Comercio exterior y devaluación

Comercio exterior y devaluación

Con motivo de la actual crisis no son pocos los economistas que apuestan por una devaluación/depreciación de la moneda nacional, con el objetivo de ganar competitividad en los mercados internacionales e incrementar las exportaciones dando uso a los factores ociosos, y permitiendo por lo tanto mitigar el problema del creciente desempleo. Ante la luz verde de la academia, los políticos más avezados se lanzan a la aventura, no siempre acabando ésta en buen puerto. ¿Es esta extendida visión correcta? ¿Son todos los efectos los esperados por las medidas? Intentaremos dar solución a lo largo de este artículo a estas cuestiones.

El sentido económico de la devaluación

Como diría el gran economista francés Frederick Bastiat, lo que diferencia al mal economista del buen economista al enjuiciar una circunstancia económica es que el primero tan solo es capaz de ver los efectos inmediatos (lo que se ve), mientras el segundo es capaz de hacer abstracción de aquello que habrá de provocar la circunstancia de forma mediata (lo que no se ve). Al tratar el tema del comercio internacional y su relación con los mercados de divisas, estamos ante un claro caso en el que se tienden a infravalorar los efectos mediatos, mientras que se sobrevaloran los inmediatos.

Partimos de una situación de crisis, de una economía en la que existen trabajadores parados y parte de la economía anquilosada, la demanda interna esta congelada (posiblemente aumentando su ahorro y desapalancándose después de los excesos crediticios pasados orquestados por el banco central). Las empresas, en la medida de lo posible intentan vender al exterior, pero los productos nacionales no son competitivos fuera de las fronteras.

La lógica económica inserta en la devaluación no es en absoluto complicada. Al decretar una devaluación, automáticamente todos los saldos, rentas, patrimonios, sueldos, etc… quedan reducidos a una porción de su anterior valor en relación con sus equivalentes en el exterior. Por tanto, si esta devaluación es suficientemente grande, los bienes y servicios que antes no eran atractivos para el consumidor exterior se convierten, de la noche a la mañana, y gracias a una gran bajada en el precio, en una buena opción. Esto provocará un gran aumento de las exportaciones, conllevando un uso de los factores productivos antes ociosos en el sector de bienes exportables. Además, ahora a los consumidores nacionales les cuesta mucho más adquirir bienes del exterior, por lo que se volverán a producir dentro de las fronteras bienes que antes se importaban, con el consiguiente nuevo aumento en el empleo de factores. Estos son los efectos “que se ven”, los más inmediatos, los que una mayoría de economistas propugnan. Siendo todos ellos ciertos, no es menos cierto que existe una innumerable serie de factores que aquí no se están teniendo en cuenta.

Los efectos destacados anteriormente se pueden vestir y aderezar todo lo que se quiera con un ropaje matemático y econométrico que deje satisfechas las conciencias de los más inquietos economistas, pero la lógica interna de la devaluación es la expuesta más arriba, a saber, rebaja por decreto de todos las rentas, para competir en el sector exterior con unos costes más reducidos. Esto es lo previsto, es decir, “lo que se ve”, pero, ¿existe algo más detrás de esto?

Consecuencias imprevistas

Como punto de partida hemos de señalar que si bien se pretende hacer hincapié y señalar todo aquello que no se ve, las consecuencias imprevistas y generalmente mediatas de cualquier intervención en política económica y en general en el proceso social son inmensas, y además relacionadas con una multitud de factores casi infinitos, entre ellos por supuesto, otras intervenciones en política económica (aunque sean de otra índole). Es por ello que resulta del todo imposible tener la certeza de incluir todo lo relevante para la cuestión.

Empobrecimiento relativo de los perceptores de rentas en moneda nacional

Como se ha señalado anteriormente, la devaluación hace mella en todas las rentas que se perciben en la moneda nacional, o lo que es lo mismo, hace que los términos del intercambio empeoren para los perceptores de la moneda objeto de devaluación. Tenemos acceso a una porción menor de bienes producidos en el extranjero, mientras que los extranjeros consiguen acceso a una porción mayor de bienes producidos en el interior, por decirlo de una manera un poco tosca, a partir de la devaluación, los extranjeros “nos quitan” más bienes producidos en el mercado doméstico, mientras que nosotros “les quitamos” menos bienes producidos en sus respectivos países.

Desde luego como idea para enriquecer a los ciudadanos de un país parece un poco insensata. Si antes de la devaluación el país importaba vehículos japoneses a pesar de fabricar en suelo nacional, significa que al menos una parte de los consumidores valoran más los coches nipones que los nacionales, si se impone un sobreprecio a los primeros por medio de una devaluación se reducirán las opciones de consumo del ciudadano nacional coartando en parte su libertad para elegir aquellos productos que más le satisfagan. Si para un individuo el vehículo japonés a igualdad de circunstancias satisface mejor sus necesidades y además puede conseguirlo a mejor precio, el hecho de devaluar su moneda puede hacer al vehículo nacional más atractivo y optar por su compra, o incluso puede hacer que el consumidor nacional opte directamente por no comprar ninguno de los dos, en cualquier caso es claro que su situación es menos favorable que antes de la devaluación. En cambio al consumidor japonés puede que ni siquiera se le hubiera pasado por la cabeza consumir un coche español, pero teniendo en cuenta su nuevo reducido precio es posible que opte por el, si así sucede (y marginalmente sucederá) se puede decir que el consumidor japonés ha conseguido una mejora adicional gracias al sacrificio del consumidor español, se ha producido una transferencia de riqueza de los consumidores interiores hacia los consumidores exteriores.

Destrucción de la división del trabajo y empobrecimiento generalizado

Teniendo en cuenta los efectos inmediatos comentados en el primer punto del presente trabajo y tomando en consideración la visión generalizada de aumento de competitividad que rodea a la práctica de la devaluación, es lógico y perfectamente comprensible que los gobernantes, en su afán de solventar los problemas lo más rápido posible tomen medidas tendentes o bien a la devaluación, o bien a una depreciación inducida. Ante esta situación, podría parecer que todo país que devalúa se va a encontrar en mejor situación, al menos de manera agregada, con un mayor nivel de empleo de los factores antes no utilizados (de forma individual acabamos de ver como se produce una transferencia de riqueza del interior al exterior).

Si toda la cadena de valor de una economía estuviera concentrada dentro del propio país, lo anterior podría tener sentido (aunque como veremos más adelante solo transitoriamente), sin embargo ocurre que en la realidad, y gracias al proceso de globalización, las diferentes etapas del proceso productivo puede que se encuentren situadas en lugares muy distantes. Si esto es así, cualquier divergencia entre el valor de las divisas en las diferentes etapas tendrá un efecto muy perjudicial para la economía. En efecto, si una empresa importa materias primas o productos semi-elaborados para posteriores transformaciones o ensamblaje en territorio nacional, esta empresa verá incrementado el precio que ha de pagar por estas importaciones, por lo que la ganancia en competitividad, que en realidad será solo en costes, se verá reducida notablemente.

Lo que si que es cierto es que a partir de la devaluación, bienes que antes se producían en el exterior y se importaban pasará a ser rentable empezar a producirlos en el interior debido al aumento en el coste de las importaciones, llegados a este punto, podríamos preguntarnos, ¿Qué impulsaba que consumidores o productores importaran estos productos? La respuesta es que los extranjeros son capaces de producirlos de una manera más eficiente que nosotros, es decir, o bien con la misma cantidad de factores de producción son capaces de conseguir una producción mayor o de más calidad (o ambas), o puede que con una cantidad menor de factores sean capaces de conseguir una producción equivalente. Las razones de esta mayor eficiencia pueden ser muy variadas (por ejemplo es difícil imaginar que las mismas naranjas se produzcan en Valencia o en Islandia). Si nos empeñamos en producir nosotros mismos lo que otro puede hacer con un esfuerzo relativo mucho menor lo que en realidad estamos haciendo es desperdiciar valiosísimos recursos que estarían empleados mucho mejor en otras ramas productivas. En otras palabras, estamos detrayendo recursos de las ramas en las que mayor ventaja comparativa tenemos para dedicarlos a aquellas en las que comparativamente peor realizamos, en vez de incentivar el comercio y el mutuo intercambio beneficioso, privamos a los extranjeros (y a nosotros mismos) de aquello que mejor elaboramos, a la vez que nos privamos a nosotros mismos de lo que los extranjeros realizan mejor.

La desventura no acaba aquí, sino que nuestros propios vecinos, y ante los efectos tan incomprendidos de la medida, pueden optar por hacer exactamente lo mismo que acabamos de hacer nosotros, es decir devaluar su propia moneda buscando los aparentes mismos beneficios que obtenemos nosotros. Exactamente el mismo proceso se dará en su país, a saber, detraerán recursos de lo que mejor saben hacer para dedicarse a lo que comparativamente peor hacen. En definitiva, puede parecer que si todo el mundo devalúa su moneda todos están mejor, sin embargo un análisis económico algo más exhaustivo nos muestra que los resultados de tan infausta medida es una erosión del principio esencial económico de la división del trabajo (o división del conocimiento), que por fuerza ha de traer un empobrecimiento generalizado de quienes caen en las garras del cortoplacismo económico.

Inevitable subida de precios

La supuesta ganancia de competitividad que provoca una devaluación es una ganancia exclusivamente transitoria, centrada en una disminución artificial del término de intercambio que acabará revirtiendo, volviendo a sacar a la luz, e incluso empeorando los problemas estructurales de cualquier economía. Efectivamente el aumento temporal de exportaciones se dará aunque nada en las condiciones de producción haya cambiado, es decir, no hay ningún ingenio empresarial nuevo, ni un descubrimiento de necesidades insatisfechas, ni ha habido una innovación tecnológica, ni un mejor aprovechamiento de factores, todo se reduce tan solo a un factor puramente monetario. Ante la súbita nueva demanda de bienes internos, se producirá paralelamente una mayor entrada de divisas en el país, esto tenderá a provocar una inflación que lleve al alza los precios internos, con la consiguiente nueva pérdida de competitividad en mercados externos.

Podría pensarse que durante este proceso lo único que ha ocurrido es que ha habido más personas trabajando y por tanto se ha creado más riqueza que en ausencia de la medida, sin embargo, las personas contratadas lo han sido por error, en sectores en los que nunca debieron ser contratadas, es decir, se han llevado factores productivos a sectores que no son viables, o que tan solo lo son en función de nuevas devaluaciones. Además de personas contratadas en proyectos inviables, se han producido bienes de capital y han sido puestos a disposición de estos proyectos, y en la medida en que estos no sean convertibles, habremos desperdiciado ingentes recursos materiales, tal y como se explica en el siguiente punto.

Bienes de capital y tiempo

Una de las consecuencias de la devaluación, tal como se ha indicado anteriormente, es que bienes que antes no era rentable producirlos en el interior, y gracias al impuesto oculto que supone el encarecimiento de las importaciones, se convierten, de la noche a la mañana en lucrativos negocios. Pero la puesta en marcha de una producción anteriormente inexistente, o bien un aumento considerable en la producción de un producto que ya se producía no es algo que se pueda ser llevado a cabo sin más inmediatamente. Suponiendo que no existe una perfecta convertibilidad de los bienes de capital, y es perfectamente comprensible suponerlo (una cementera no sirve para transportar viajeros y un avión no sirve para fabricar cemento), podemos afirmar que la fabricación de estos productos que antes se manufacturaban en el exterior llevará un periodo de tiempo más o menos prolongado que se produzcan en territorio nacional. Este periodo va a depender de las etapas productivas que preceden al bien en cuestión, y de si estas ya eran llevadas a cabo internamente o no. En cualquier caso, para la nueva producción se necesitará detraer recursos de otras ramas productivas no solo en la elaboración del propio producto, sino también en la de los bienes de capital necesarios para fabricarlos.

Perpetuación de los problemas

Una forma de ver a la crisis económica es como el proceso que permite sanear y restructurar el conjunto de malas inversiones producidas en la época de la exuberancia crediticia, es decir, los oferentes de bienes y servicios se adaptan a las exigencias de los consumidores. Este es un proceso en el que necesariamente ciertos empresarios deben abandonar modelos productivos que ya no son rentables, asumiendo que los bienes de capital que permitían la producción de las ramas no viables apenas tienen ahora un valor que es una pequeña fracción del valorado anteriormente. En otras palabras, se tiende a reajustar los precios de ciertos factores a la baja (los menos valiosos para los consumidores), mientras que otros tenderán a subir su precio (aquellos más valorados por los consumidores), los procesos productivos que menos valor creen deben liberar factores para que puedan ser empleados en aquellos usos que más aprecian los consumidores.

Como ya hemos mencionado en varias ocasiones, una devaluación provoca una disminución del valor por igual en todos los factores productivos en relación con el exterior, es decir vuelve a hacer rentables transitoriamente los negocios que antes no lo eran y por lo tanto, los factores productivos que deberían ser liberados para acudir a otros procesos productivos serán conservados por los tan solo temporalmente rentables negocios. Se impide el necesario reajuste de la economía, haciendo que los factores estén retenidos en procesos que son incapaces de crear valor, y que tan pronto aumente la inflación se volverá a hacer patente su incapacidad para mantenerse sin nuevas devaluaciones.

Estabilidad cambiaria

Si algo diferencia al comercio exterior del comercio interior es precisamente la unidad de cuenta empleada en las transacciones, a nadie parece importunar que la región de Murcia pueda tener una “balanza comercial deficitaria” en relación con sus vecinos de Alicante, y es que los agentes económicos de ambas regiones pueden coordinarse de manera muy efectiva, cualquier desequilibrio que se pueda dar, va a tender a corregirse automáticamente, ya que suponiendo un intercambio exclusivamente bilateral, esa balanza comercial deficitaria es harto difícil que dure por siempre (en ausencia de subvenciones y redistribuciones de renta), ya que los alicantinos tarde o temprano exigirán una contrapartida por los bienes y servicios proporcionados a sus vecinos.

Existe también el riesgo que conlleva las posibles fluctuaciones en el tipo de cambio y que dificultan el cálculo económico de los agentes. Si los empresarios en sus transacciones tienen que calcular y hacer predicciones sobre otras unidades de cuenta en diferentes regiones, se entorpece su coordinación y se complica la división del trabajo y el mutuo intercambio beneficioso. Si además esta decisión queda a la arbitraria decisión de una persona o grupo de personas, mayores desincentivos y peligros conllevará realizar intercambios entre diferentes zonas geográficas.

Es por ello que el sistema que mejor coordina internacionalmente a los agentes será aquel que proporcione la mayor estabilidad en el tipo de cambio, y en última instancia esto es cumplido más diligentemente por el sistema que hace que todos los agentes tengan la misma unidad de cuenta, esto es, el patrón oro. En efecto, aunque existen muchas otras razones y muy poderosas para la vuelta hacia el patrón oro, la estabilidad internacional en el tipo de cambio y la necesaria coordinación internacional de los agentes para extender la división del trabajo (conocimiento) tanto como sea posible, es un argumento adicional para volver a utilizar el oro como base monetaria.

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