presidenciales parecen cada vez más una lucha por determinar quien podrá sentarse al frente y pretender que conduce.

El punto es hacer fracasar esta ofensiva y ninguna elección puede hacer eso. Pase lo que pase en noviembre, el trabajo aún debe continuar.

Dentro de la angustia económica en EE.UU.

Dentro de la angustia económica en EE.UU.

por Daniel J. Mitchell

Dan Mitchell es académico titular del Cato Institute.

¿Porqué los votantes de todas las tendencias  ven, por lo general, a la economía como anémica? Más de tres millones de empleos han sido creados en los últimos dos años, el índice Dow Jones ha aumentado de 8.000 a más de 13.000 y la recesión terminó hace tres años. Parecen ser buenas noticias. ¿Será que el presidente Obama está recibiendo un trato injusto?

La respuesta depende de con qué está comparando usted la economía estadounidense. Si usted simplemente compara la economía actual a como se encontraba en enero de 2009, el trabajo del presidente se ve bien. Y si usted cree que sus afirmaciones de que el tal llamado estímulo y los rescates eran necesarios para salvar a la economía del colapso, entonces él se ve muy bien.

Sin embargo, Obama aún enfrenta una batalla cuesta arriba este noviembre —porque los que no son ricos no sienten que su situación haya mejorado. Hay varias razones:

  • La tasa de desempleo aún supera el 8%, a pesar de que la Casa Blanca prometió que bajaría al 6% hoy si el estímulo se ejecutaba.
  • Varios millones menos de estadounidenses tienen empleos hoy que hace cinco años.
  • La tasa de pobreza ha aumentado a más del 15%, con un número récord de estadounidenses subsistiendo con ingresos por debajo del nivel de pobreza.
  • De acuerdo con los datos más recientes, el ingreso medio por hogar es menor que cuando comenzó la recesión.
  • La carga de gasto público sigue siendo alta y la creciente cantidad de números rojos es un síntoma de la inflación en Washington.
  • La amenaza de mayores impuestos es omnipresente y constituye una espada de Damocles sobre la economía.
  • La continua debilidad en los sectores de vivienda y financiero funciona como un recordatorio a las personas de que los rescates e intervención han dejado muchos problemas sin resolver.

Los que trabajan en la Casa Blanca afirman que todo esto simplemente ilustra la debilidad económica que les fue heredada. Es un argumento plausible, al menos en teoría —pero muchos votantes no están convencidos.

Hay buenas razones para el escepticismo. No se necesita ser versado en estadísticas económicas para comprender que EE.UU. está experimentando una recuperación económica anémica.

De hecho, la nación sufre su peor periodo de recuperación tras una crisis desde la Gran Depresión. Los amantes de las estadísticas pueden observarlo por sí mismos: El sitio interactivo de la Reserva Federal de Minneapolis permite comparar entre los ciclos de negocios posteriores a la Segunda Guerra Mundial, basado en el empleo o el PIB.

Así que hay fuertes argumentos para afirmar que las políticas de Obama han retrasado el rebote normal que una economía debería experimentar al salir de una crisis —y los votantes sienten que algunos en Washington son parcialmente culpables de esta situación.

Además, a medida de que la economía respira, es incierto si la Casa Blanca debería obtener algún crédito por ello.

Por ejemplo:

  • La recuperación comenzó justo cuando el estímulo de Obama terminó, lo que confirmó las sospechas de que una gran cantidad de dinero se estaba desperdiciando en un proceso que impedía el crecimiento de la economía.
  • Las cifras de empleo comenzaron a mejorar a final de 2010, justo cuando los republicanos tomaron el control del congreso y, presumiblemente, la capacidad de Obama de cambiar el curso de la nación.

Quizás lo más importante, es que los votantes pueden ver lo que sucede en Europa, donde los estados de bienestar colapsan tras décadas de exceso de gasto público e impuestos. Tienen una vaga idea de que EE.UU. está en el mismo camino debido a la demografía y a programas de ayuda social mal diseñados.

Pero el problema para la Casa Blanca no son solo las cifras: Hay una creciente inquietud de que las reglas han cambiado para mal. Escándalos como el de Solyndra provocan sospechas de que el capitalismo de compadres ha reemplazado al capitalismo. El número sin precedentes de personas utilizando cupones para alimentos hace reflexionar acerca de las consecuencias a largo plazo de tener más y más personas subsistiendo de ayuda, y menos personas generando ingresos.

Ninguno de estos problemas comenzó con Obama, muchos de ellos existían incluso antes de Bush. Pero Obama ha ampliado estas malas políticas en lugar de cambiarlas. Él prometió esperanza y cambio, pero ha profundizado las fracasadas políticas estatales de su predecesor.

Es por eso que la Casa Blanca no está recibiendo mucho crédito por un aumento en la bolsa de valores y una caída en la tasa de desempleo. Las buenas noticias que estamos recibiendo, las estamos recibiendo a pesar de las personas que ocupan la Casa Blanca.

Trayendo el capitalismo a las masas

Por Hernando de Soto

Hernando de Soto es el ganador del Premio Milton Friedman para el Avance de la Libertad 2004. Este ensayo es un extracto de su discurso de aceptación en San Francisco el 6 de mayo. De Soto es el fundador del Instituto Libertad y Democracia en Perú y autor de dos libros: El Otro Sendero y El Misterio del Capital. Publicado por cortesía de Cato Institute.
Las personas que despertaron nuestro interés intelectual en el Perú, en el cual las cosas no habían estado funcionando después de 12 años de régimen militar izquierdista, fueron Rose y Milton Friedman, quienes fueron mis primeros invitados en 1979.
Una de las cosas que Milton nos enseñó cuando estuvo en Lima fue que no había “almuerzo gratis”. Lo que no mencionó fue que había libros gratis. Luego de cinco años de aquella visita, Milton y Rose me mandaron un libro llamado La Tiranía del Status Quo. Ese libro me impresionó sobremanera, porque para ese entonces nuestro instituto ya había organizado a cientos de vendedores ambulantes y buscaba maneras de conseguir ratificar políticas que les facilitara ganarse la vida.
La Tiranía del Status Quo advertía “luego de unos cuantos años del gobierno de Reagan” sobre cuan difícil resultaba romper el Triangulo de Hierro de los beneficiarios, políticos y burócratas, el cual protegía el status quo y postergaba cambios de urgente realización.
Nosotros, en el Instituto Libertad y Democracia (ILD), descubrimos que había un gran respaldo popular para un cambio en los países en vías de desarrollo. A pesar de ser catalogados como “los pobres”, nosotros entendimos que esos mismos pobres no podrían estar sobreviviendo sino fuese por su espíritu empresarial. Y mientras que otros, como Fareed Zakaria señalaba, decían que mil millones de personas subsistían con un dólar diario y quizá dos o tres mil millones vivían con no más de $2 o $3 al día, nadie mencionó que había cuatro mil millones de individuos que eran pobres, empresarios y que eran excluidos completamente de la economía global e incluso de la nacional, debido a una carencia total de derecho.
Ya no estamos en el Tercer Mundo rural de los años sesenta. La población de Puerto Príncipe es 17 veces mayor de lo que era 35 años atrás. La población de ciudades en Algeria es 15 veces lo que solía ser. En ciudades ecuatorianas, 11 veces. Y países que eran mayoritariamente rurales cuando comenzamos nuestra labor, son urbanos hoy en día. Esos ciudadanos pasaron a convertirse en hombres de negocios y a aprovechar la división de trabajo que las ciudades ofrecen.
El Surgimiento de las Ciudades
Los países pobres necesitan la clase de soluciones que los países desarrollados adoptaron en el siglo XIX, no aquéllas del siglo XXI. Lo que ocurrió en Occidente en el siglo XIX está ocurriendo actualmente en países en desarrollo. “Oliver Twist” ha llegado a la ciudad, pero él y sus amigos aún no han sido reconocidos por las instituciones financieras internacionales o por la mayoría de los programas bilaterales de algunos países desarrollados. Peor aun, él ni siquiera ha sido reconocido por la mayoría de personas en los países en desarrollo quienes creen que los vendedores ambulantes son un problema o que la manufactura informal fabrica productos de mala calidad.
Mientras más consciente sea la gente de las condiciones reales en los países en desarrollo, donde viven cinco mil millones de la población total mundial de seis mil millones de personas, mejor podrán los políticos darse cuenta que el mayor respaldo para un cambio reside en los empresarios pobres.
La Riqueza de las Naciones
Mi país, Perú, tuvo un presidente de origen japonés por 10 años. Su nombre era Alberto Fujimori. Los Fujimori era una de más de un millón de familias que vinieron del Japón a Perú y Brasil en los años 30 y 40.
Ahora, el hecho que los Fujimori vinieran al Perú y los Yoshiyama se fueran a Brasil no es de relevancia. La pregunta más importante es: ¿Porqué los Toledo y los Lula no fueron a Japón? Ellos no se fueron a Japón porque Perú tenía un ingreso per cápita de 25 por ciento más que Japón en 1940 y Brasil tenía un ingreso per cápita 50 por ciento más grande que este último. Obviamente, Japón hizo algo en los últimos 50 años que lo hizo 10 veces más rico que el Perú. ¿Qué pasó?
Después de la Segunda Guerra Mundial, fue implementado un plan que se inició en Honolulú en 1942 bajo la supervisión de MacArthur. Como Mao Zedong en China, los norteamericanos básicamente destruyeron el sistema feudal en Japón que ellos pensaron era el problema central del expansionismo japonés en Asia. Sin embargo, en contraste con la China de post-guerra, se pusieron los cimientos para la creación de un amplio sistema de propiedad privada.
Al desintegrar el sistema feudal y crear un frente más amplio de apoyo ciudadano a favor de una economía de mercado, se transformó Japón y sus dos colonias: Taiwán y Corea del Sur. En 1978, Deng Xiaoping reflexionó y dijo, “Saben, no me interesa de qué color sea el gato siempre y cuando atrape ratones”. Y ahora el gigante de Asia continúa fortaleciéndose en base a un amplio sistema de propiedad.
El “Fenómeno Adolf Busch”
En el pasado, Estados Unidos como parte de su política exterior, ha transformado países y los ha convertido de economías feudales y patrimoniales a economías modernas. Pero, al parecer, hay una tendencia a olvidarse de aquellos hechos. Es mucho más sencillo para un ciudadano del tercer mundo entender lo que digo que para alguien del primer mundo porque estos últimos toman muchas cosas por hechas.
Karl Popper solía llamar a este fenómeno el fenómeno Adolf Busch. Popper y un amigo fueron alguna vez a Zurich a escuchar a Busch interpretar a Vivaldi. Al pasar del tercer al cuarto movimiento, lo hizo maravillosamente, de una manera tal que nadie jamás había oído. Lo visitaron después del concierto en su recámara y le preguntaron, “Maestro, ¿cómo hizo para ir del tercer al cuarto movimiento?” Y Adolf Busch respondió, “Bueno, es relativamente simple”. Se puso el violín al cuello y empezó a tocar.
Hablando con la Gente Incorrecta
Recuerdo que en 1988 me pidieron dar un discurso en el Foro Abierto del Secretario de Estado de los Estados Unidos. El título de mi presentación era “Los Estados Unidos: Por qué Creo Que Están Hablando con la Gente Incorrecta”. En otras palabras, la mayoría de estadounidenses hablan con ciudadanos tercermundistas que se han occidentalizado, como yo. Pero la mayoría de nosotros tenemos intereses creados. No somos en realidad capitalistas dispuestos a exponernos a la competencia, somos mas bien mercantilistas en busca de privilegios. Aquellos verdaderamente interesantes son los empresarios. Pero son pobres y pequeños, y ustedes aún no han tenido contacto con ellos.
En México, por ejemplo, cuando estábamos trabajando con el presidente Fox, descubrimos que alrededor del 80 por ciento de la población mexicana opera en la economía informal. Ellos son dueños de aproximadamente 6 millones de negocios, 137 hectáreas de tierra y 11 millones de activos inmobiliarios. Y todo eso asciende a un valor acumulado de $315 mil millones, lo cual es 7 veces el valor de las reservas petrolíferas mexicanas y 29 veces el valor de toda la inversión extranjera directa desde la independencia de la corona española.
En otras palabras, economías precapitalistas, con orientaciones capitalistas, están emergiendo alrededor de todo el mundo. En Egipto, el 92% de la población entre los que se encuentran los más pobres, tiene sus activos prediales fuera de la ley, y el 88% de los empresarios operan extralegalmente. Se estima que el valor de tales activos asciende a $248 mil millones, lo cual es equivalente a 55 veces el valor de toda la inversión extranjera directa en Egipto desde que Napoleón se retiró, incluyendo el Canal de Suez y la Represa de Aswan y 70 veces toda la ayuda bilateral que ha recibido.
En otras palabras, la mayoría de nuestros recursos no provienen de ustedes en Occidente. Sin embargo, son muy amables y aceptamos lo que ustedes nos proporcionan, pero en realidad es una gota en un balde de agua en comparación a lo que ya tenemos. La verdadera riqueza crece a través de los esfuerzos de los empresarios quienes combinan recursos y dividen eficientemente el trabajo para incrementar la productividad.
La Importancia de los Derechos de Propiedad
También hemos sido llamados a países como Ghana. Y lo que es interesante, no sólo por el Presidente Kufuor, sino también por los jefes de las tribus. Ellos leyeron nuestras propuestas y dijeron: “ya no queremos soberanía; queremos derechos de propiedad”. La soberanía es algo que la gente transgrede. Los derechos de propiedad son mucho más concretos, porque se basan en un contrato social arraigado en la reciprocidad del interés de un individuo para con otro, y no en el de una nación para con otra.
Si observamos mapas de Europa durante un determinado lapso de tiempo, podemos apreciar que la soberanía es extremadamente inestable. Sin embargo, si vemos a Alsacia-Lorraine, un territorio que ha sido una y otra vez dividido entre Franceses y Alemanes, encontraremos que, no importa a quien le pertenezca, Monsieur du Pont aún vive donde siempre vivió y Herr Schmidt aún permanece viviendo donde siempre lo hizo. Los derechos de propiedad son el resultado de contratos sociales, y se mantienen aun cuando la soberanía se fragmenta.
Propiedad y el Estado de Derecho
Estamos tratando de probar que se puede romper el triángulo de hierro demostrándoles a los líderes políticos que existe un enorme respaldo ciudadano a favor de transitar hacia una economía de mercado. La economía de mercado es esencialmente una construcción legal y no todas aquellas cosas físicas ¾ autopistas, puentes, aeropuertos, y puertos ¾ que el Occidente parece querer darles.
Si eres pobre, y todo lo que en realidad posees es un pedazo de tierra y un lugar donde trabajar, así seas un vendedor ambulante u ordeñes vacas, no existe nada más preciado para tí que aquello que te pertenece. Pero para preservarlo sin leyes tienes que satisfacer a jefes tribales, policías deshonestos, políticos corruptos, jueces malos, vecinos problemáticos, e incluso terroristas.
Pero si la ley llega y señala que esos derechos son ahora reconocidos, no sólo por los vecinos sino también por la policía y la nación entera (ahora los podrán comercializar nacional e incluso internacionalmente y la ley los protegerá), entonces la gente se interesará por el estado de derecho.
Pronto preguntarán, ¿qué pasa si tienen una disputa y se van a corte? Entonces querrán un buen sistema judicial. Y eventualmente se darán cuenta de que las leyes pueden ser cambiadas y preguntarán otra vez, ¿quién las hace? Y así, les empezará a interesar el proceso político.
El origen del estado de derecho “que permitirá el crecimiento de una nación moderna y así traerá paz, estabilidad y prosperidad al mundo” son los derechos de propiedad. Y el estado de derecho generará prosperidad.
La División del Trabajo
Adam Smith y más tarde Marx vendrían a decir que la creciente productividad en Europa se debió a la división del trabajo. El ejemplo de Smith era bien simple. Él dijo que vio trabajar a un par de personas fabricando alfileres en las afueras de Glasgow. Siguiendo 18 pasos, eran capaces de producir no más de 20 alfileres por día. Pero en otro lugar, vio a 10 personas dividirse aquellas 18 funciones entre sí. Una persona compró el alambre, otra lo cubrió con estaño y luego una tercera desenrolló el cable, otras dos lo cortaron, otra persona le sacó punta al alambre, alguien más le puso la cabeza al alfiler y así hicieron 48,000 alfileres por día.
Pero si van a los países en desarrollo, verán que no necesariamente hay compañías, porque la ley aún no les ha llegado. Todo lo que hay son familias. Y las familias tienen dificultades poniendo incluso a 10 personas a trabajar. Sólo pueden con 4. Y entre esos 4 se encuentra el hermano ocioso y el cuñado alcohólico: personas que no son buenas fabricando alfileres. Cualquier gerente sabe que es importante cómo se combinan los recursos y a quién se contrata.
Más de 4 mil millones de personas carecen de derechos de propiedad sobre sus bienes y no pueden acceder a crédito y usarlo como garantía y tampoco pueden crear una empresa a través de la cual dividir el trabajo. Esto significa que no pueden organizar los insumos ni manejar la creación del producto de manera eficiente. No pueden separar los activos que pertenecen a los accionistas de aquellos bienes que pertenecen a los prestamistas y trabajadores.
Con sólo unos pocos trabajadores pobremente organizados por cada empresa, no importa cuántos microcréditos se les otorgue, jamás serán eficientes ni podrán competir en el mercado global. El valor no es sólo pura fuerza laboral sino también el poder del hombre para dividir el trabajo. A pesar que Adam Smith fue un gran hombre, muchos de los primeros liberales nos dejaron una herencia de la cual necesitamos deshacernos: la teoría del valor-trabajo. El valor no proviene simplemente del trabajo. Proviene de soluciones políticas y económicas inteligentes que puedan ayudar a incrementar significativamente la productividad.
El Potencial de la Libertad
Para construir naciones modernas, primero tenemos que aprender cómo los pobres trabajan y luego debemos estructurar las leyes para que atiendan sus necesidades. Al final, peruanos, chinos y norteamericanos queremos básicamente las mismas cosas: vida, libertad y propiedad. Y para obtenerlas, hay que construir una economía de mercado basada en el estado de derecho. Nuestros verdaderos enemigos no son Marx u otros, sino aquellas personas que no creen en el potencial de una humanidad liberados por el estado de derecho.
Los enemigos de la ilustración son románticos, que se convierten en la clase de nacionalistas que no saben cómo hablar de la civilización en el singular, aquéllos que creen en múltiples civilizaciones a la misma vez. Porque son nacionalistas románticos, marginan a las personas de las leyes universales del progreso. Es gente como Samuel Huntington, quien en realidad es moderado a comparación de nuestros románticos, quienes creen que no deberíamos seguir el modelo de ustedes porque Max Weber los convenció que era un modelo anglo-sajón.
Así pues, estoy aquí en Cato, orgulloso de ser el segundo extranjero en recibir su premio, rodeado de compañeros latinos y presentado por un ex-ciudadano de la India. Ustedes están claramente en el sendero de la ilustración porque creen en el potencial de la gente alrededor del mundo. Estoy orgulloso de recibir este premio del Cato, que lleva el nombre del gran Milton Friedman. Y me siento honrado por la distinción a mí conferida, la cual refleja la labor de mis colegas.

El camino irlandés a la prosperidad

Por José Carlos Rodríguez

Cortesía de La Ilustración Liberal.

Irlanda ha impreso su nombre en dos episodios notables de la historia económica: uno marcado por el desastre, el hambre y la sangría demográfica y el otro acompañado de un éxito resonante, que ha convertido a aquel país nada menos que en el sexto en renta per cápita del selecto club europeo.

El primer episodio ocupa la segunda mitad del siglo XIX, en el que la población de Irlanda se redujo en la mitad, principalmente por la emigración, en franca huida del hambre y la miseria. Irlanda fue entonces un claro ejemplo de los efectos perversos de un sistema que no se asienta en la propiedad bien definida y defendida, soporte de los intercambios que tejen el entramado de relaciones voluntarias que llamamos “mercado libre” y que dejan un poso, una pauta de buenos usos y costumbres que otorga a la sociedad las condiciones adecuadas para desarrollarse.

En la Irlanda de entonces, bajo control inglés, una serie de medidas administrativas contrarias al Common Law propiciaban o reforzaban los sucesivos expolios de tierras a manos de los protestantes, bien avenidos con Londres. Los nuevos terratenientes, no obstante, se resistían a vivir en sus terrenos. Tenían una relaciones muy malas con el labrador irlandés, y nunca llegaron a considerar que su título sobre las tierras fuera del todo seguro.

En esas condiciones, con desconfianzas mutuas, revueltas campesinas y propietarios a distancia, la propiedad nunca estuvo bien asentada. En consecuencia, no pudo servir de núcleo de ese orden de cooperación humana que es el mercado. Los propietarios querían hacer una explotación intensiva; no pensaban en el futuro, en el que quizás su título no valiera para nada. Por lo que se refiere a los trabajadores, el gran economista Nassau Senior observó que los irlandeses “trabajan duro en Gran Bretaña y en los Estados Unidos de América”, pero que en su propio país eran “indolentes”. El resultado de todo ello fue la Gran Hambruna, que diseminó a gran parte de ese pueblo por varios confines del mundo, si bien el destino principal fue Estados Unidos.

El episodio que vamos a seguir en este artículo es el perfecto contraejemplo. Lo que vemos en la Irlanda de hoy es el parcial abandono de alguna de las medidas intervencionistas más perniciosas, que habían dejado a la sociedad y la economía del país en un sumidero. Y cómo la parcial liberación de algunas de las ataduras al libre empeño económico ha resultado en un descollante éxito, que no ha dejado de llamar la atención mundial.

El lento camino a la integración comercial

El comienzo del siglo XX fue terrible para el liberalismo, que cedía sin remisión ante nuevas corrientes socialistas y nacionalistas. Irlanda no fue una excepción, pero en su caso coincidió con el momento de su reconocimiento como Estado Libre, en 1922. Los independentistas eran claramente proteccionistas. Identificaban a su tradicional enemigo, Gran Bretaña, con el librecambio, y a éste con el hambre que había diezmado la población, hasta dejarla en tres millones de almas. Si a ello sumamos la tendencia histórica del momento, parece que el proteccionismo fue entonces la única opción que se podía considerar.

Irlanda rompería los lazos con sus opresores y demostraría en la economía la misma independencia y autosuficiencia que en la política. Se fijaron aranceles muy altos y se esperó a que el pueblo irlandés resurgiera, recuperando su posición en la historia. Se prohibió el control extranjero de numerosas industrias, y, en muchas de ellas, incluso el de los empresarios irlandeses; por ejemplo, en el comercio marítimo o en la producción de energía eléctrica, que se nacionalizaron y cayeron en manos del nuevo Estado. Más que nunca, Irlanda era una isla. Los resultados esperados nunca llegaron, y los irlandeses continuaban emigrando, votando “con los pies” en contra de la política económica de su país. Nada de ello impidió que el proteccionismo continuara hasta la década de los 50.

El fracaso era demasiado persistente como para no ser tenido en cuenta: la economía languidecía, con pequeñas empresas nacionales orientadas hacia el minúsculo mercado local. Entonces se empezó a ver con otros ojos la inversión extranjera. En 1956 se decretó que las inversiones orientadas a la exportación quedaran libres de impuestos durante quince años, y ocho años después se volvió a autorizar a los extranjeros la posesión de compañías irlandesas. Pero los aranceles frenaban la importación de los bienes de capital necesarios para las nuevas industrias, de modo que se fue haciendo cada vez más evidente que la Administración debería comenzar a bajarlos, y así se hizo. De forma progresiva se fueron instalando empresas multinacionales muy tecnificadas y dinámicas, orientadas a la venta al mercado mundial; el resto de la economía era incapaz de competir internacionalmente, y la situación económica general siguió estando ahogada por las regulaciones, el proteccionismo superviviente y el peso del Estado.

La apertura a la economía internacional se completó con el Acuerdo Anglo-Irlandés de Libre Comercio (1965) y el ingreso en la Comunidad Económica Europea (1973). Este último paso sería muy importante, pues forzaría a una nueva apertura y al respeto de ciertas normas características de la economía de mercado. Esta progresiva apertura al comercio internacional permitió un crecimiento notable (un 4% de 1961 a 1970), pero era incapaz de crear empleo.

Crisis y reforma

Y es que aún quedaban muchos conceptos por abandonar. Irlanda seguía la tendencia del momento, que apostaba por el Estado como instrumento clave para un desarrollo económico ordenado. El gasto público no dejó de crecer, y con él la deuda, que en 1979 era del 70% del PIB y que puntualmente llegó a alcanzar el 160%. Ni que decir tiene que los inversores desconfiaban cada vez más de la situación financiera del país, y el nombre de Irlanda iba desapareciendo de las carpetas de inversión de las grandes empresas. En los primeros años 80 el déficit público rondaba el 12%, mal contra el que se quiso luchar elevando los impuestos sobre los irlandeses, lo que a su vez desincentivaba aún más el trabajo y la producción.

El Estado estaba en quiebra, el modelo económico había agotado su pobre capacidad de crear riqueza y se destruía empleo. Por cada 100 trabajos de 1979 se mantenían 95 en 1986, año en que la tasa de desempleo alcanzó el 17%. De nuevo volvía la emigración como solución a la pobreza nacional, que en 1989 alcanzaba a 12 de cada 1.000 habitantes (400.000). El fracaso era evidente. Se había probado casi de todo y nada daba resultado.

Pero los irlandeses, conscientes de su propia situación, estaban maduros para tomar las medidas necesarias. Las crisis económicas pueden ser propicias para las reformas liberales, si las circunstancias son favorables. Ocurrió una década antes en la vecina Gran Bretaña, con el primer Gobierno de Margaret Thatcher, así como en Estados Unidos tras la llegada de Ronald Reagan al poder, en 1981. A finales de los 80 otro país anglosajón, éste en los antípodas, Nueva Zelanda, había llegado a otra crisis económica e institucional que llevó al Gobierno laborista a hacer una profunda reforma de signo liberal, coronada con un rotundo éxito. Irlanda haría exactamente lo mismo.

En 1987 fue elegido un nuevo Gobierno, con el mandato acabar con la evidente crisis. Pese a gobernar en minoría, Charles Haughey, en su vuelta a la presidencia, logró implantar medidas impopulares pero respaldadas por el evidente éxito de la política de Thatcher en Gran Bretaña. Es entonces cuando cambia el sistema fiscal, caracterizado, como muchos otros, por los altos tipos impositivos y falto de incentivos para la exportación. El tipo máximo para personas físicas era del 58%, y para las empresas nada menos que del 50%. Además de confiscatorio e injusto era claramente ineficaz, pues casi exigía a los contribuyentes que ocultasen sus rentas al fisco, una práctica muy generalizada. El nuevo Gobierno decretó una amnistía fiscal previa a sus reformas, por la que daba a los renuentes seis meses para poner en claro sus cuentas, sin penalizaciones y sin exigencia del pago de intereses.

Impuestos, apertura y desregulación

Se introducen entonces tres regímenes especiales: 1) el International Financial Services Centre, aplicable a las empresas situadas en la Customs House Docks Area de Dublín; 2) la Shannon Free Airport Zone, aplicable a empresas radicadas en una zona definida alrededor del aeropuerto de Shannon, y 3) el Régimen Especial para la Fabricación de Bienes, aplicable en todo el territorio irlandés, si bien el concepto de “fabricación” ha tenido que irse definiendo con el tiempo, por medio de la doctrina administrativa y la jurisprudencia. Estos tres regímenes se caracterizan por un tipo reducido del 10% en el Impuesto de Sociedades sobre las rentas derivadas de ciertas operaciones. A ello se sumaba la libertad de amortización para plantas fabriles, instalaciones, maquinaria y edificios, y el que los arrendatarios de los edificios tuvieran además la posibilidad de deducirse el 200% del alquiler.

Todos ellos se mostraron muy eficaces en la atracción de inversiones foráneas, pero la Unión Europea los calificó de “perniciosos”, y de hecho forzó a Irlanda a llegar a un acuerdo con Bruselas para ponerles fin. Los dos primeros dejaron de existir el año pasado, y el tercero lo hará en 2010. Pero el buen ejemplo local y sectorial de estos tres regímenes especiales llevó a los responsables irlandeses a darse cuenta de que el camino a la prosperidad venía de favorecer la llegada de capital extranjero, con bajos tipos impositivos y bajos aranceles, a la importación y a la exportación, que permitieran a las empresas de fuera utilizar Irlanda como base para el resto del mundo.

Por ello, a comienzos de los 90 Irlanda acordó con la UE sustituir en 1998 los regímenes especiales por un sistema fiscal general, que en 2003 rebajó el tipo máximo al 12,5%. Incluía la deducción de los impuestos pagados en el extranjero, para eliminar la doble imposición, por un método de imputación ordinaria con el límite del impuesto sobre sociedades que correspondería pagar en Irlanda.

Las ganancias patrimoniales de activos afectos a la realización de determinadas actividades tributan al 20%, y el resto de ganancias patrimoniales al 25. Este modelo se ha mejorado en 2004, con un sistema de exención de ganancias patrimoniales obtenidas en la transmisión de participaciones en sociedades extranjeras con actividad empresarial. Además, no están sujetos a las normas de transparencia fiscal internacional.

Por otro lado, desde la segunda mitad de los 80 se hizo un decidido esfuerzo para controlar la pesada deuda pública. La diferencia respecto a otros intentos anteriores fue el camino elegido: el recorte en los gastos, no la subida de unos impuestos que, precisamente, se estaban reduciendo en los tres regímenes especiales. Los ingresos no hicieron más que crecer. Todo ello permitió rebajar la deuda pública del 160 al 40% en 1999. Los tipos de interés acompañaron a la deuda en su caída, y el efecto crowding out (anglicismo que se utiliza para designar el acaparamiento por parte del Estado de los medios que de otro modo utilizaría la sociedad) era cada vez menor. Se cerraron varias oficinas y departamentos públicos, se destruyeron numerosos puestos de trabajo al servicio del Estado y se cancelaron numerosos programas de gasto. Los irlandeses tenían más medios en sus manos que antes, y hacían de su dinero un uso económico más racional que el que hace el Estado.

Si bien se ha destacado de la exitosa experiencia irlandesa su apertura al exterior y su reforma fiscal, la reducción del gasto público no puede ser el último elemento en contribuir al resurgimiento económico del país. La práctica totalidad del empleo generado a partir de 1993 pertenece al sector privado. La incapacidad de la economía irlandesa de generar empleo había concluido.

Este cambio de orientación hacia una mayor confianza en la sociedad no se limitó al aspecto fiscal o a la apertura al comercio mundial. También se inició una progresiva política de desregulación que ha sido muy beneficiosa para los irlandeses. Se liberalizó el mercado aéreo, lo que permitió una caída de tarifas que dio alas al turismo local; se relajó el monopolio estatal en el mercado de telecomunicaciones y se obviaron algunas normas especialmente dañinas: ahora es una de las áreas de la economía nacional que más riqueza y trabajo crean. Además, según apunta el Economist Intelligence Unit, “los acuerdos contractuales son seguros, y tanto el Poder Judicial como la Administración Pública son altamente eficientes”. Una seguridad jurídica que da confianza a los inversores. No olvidemos las palabras de John Keynes: “No hay nada más tímido que un millón de dólares”. También se ha desregulado el sector financiero, lo que, unido a la entrada en el euro, en 1999, le ha otorgado una confianza y una efectividad notables. El Departamento de Estado norteamericano ha observado que “el crédito se adjudica según las condiciones del mercado y no hay discriminación entre las compañías irlandesas y las extranjeras (…) El sistema bancario en Irlanda es sólido”.

Se ha dicho que Irlanda ha basado su prosperidad, en buena medida, en las ayudas de la Unión Europea. Éstas fueron incrementándose a lo largo de los 80, hasta alcanzar un máximo del 6,2% del PIB en 1991; desde entonces han caído sustancialmente. Irlanda puede haber sido la nación que más fondos europeos per cápita ha recibido, favorecida por su pobreza inicial y su reducido tamaño. Pero también han sido importantes en Grecia, Portugal y España, que han obtenido resultados económicos que en absoluto se pueden comparar con los de aquélla. Entre 1990 y 2000 la tasa media de crecimiento en Irlanda fue del 7,1%, mientras que en los mismos años Portugal lo hizo un 2,6%, España un 2,5 y Grecia un 2,2. Debemos rechazar, por tanto, la idea de que son los fondos europeos, más que el radical cambio de política económica, lo que ha permitido a Irlanda estar donde está.

Sirva de muestra cómo ha evolucionado el país en los dos índices que intentan aproximarse a una medida de la libertad económica: el elaborado por la Heritage Foundation y el Wall Street Journal y el de los institutos Cato y Fraser. El primero, que otorga cinco puntos al país económicamente más reprimido y uno al idealmente más libre, daba 2,20 a Irlanda en 1995 y 1,58 en su última edición (2006), lo que le convierte en el tercer país más libre del mundo por lo que al empeño económico se refiere. El otro índice, que puntúa de cero a diez (a más libertad, más puntuación), otorgaba a Irlanda 6,2 puntos en 1980 y 7,9 en 2003. Para los institutos Cato y Fraser es la octava economía más libre. En esa transformación reside el éxito de Irlanda.

La inversión extranjera

Ya hemos visto cómo Irlanda fue pasando del ideal autárquico a una progresiva apertura al exterior. Si en un momento dado los inversores dejaron de confiar en el país fue por su lamentable situación financiera y los altos tipos impositivos. Con las sucesivas reformas, la inversión foránea volvió a confiar en la economía irlandesa. La creación de las tres áreas fiscales especiales no supuso una avalancha inmediata de inversión extranjera (FDI, por sus siglas en inglés). Los inversores necesitan saber que los bajos tipos impositivos se mantendrán en el futuro, y con la Unión Europea intentando acabar con el sistema irlandés muchos mostraban aún sus dudas. Pero antes incluso de que Irlanda llegara a un acuerdo con la UE, en 1998, la confianza en la decisión de la Administración de mantener bajos los tipos a largo plazo fue alentando la FDI. Si en 1997 el capital foráneo, principalmente estadounidense, invertía 2.710 millones de dólares, un año más tarde eran ya 8.860, 18.200 en 1999 y 25.780 en 2000. La inversión extranjera crea casi la mitad del empleo en Irlanda, aporta tres de cada cuatro euros de la producción industrial y cuatro de cada cinco de las exportaciones.

Para hacerse una idea de la medida de la transformación de la economía irlandesa, valga decir que durante la década de los 60 el empleo se mantuvo estable, en los 70 se creó un 1%, en la siguiente incluso se destruyó, pero de 1991 a 1995 el signo volvió a cambiar, con un aumento del 2%, y del 4,3 entre 1996 y 2000. Entre 1993 y 1999 la fuerza laboral aumentó un 35%, y la tasa de desempleo cayó del 16 al 6%. El PIB per cápita de Irlanda en 1970, en paridad del poder de compra (Estados Unidos = 100), era de 41,9, inferior al de España (47,8). Nuestro país alcanzó los 57,5 puntos en 2000; los irlandeses, 81,7…

El signo de la migración volvió a cambiar: en 1995 se dejó de producir emigración neta, y desde el año siguiente el problema de Irlanda ha sido el opuesto al que estaba acostumbrada: muchos vuelven a casa, y llegan no pocos extranjeros. El PIB ha crecido en los 90 un 7,1% anual de media, y un 5,1 entre 2000 y 2004. El PIB per capita (en dólares actuales) se situó en 34.310 dólares en 2004, por encima de los 33.630 de Gran Bretaña y de los poco más de 30.000 de Francia o Alemania.

Conclusión

Cuando la producción empezó a acelerarse, muchos no se lo creían. “Economía suflé”, la llamaban, o “recuperación sin empleo”, porque en este rubro se tardó en mejorar. Pero cuando comenzó a hacerlo desaparecieron los comentarios despectivos, y se acumulaban los que hablaban del nuevo “milagro económico”. En economía no hay milagros: si alguien utiliza esa expresión es porque no tiene explicación para los fenómenos que ocurren ante sus ojos. Pero la hay.

En primer lugar, el evidente fracaso del modelo que espera del Estado el desarrollo económico llevó a los responsables irlandeses a optar por un cambio de rumbo, más favorable a la iniciativa individual. Estas reformas no surgieron de la convicción íntima en la capacidad de la sociedad para gestionar sus asuntos, sino de la mera necesidad, del vértigo que producía el abismo económico que se avecinaba. Pero no cabe duda de que el éxito de Estados Unidos y Gran Bretaña debilitó muchas resistencias. Súmese a ello que, desde la concesión del Nobel a Hayek en 1974, por elegir una fecha, las ideas liberales sobre la economía comenzaron a tomar impulso, en coincidencia con el fracaso histórico del keynesianismo.

El Gobierno de 1987 pudo introducir unas reformas fiscales que ayudaron a aumentar la inversión extranjera. La irlandesa se incorporaba con total decisión a la economía mundial, con grandes empresas foráneas, principalmente estadounidenses, produciendo en suelo irlandés para la exportación. No olvidemos que Microsoft tiene allí su centro mundial para la distribución de sus productos. Esa integración económica ha forzado la desregulación de ciertos mercados, como el aéreo o el de las telecomunicaciones, con resultados más que notables.

Pero el éxito estaría lejos de ser completo si no fuera porque en Irlanda el Estado de Derecho está perfectamente asentado y los contratos privados no quedan en el aire, o al albur de los juegos políticos.

Se puede salir de la relativa pobreza en una sola generación. Eso es, precisamente, lo que ha hecho Irlanda.

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