¿Qué modelo necesita Cuba?

¿Qué modelo necesita Cuba?

 

El edificio del Capitolio Nacional se destaca en el corazón de La Habana. El Capitolio, construido en 1929, fue la sede del Congreso de la República de Cuba y, después de la revolución de Castro, aloja a la Academia de Ciencias.
El edificio del Capitolio Nacional se destaca en el corazón de La Habana. El Capitolio, construido en 1929, fue la sede del Congreso de la República de Cuba y, después de la revolución de Castro, aloja a la Academia de Ciencias.

Maria Recio / MCT

Ariel Hidalgo

Imaginen grandes empresas foráneas y hasta gobiernos solicitando créditos de bancos cubanos y una política para frenar el alto flujo migratorio hacia Cuba de extranjeros –incluyendo norteamericanos–, y oleadas de inmigrantes ilegales que, en vez de cruzar el río Bravo, se desvían para atravesar el mar Caribe en infinidad de embarcaciones. Semejante escenario futuro es posible en dependencia de qué sistema se instaure en Cuba.

En la aspiración a un modelo viable, las propuestas varían, desde China y Viet Nam hasta Chile, Suecia, Bélgica y Estados Unidos. ¿Pero basta un estado de derecho al estilo democrático representativo, donde esos derechos, reconocidos en las leyes, se violan en el mundo real del dinero, en tribunales, cabildeos congresionales y campañas electorales? Porque si bien no hay democracia donde un grupo en el poder impone los candidatos y los trabajadores son sometidos a largas jornadas por un magro jornal, tampoco la hay cuando esos candidatos dependen de contribuciones de campaña que los poderosos pagan como soborno anticipado y donde se intenta compensar los bajos salarios con tarjetas de crédito que luego atrapan al trabajador en una red de deudas impagables.

¿No merece Cuba algo mucho mejor que lo que ofrecen estas propuestas? Todas ellas, por mucho que difieran, coinciden en dos fundamentos esenciales: predominio del trabajo asalariado y control partidista de candidaturas –ya sea pluripartidismo o partido único–, pues tales instituciones tipificaron, en última instancia, la sociedad surgida tras la aparición de la economía industrial. Los dos sistemas predominantes en el siglo XX fueron sólo variantes de esa sociedad, diferenciados sólo en cuanto a los modos de explotar y reprimir a los ciudadanos, ya sea mediante empresas capitalistas bajo un orden democrático representativo o de un Estado monopolista absoluto bajo dictadura unipartidista. Pero esa sociedad industrial ya se halla en franca retirada desde que el descubrimiento de los circuitos integrados permitió el acceso masivo al ciberespacio. Se tiende a romper el monopolio no sólo de la información sino también de medios de producción. Desde que cualquiera, con solo una computadora, es capaz de crear su propia empresa y acceder a informaciones hasta ahora controladas por grupos privilegiados, se inicia una nueva dinámica tendiente a generar estructuras más descentralizadas. Por mucho que se teorice sobre las posibles causas del derrumbe del llamado “campo socialista” en 1989, en el trasfondo estaba la incompatibilidad entre estructuras altamente centralizadas y verticalistas y una tecnología tendiente a la descentralización y la horizontalidad. El derrumbe no significó la victoria de un sistema por otro, sino el resquebrajamiento de toda la sociedad industrial comenzando por su eslabón más débil. Detrás vinieron sucesivas bancarrotas regionales y la gran recesión mundial del 2008.

Más que seguir un modelo, Cuba debe convertirse, ella misma, en modelo a seguir hacia un mundo mejor. No basta un estado de derecho. Es preciso ir más allá, hacia un estado de plena satisfacción de los derechos, y esto sólo se logra con la autosuficiencia ciudadana. ¿Qué significa esto? Una ciudadanía independiente de poderosas instituciones para subsistir, controlando sus propios medios de subsistencia, sin trabas burocráticas, altos impuestos ni negativas crediticias, barreras impuestas por las oligarquías para monopolizar la fuerza de trabajo y mantener así bajos salarios. No basta la libertad económica propugnada por los liberales. Es preciso ir más allá, hacia la democracia económica, ya sea individual, familiar o de grupos, cooperativista o autogestionaria. Si bien el derecho a la propiedad es legítimo, ese derecho no es sólo para quienes ya la tienen sino también para quienes nunca la han tenido. Cuando cualquier trabajador pueda ser propietario de medios de producción, los capitales y los Estados no tendrán más remedio que pagar jornales justos a quienes continúen como asalariados. El acceso a las utilidades y las mejoras salariales permitirán tal estímulo productivo que generará suficientes recursos para mantener eficientemente beneficios sociales indispensables, no sólo desde una perspectiva humanitaria, sino además como inversión para una fuerza de trabajo capacitada y saludable. A la capacidad productiva del trabajador se unirá su capacidad adquisitiva y el inversionista verá compensado el alto costo de mano de obra con eficiencia laboral y amplio mercado interno.

La democracia económica posibilitará democracia política auténtica, con un sistema electoral liberado de ataduras superestructurales, ya sean estatales o partidistas. La creación de partidos es también un derecho legítimo, pero ninguno debe arrogarse derechos que sólo corresponden a los ciudadanos. Es preciso la nominación directa de candidatos por la ciudadanía, libre de “depuraciones” y “proposiciones” elitistas, con iguales oportunidades para todos los aspirantes sin necesidad de pagar un centavo para campañas electorales.

Sólo por el destino de una Cuba como faro del verdadero camino hacia la tierra prometida, tendrá sentido más de medio siglo de frustraciones.

 

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