América Latina: el motín de los dinosaurios

América Latina: el motín de los dinosaurios

Por Alvaro Vargas Llosa

El Mundo.es

Me ha vuelto a la mente el hermoso título de un libro de Carlos Raúl Hernández -‘El motín de los dinosaurios’- pensando en cómo un grupo minoritario de gobiernos de la izquierda carnívora (por oposición a la izquierda y la derecha vegetarianas) están secuestrando las relaciones y la imagen de América Latina de cara al mundo. Esto, en el mejor momento político y económico de la historia contemporánea de aquella zona del globo.

Hace muy pocos días, el puñado de aliados de Cuba, todos ellos debilitados por sus crisis respectivas, impidieron que la Cumbre de las Américas, escenario en el que la región dialoga con Estados Unidos y Canadá para pensar el futuro común, produjera un documento final. Con el pretexto de que es inadmisible la no participación de Cuba, una dictadura de 53 años que viola la Carta Democrática de la OEA, frustraron la reunión. Ya lo habían hecho en ocasiones anteriores. Por culpa de ellos no se pudo aprobar, en 2005, en la misma cita, el Área de Libre Comercio de las Américas que hubiera permitido avanzar hacia un continente con libre circulación de bienes, capitales, ideas y quizá, algún día, personas.

Casi inmediatamente después del fiasco de Cartagena, la señora Cristina Kirchner, que también había armado un berrinche en la Cumbre de las Américas porque los demás no se plegaron a su exigencia de hacer causa común con su muy reciente reclamo sobre Las Malvinas, decidió dar el zarpazo contra la filial de Repsol y, a juzgar por el lenguaje de baja estofa, el asalto a la sede de la empresa y la expulsión perentoria de los ejecutivos salientes, contra España. Esto, luego de ir a la greña con el Reino Unido desde diciembre pasado.

Y así llevamos algunos años en que, a pesar de que las dos mayores economías latinoamericanas, Brasil y México, y la mayor parte de países de la región están en manos de líderes razonables, resulta imposible fijar unas pautas de relación exterior colectiva desacomplejadas y modernas. Los Chávez, los Kirchner, los Morales, los Correa y los Ortega logran, para felicidad de La Habana, impedir que la izquierda y la derecha vegetarianas prevalezcan en las cumbres y, por supuesto, en la conducción del organismo hemisférico, la OEA, que se supone debería expresar los valores liberales del continente.

¿Qué está pasando? Esencialmente, la capitulación de los demás. Por temor a las repercusiones internas, por falta de visión regional, y por creer que el daño lo sufren sólo los gobiernos que así se comportan, países como Brasil, México, Chile, Perú, Colombia y Uruguay, entre otros, prefieren no tomar el control de la imagen colectiva del continente ante el mundo. A lo cual se añade otra razón: ciertos países de la izquierda vegetariana, incómodos por haber abandonado sus raíces ideológicas, sienten un placer compensatorio en ver a sus pares carnívoros hacer de las suyas.

Todo esto ha contribuido a que Estados Unidos se desentienda de América Latina en términos políticos (quizá también a que el servicio secreto del mandatario estadounidense creyera hace pocos días que Cartagena era un burdel en lugar de la hermosa ciudad colonial de un país que progresa asombrosamente) y a que las relaciones con Europa se vayan tensando cada vez más.

Los dinosaurios están amotinados y se echa en falta un capitán a bordo que retome el control del barco.

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