El dilema de Mitt Romney

El dilema de Mitt Romney

 

El candidato presidencial republicano Mitt Romney ganó el martes las primarias en Pennsylvania. Romney ha manifestado un giro en su postura hacia la inmigración.
El candidato presidencial republicano Mitt Romney ganó el martes las primarias en Pennsylvania. Romney ha manifestado un giro en su postura hacia la inmigración.

Jae C. Hong / AP

Daniel Morcate

Presten atención, estimados lectores, a la contienda presidencial, porque están a punto de conocer a un Mitt Romney que no conocían y por el que no votaron aquellos de ustedes que votaron por él en las elecciones primarias. Es un Romney que de pronto ya no detesta a los inmigrantes indocumentados, parece dispuesto a escuchar sus dramas personales e incluso a considerar posibles soluciones blandas a los problemas que enfrentan y causan al país. Este es el Romney devenido virtual candidato presidencial republicano quien ya no tiene que apelar al voto de los histéricos, resentidos y racistas de su partido en cada estado para subirles la parada antiinmigrante a sus rivales del GOP. Y es el Romney que sabe que va a necesitar una buena tajada de votos hispanos si realmente aspira a ganarle las elecciones al presidente Barack Obama en noviembre.

Con chulería antiinmigrante, actitud inusual en un aspirante serio a la presidencia de Estados Unidos, el viejo Romney se comprometió a rechazar cualquier reforma migratoria que proponga una vía a la legalización y el Dream Act para jóvenes indocumentados; también respaldó las severas leyes migratorias de Alabama y Arizona, y a esta última incluso la proclamó “un modelo” para la nación; buscó el asesoramiento del secretario de Estado de Kansas, Kris Kobach, uno de los autores de esas medidas escandalosamente discriminatorias; suscribió incluso su filosofía de la “autodeportación”, es decir, la idea de hacerles la vida a los indocumentados tan miserable que ellos mismos busquen marcharse del país; e hizo manitas con torvos perseguidores de inmigrantes, como el inefable alguacil de Maricopa, Joe Arpaio. Nadie podía dudar de las credenciales de “duro” de Romney contra la inmigración ilegal. Hasta ahora.

Pasen la página, lectores amigos, y descubran al nuevo Romney, quien la semana pasada viajó a Arizona, no para tronar como de costumbre contra los indocumentados, sino para “escuchar” a dirigentes estatales que han tenido experiencia con ellos, especialmente a líderes hispanos. Un nuevo Romney que ahora reconoce que sin el voto hispano no puede ganar la presidencia; y que reclama “una alternativa republicana” al Dream Act que él mismo tanto desdeñara, iniciativa que su partido ha confiado al senador Marco Rubio. La propuesta de Rubio, al parecer, permitiría a estudiantes indocumentados permanecer en el país con visas especiales, solicitar licencias de conducir y aspirar a la residencia; pero, a diferencia del Dream Act original, no les autorizaría a buscar una senda especial hacia la ciudadanía ni les permitiría votar. De ahí que el New York Times la calificara de “ley del sueño sin el sueño”.

El surgimiento del nuevo Romney plantea dilemas peliagudos. Uno es para los defensores de los inmigrantes y muchos votantes hispanos. Me refiero a la disyuntiva de si deben darle la bienvenida a su súbita conversión o si por el contrario deben rechazarla como el clásico viraje oportunista de un político capaz de hacer y decir cualquier cosa con tal de ganar una elección. El nuevo Romney también plantea un dilema complejo para sí mismo. Es el de si debería continuar moderando su postura hacia los inmigrantes para conquistar votos hispanos o si por el contrario debería regresar a la línea intransigente para no perder el apoyo de los extremistas. Estos, por cierto, le acaban de lanzar las primeras advertencias. “Cualquier cambio en estas posturas”, dijo William Gheen, director de ALIPAC, grupo que combate la inmigración ilegal, “destruiría su credibilidad, alienaría a los votantes conservadores norteamericanos que son más numerosos que los votantes latinos y ejercería las mismas presiones sobre Romney que destruyeron las campañas de John McCain y Rick Perry”.

La violenta retórica antiinmigrante en las primarias ostensiblemente ayudó a Romney a superar a sus contrincantes republicanos. El hombre logró sonar más papista que el Papa. Pero también se tendió una trampa dificilísima de sortear. Un resultado es que apenas 14% de los votantes hispanos lo prefieren sobre Obama, según un reciente sondeo de Fox Latino (expertos estiman que necesitará más del 33 % de esos votos para ganar). Otro resultado es que tendrá que escoger entre los votos hispanos y los de los extremistas. Pudiera parecer un simple problema matemático. Pero yo creo que es más bien un reto electoral potencialmente insuperable.

 

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