Argentina: Rizar el rizo

Argentina: Rizar el rizo – por Vicente Massot & Agustín Monteverde

¿Es mejor privatizar que estatizar? —Depende. Nadie que no fuese un cabezadura podría inclinarse por la variante enunciada en primer término teniendo como referente a la familia Eskenazi. Porque cuando Néstor Kirchner buscó y consagró a un socio privado, pensó en ese clan empresario. Pero nadie que no fuese un ignorante podría abrazar la segunda variante, asociada —como está ahora— la propiedad estatal de YPF a la discrecionalidad de Julio De Vido y Axel Kicillof. Estatizar o privatizar no es la discusión que deben entablar los argentinos. En todo caso el núcleo duro de la cuestión es cómo autoabastecernos, lo cual significa, en buen romance, de dónde salen la decisión y los recursos para explorar, incrementar reservas y aumentar la producción.

Cristina Fernández —virando en redondo respecto de la postura asumida junto a su marido en 1992, en oportunidad de la privatización impulsada por el gobierno menemista, y de la defensa cerrada que hizo en 2008, apenas asumida, del ingreso de los Eskenazi— optó el lunes por la expropiación lisa y llana de la tenencia accionaria del grupo Repsol.

Lo que llama la atención y pone de manifiesto las razones en virtud de las cuales el kirchnerismo ha ganado —salvo en su disputa contra el campo y en las elecciones legislativas del 2009— todas las batallas de orden táctico o estratégico —indistintamente— que dio en el curso de estos años, ha sido la forma como resolvió el asunto. Por de pronto no ocultó nunca su intención de avanzar a expensas de los españoles. Dos semanas atrás dijimos que en su habitual columna de los domingos, en Página 12, Horacio Verbitsky había dado por concluidas las dudas que aún existían en el seno del Poder Ejecutivo sobre el tema. Nada como leer al ex miembro de la organización Montoneros y las notas de fondo de Tiempos del Sur para interpretar hacia dónde apunta la Casa Rosada.

El kirchnerismo sabe lo que quiere y una vez determinado el rumbo vertebra un plan que pone en ejecución casi de inmediato. No hay que tener la bola de cristal a los efectos de darse cuenta de ello. Sin embargo, bastó que un borrador lanzado desde quién sabe dónde —adelantando la expropiación en marcha— fuese negado por un portavoz del oficialismo, para que prácticamente todos los analistas de fuste, el establishment económico en su totalidad y los peninsulares involucrados, con Brufau a la cabeza, hicieran una interpretación más cercana a sus deseos que a la realidad que se recortaba frente a sus narices.

Entre el sábado y el domingo pasados se dijo hasta el hartazgo que las amenazas españolas y las presuntas sanciones europeas y norteamericanas habían hecho entrar en razón a la presidente.

Que el costo de llevar adelante una estatización así sobrepasaba de tal manera los eventuales beneficios de la medida, que Cristina Fernández había ordenado desensillar hasta que aclarase.

Los motivos de la inventada postergación eran otros: el viaje a Cartagena. Regresar al país y sorprender a los bienpensantes con el anuncio del lunes al mediodía fue todo uno.

Poco importan aquí los detalles de la ley que será aprobada. Ni el determinar si la posesión en manos estatales de 51 % será mejor o peor que la dupla Brufau-Eskenazi. Lo trascendente desde el punto de vista político —el único que aquí interesa— es esto: la facilidad con que el gobierno ejecuta sus decisiones de carácter estratégico y la incapacidad de sus opugnadores para entender la naturaleza del kirchnerismo. Primero creyeron que el santacruceño iba a cambiar cuando afianzase su poder a costa de Duhalde. Presunción falsa. Después se entusiasmaron con la posibilidad de que su mujer, al colocarse la banda, mostraría el rostro humano y conciliador del matrimonio. A los pocos meses estallaba la guerra con el campo. En 2009, después de la derrota electoral, confiaron en que Néstor Kirchner finalmente se allanaría al diálogo, menos por convicción que por necesidad. Nuevo chasco. Ahora se comieron el amague de la solución negociada de YPF. Por eso unos han ganado y otros han perdido inclusive cuando obtuvieron dos triunfos de no poca monta.

Bien, ¿qué hay entonces hacia adelante? Si se tiene en cuenta que el kirchnerismo es, básicamente, cortoplacista, cuanto acaba de hacer no debe medirse en términos del año próximo o 2015, sino del año en curso. Por de pronto levantó una bandera y se envolvió en ella, que los argentinos veneran: la de la retórica nacionalista. No es poco para un pueblo tan sensiblero.

Además, calibró correctamente que cualquier reacción de las autoridades de Madrid no le harán mella a nuestro país. Romper relaciones o retirar al embajador no sirve de nada si la medida no va acompañada de sanciones. ¿Sanciones de la Unión Europea? —Seamos honestos, tal cosa no existe como instrumento de castigo. ¿El CIADI? —Pero si este gobierno es un experto en hacerle pito catalán a ese organismo, válido para los países con instituciones que tienen algo que perder en el mundo pero, al mismo tiempo, intrascendente para países parias con soja como la Argentina.

Es cierto que es imposible saber hoy cómo se le pagará la indemnización a Repsol; cuál será el programa de inversiones de YPF; qué destino tendrá la familia Eskenazi; si los chinos harán un joint venture con la nueva conducción de la empresa o cuánto costará importar energía en 2012. El largo plazo energético luce escalofriante. En el corto siempre se puede, con golpes de efecto y cajas confiscadas por el Estado, atenuar el costo de la fiesta y engañar a las masas que se mueven por emociones, a menos que flaquee el bolsillo.

Que se esta cebando una bomba es cierto pero también lo es que los mecanismos de retardo son muchos y algunos de los más importantes están en manos del gobierno. Cristina Fernández no huye hacia adelante convencida que frente al desbarajuste de su administración carece de otra alternativa que no sea quemar las naves y ponerle el pecho a las balas. Si lo hiciese supondría, al menos, que ha entendido el problema en el cual se ha metido, no sólo con la expropiación sino con la irracional política energética pergeñada por su marido y continuada alegremente por ella. Antes al contrario supone que está haciendo bien los deberes y cambiando el eje del capitalismo argentino. No es una mujer empeñada en dar batalla a caballo de unas convicciones que hacen agua. Es una fundamentalista que piensa siempre de manera binaria. Todo lo que hace está bien porque siempre le ha ido bien. Otro parámetro de medida no tiene y mientras la relación de fuerzas no sufra un cambio, imaginar alguna moderación de su parte en la consecución de su estrategia de dominación sería como estar en la luna de Valencia. Hasta la próxima semana.

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