Capitalismo global y anarquía: Caída del Estado-nación y surgimiento del Estado-empresa

Capitalismo global y anarquía: Caída del Estado-nación y surgimiento del Estado-empresa

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Escrito e ilustrado por Enrique Fonseca. Una primicia para Anarquista 101, archivo completo aquí en PDF.

Mi artículo sobre globalización y anarcocapitalismo. En realidad es un trabajo de clase que me gustó como quedó. Cada vez que lo leo le encuentro más erratas y algún día me gustaría revisarlo y ampliarlo. No obstante tiene cosas curiosas y, sobretodo, creo que da una visión bastante original no solo para los estudiosos de geografía política que no hayan oído hablar de anarcocapitalismo sino también para los anarcocapitalistas que no hayan leído nada sobre geopolítica.

Pienso que este ensayo literario será especialmente útil -si se lee de principio a fin sus breves 22 páginas con ilustraciones – para aquellos cuya formación no esté muy familiarizada con el lenguaje de abogados, economistas y filosofos, como pueden ser periodistas, artistas, técnicos y comerciales.

He subtitulado a Capitalismo global y anarquía con provocación con aquello de los “Estados”, el por qué de esto lo aclaro en el transcurso del texto. Señalo las oportunidades favorables que da la globalización al anarquismo, como son las formas avanzadas de organización en empresas que apuntan hacia nuevas formas de gobierno sin estado y sociedades con leyes privadas acordadas entre sus socios.

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Introducción

Un sol de estos que pican en la nuca. El paisaje de una película del Oeste, atravesado por una carretera infinita por donde pasaban coches viejos. Delante de mí, un cartel de Marlboro. A mi derecha un poste de Texaco. Estaba en un pueblo de mala muerte en Túnez. Era verano del 2005 y me tomaba una Coca-Cola en lo más parecido que hay al culo del mundo. Ahí fue donde me di cuenta de lo que realmente significaba el capitalismo global.

Era un bar cutre de carretera situado en el Túnez profundo donde probablemente su clientela habitual fueran musulmanes de los de toda la vida. De los de cinco oraciones diarias, no beber alcohol y cagarse en la puta que parió a los Estados Unidos. Sin embargo, todos ellos fumaban Marlboro y vestían polos de Benneton. Me sentía como en casa. Porque realmente mi cultura no es la del Cid Campeador ni Santiago-y-cierra-España. Ni siquiera me afecta si Benedicto XVI dice esto o lo otro. A decir verdad, la cultura que consumo a diario tiene más que ver con “Welcome to Marloboro Country” que con todo lo antes citado. Así que no es raro que me sintiera tan identificado con Salif, tunecino con el que me trincaba la Coca-Cola y compartía un truja –alguien llamaría a esto un intercambio cultural- mientras charlábamos sobre David Linch, Madonna y lo buenísima que está Aria Giovanni. Hablábamos el mismo idioma (y por idioma no me refiero a lenguaje). Porque ambos somos hijos de una cultura global.

En nuestra conversación no hubo tiempo para hablar sobre el estado tunecino. Ni sobre su opinión acerca de George Bush. Y muchísimo menos tocamos el tema de las relaciones entre España y Túnez. Es más, estoy seguro de que no había ningún acuerdo entre nuestros dos estados que hiciera posible mi entendimiento con Salif. La cultura que compartíamos venía única y exclusivamente de que ambos habíamos elegido, libremente, consumir los mismos productos. Ambos éramos clientes de las mismas empresas. Empresas transnacionales cuyos servicios satisfacen nuestras necesidades sin importarnos su nacionalidad. Benneton, Coca-Cola o Ikea, sólo importa lo competitivas que pueden ser en un mercado global, sin fronteras físicas ni virtuales. Por supuesto, Salif y yo teníamos nuestras diferencias culturales. Pero no eran fruto de una simple circunstancia nata sino de nuestras propias preferencias. Porque hoy día, citando a Thomas Friedman, “la tierra se ha aplanado y las fronteras han desaparecido

Pero este proceso no es nada de hace dos días. Últimamente se ha puesto de moda la palabra “globalización”. Suena genial para los periodistas y gente por el estilo a la que le gusta ponerle nombre a las cosas. Da la impresión de que es un fenómeno que ha empezado recientemente debido a equis razones. Tal vez sirva para escribir bonitos libros de autoayuda pero es una falacia. Por eso a lo largo de este trabajo intentaré evitar utilizarlo y lo sustituiré por otro más acertado; “capitalismo global”. Me gusta más porque no se refiere a un hecho pasajero sino a un sistema, en general, que ha ido evolucionando acorde a unos principios básicos. Aún así, sigo pensando que la palabra ideal sería simplemente “capitalismo”. En el concepto “capitalismo”, entendiendo por esto un sistema de economía libre, va implícita la idea de que las empresas se expanden y abren nuevos mercados. Y no lo digo yo. Lo decía Adam Smith mucho antes de que naciera el primer plumilla que escribió en una cuartilla la palabra “globalización”. Los empresarios son los que están interesados en aplanar los obstáculos entre los países y aplanar el mundo.

Y precisamente en este mundo plano, los estados tienen muy poco que decir. Es un juego únicamente de empresas. El mundo (civilizado, se entiende) se basa en intercambios libres y voluntarios; mercado. Y este es precisamente, el tema del que trata este pequeño ensayo. A través de sus páginas iré explicando cómo, hablar de gobiernos hoy en día, es hablar el lenguaje del pasado.

Un día, el profesor Jesús Huerta de Soto, famoso economista español, dijo que “El siglo XXI será el de la desaparición del Estado”. No le faltaba razón.

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