Romney y el reto de volver a ser él

Romney y el reto de volver a ser él

 

El aspirante republicano a la presidencia Mitt Romney se dirige a sus partidarios en un acto de campaña en el hotel Radisson, en Manchester, New Hampshire, el martes pasado.
El aspirante republicano a la presidencia Mitt Romney se dirige a sus partidarios en un acto de campaña en el hotel Radisson, en Manchester, New Hampshire, el martes pasado.

Chip Somodevilla / Getty Images

Vicente Echerri

Con el anuncio de que Newt Gingrich abandonará la semana próxima su campaña por la nominación presidencial del Partido Republicano, la unción de Mitt Romney como el candidato de ese partido que ha de enfrentarse al presidente Obama en noviembre ya puede darse por sentada. A menos que algo malo le pase (Dios no lo permita) o que un escándalo imprevisto lo descarrile, las próximas elecciones generales serán un match de Obama vs. Romney. El carácter del sistema presidencialista resalta este encuentro de personalidades –con todas las flaquezas que conlleva. Aunque se insista en lo contrario, los votantes participan casi en un concurso de simpatía, no muy diferente de American Idol.

En esta pugna electoral parecería, a simple vista, que las ventajas están de parte de Romney, empezando por su apariencia. Un ex gobernador de Massachusetts (estado donde hizo una gestión impecable y donde aún se le admira por su moderación) y exitoso empresario, que se ha preparado por más de cinco años para esta puja por la Casa Blanca, frente a un presidente que apenas si puede exhibir algún logro y que, electo con tantas expectativas y buenos auspicios, puede verse ya como un fracaso.

Sin embargo, no es Obama el único que se acerca agotado a este encuentro. Mitt Romney, con sobradas credenciales para presentarse como candidato de las mejores aspiraciones de la nación, ha desgastado su capital político en las cuantiosas concesiones que le ha hecho a los extremistas del Partido Republicano –religiosos fanáticos, tea partiers y gente aún peor– que lejos de ser conservadores, como se autoproclaman, en verdad son anarquistas que aspiran, aunque no lo confiesen o incluso ni siquiera lo sepan, a la destrucción del Estado.

En estos largos meses de lo que acaso ha sido la más devastadora campaña primaria que haya llevado a cabo partido alguno en la historia de este país, Romney ha llegado al primer lugar hecho jirones, rechazando muchas posiciones que alguna vez, siendo gobernador, defendiera con convicción: el sistema universal de salud, la necesidad de regular más firmemente la propiedad y portación de armas de fuego, una mayor neutralidad del Estado en la libertad de la mujer para decidir su maternidad… Estas y otras opiniones que formaban parte de su trayectoria política ha tenido que irlas abandonando en la ardua y encarnizada competencia por la nominación, al extremo de verle acudir a rendir pleitesía en los foros del trogloditismo, como son ciertas convenciones evangélicas o las reuniones de la National Rifle Association.

Sería bueno que ahora, que se vislumbra como el nominado indiscutible del Partido Republicano, Mitt Romney tratara de recobrar el centro y hacerse atractivo para la mayoría del electorado, que no comulga con la demagogia de los demócratas y que está madura, en mi opinión, para un auténtico conservadurismo.

Algunos analistas predicen que esta recuperación ya es imposible y que el candidato republicano tendrá que enfrentarse a Obama en noviembre envuelto en una ideología que no es la suya y como expositor de unos principios en los que no cree. A mí, en cambio, me parece que aún tendría la oportunidad de hacer ese giro en busca de su propio carácter y presentarse ante todos los votantes como el político humanitario y mesurado que siempre ha sido y como un auténtico conservador, es decir, un defensor del orden social y las instituciones. Si no es capaz de asumir este papel no exento de riesgos, es muy probable que el presidente Barack Obama resulte reelecto como la menor de dos desgracias o dos mediocridades.

 

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