Argentina, una lección de lo que no se debe hacer

Argentina, una lección de lo que no se debe hacer

GODOFREDO RIVERA

En 1895 el ingreso per cápita de la Argentina  era similar al de Bélgica, Alemania y Holanda, y superior al de Austria, Italia, Noruega, España, Suecia y Suiza. Durante las tres décadas siguientes, Argentina prosperó de manera espectacular que llegó a ser considerado de entre los 10 países más ricos del orbe. Sus ricas planicies, ideales para la producción agrícola, hacía muy rentable invertir en ese país. Los salarios eran tan atractivos que los trabajadores del sur de Europa atravesaban el Atlántico para trabajar aunque fuera unos cuantos meses en la Argentina durante la temporada de cosechas.

 

Impulsado por sólidas exportaciones agrícolas, capitales extranjeros (esos que ahora huyen y huirán más a medida que avance el socialismo en esa nación) y por la masiva inmigración desde Italia y España, el crecimiento económico argentino figuró de entre los más altos del mundo entre 1870 y 1930.

 

¿Cuál fue el secreto que llevó al desarrollo pleno de la Argentina? Sencillo, en esta página lo hemos demostrado contundentemente: la sólida definición de los derechos privados de propiedad, el mínimo intervencionismo gubernamental y una economía de libre mercado abierta al resto del mundo. Argentina era un país capitalista con instituciones y leyes que garantizaban la prosperidad.

 

Lamentablemente, llegó la gran depresión de los años treintas y el proteccionismo comercial se impuso de modo tan implacable en EU y Europa, que sembraron el caldo de cultivo para la llegada de regímenes populistas totalitarios como las dictaduras militares y el llamado peronismo (por Juan Domingo Perón, un  populista y fascista de la derecha). Durante los años cincuentas estos regímenes represores y socialistas convirtieron al sano capitalismo argentino de libre mercado, en uno de capitalismo de Estado, en donde éste expropió a la industria de los ferrocarriles, de aviación, a los bancos y a otras muy diversas empresas del sector privado (muy al estilo de lo que quiere hacer el peje si llega al poder).

 

Aunado al estatismo enfermizo, las políticas fiscales y monetarias irresponsables llevaron a ese país a niveles de elevado endeudamiento e hiperinflaciones crónicas. Fue el proceso perfecto para involucionar del desarrollo al subdesarrollo. Argentina ya no era más la nación rica sudamericana (y una de las más prósperas en América junto con EU y Canadá), sino un país latinoamericano más del tercer mundo.

 

Definitivo, en donde se impone el socialismo (el Estado asume el control total o cuasi total de los medios de producción), se termina la prosperidad y se asfixian las libertades económicas y políticas más esenciales.

 

En los años noventas, del siglo pasado, el colapso soviético reavivó el ánimo capitalista, y bajo el régimen del presidente argentino, Saúl Menem, se reiniciaron diversas reformas de mercado. Después de la hiperinflación de 1989, Argentina comenzó un proceso de estabilización monetaria (se instauró una especie de caja de conversión, para supuestamente evitar que el gobierno  imprimiera billetes irresponsablemente a través del banco central), se reprivatizaron numerosas empresas paraestatales y se liberalizaron los mercados con el resto del mundo. Resultado de estas medidas capitalistas, Argentina regresó a la vía del crecimiento. Entre 1991 y 1994 la economía tuvo un espectacular crecimiento promedio de 30% y la productividad creció en promedio a una tasa del 6% anual.  Parecía el regreso de la Argentina al primer mundo. Lamentablemente, jamás hubo candados sólidos al equilibrio fiscal y los gobiernos de las provincias comenzaron a gastar irresponsablemente, de tal modo que para finales de los noventas y principios del actual siglo, Argentina se encontraba muy endeudada, y lo peor, el gobierno rompió el candado monetario y discrecionalmente se puso nuevamente a imprimir billetes, lo que aunado a la fuga de capitales, llevó a la devaluación (de golpe) del peso argentino en más de 200%. Para el año 2001, Argentina tuvo una caída en el ingreso per cápita a niveles de los años de 1992 y 1993. Otra vez el subdesarrollo.

 

¿El culpable? Como siempre, la superficialidad aflora en los políticos (y se refleja en los mismos electores), y lo más fácil era culpar al mal llamado neoliberalismo (que para la izquierda significa capitalismo de libre mercado; lo detestan porque achica al Estado que tanto adoran) de todos los males y regresar nuevamente al populismo estatista.

 

A los argentinos se les olvida que la caída de su economía no se debió a las reformas de libre mercado, sino a factores externos como la crisis de México de 1994 que contagió a otros mercados y las secuelas de la crisis de Asia, y sobre todo, la crisis argentina fue causada por gobiernos gastalones que se tragaron toda la riqueza creada por las reformas de libre mercado. Las causas de la debacle argentina están en la irresponsabilidad fiscal, en el rompimiento del orden monetario, así como en el estatismo enfermizo (vía los numerosos controles de precios impuestos a las empresas privadas energéticas), no en las reformas de libre mercado.

 

Lamentablemente ello llevó al país sudamericano a revivir el socialismo ramplón mediante la llegada al poder de los socialistas Kirchner.

 

Durante la etapa de los Kirchner, el gobierno ha impuesto numerosos controles de precios, ha elevado los subsidios y el gasto público, ha elevado los impuestos a las empresas más prosperas, ha regresado al proteccionismo comercial (retomando los sofismas del argentino Raúl Prebish), ha robado el ahorro de los trabajadores (la confiscación de las pensiones privadas, vil robo), ha reestatizado empresas, ha revivido la inflación, ha maquillado las cifras macroeconómicas (Argentina crece pero con inflación elevada, lo que es tramposamente negado por el gobierno) y la última, ha realizado el robo accionario a la empresa petrolera española Repsol (empresa privada).

 

Si el gobierno argentino cree que el descubrimiento de grandes yacimientos de gas, justifica que el Estado se apropie del recurso natural para volverse una nación rica, se equivoca rotundamente. Deberían de revisar el caso mexicano de la expropiación petrolera. De cómo el petróleo, lejos de ser un factor que haya llevado a México al desarrollo económico pleno, lo ha mantenido en el subdesarrollo; la propiedad estatal es el principal obstáculo para que ésta empresa opere de manera rentable. Si no fuera por el precio altísimo y por la ventaja comparativa que permite extraer crudo a bajo costo, desde hace años Pemex ya habría desaparecido. Hoy su quiebra técnica sólo es sostenida por los contribuyentes. Sin impuestos que mantengan a Pemex ya habría quebrado y salido del mercado.

 

Para los mexicanos el caso argentino debe ser una lección, debemos votar por el candidato menos estatista (que definitivo, no es el socialista López Obrador), tener la conciencia de jamás regresar al populismo monetario y fiscal, y por sobre todo, saber de la importancia de la sólida protección de los derechos privados de propiedad, Recordar (lo que olvida el gobierno argentino) que cuando un país otorga, vía un marco institucional vigoroso, sólidos derechos de propiedad, entonces se crea un escenario que favorece el surgimiento de patentes, innovaciones, que hace que todos los activos económicos se vuelvan muy valiosos. Lo anterior se traduce en que los bancos e inversionistas, nacionales y extranjeros, buscan adquirir estos activos y/o expandirlos vía créditos, lo que se traduce en cuantiosas inversiones que hacen que las naciones prosperen y se vuelvan desarrolladas. Hacer lo contrario, como expropiar empresas sólo siembra las semillas del subdesarrollo.

 

Definitivo, Argentina, una lección para México. Una lección sobre lo que NO hay que hacer en materia económica.

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