Desmitificar Malvinas

ARGENTINA

Desmitificar Malvinas

Por Eduardo Goligorsky

Desmitificar Malvinas equivale a desmontar una bomba de relojería que amenaza no sólo la convivencia de Argentina con las naciones civilizadas de Occidente, también la paz en el Cono Sur.

Explicó el historiador argentino Luis Alberto Romero (La Vanguardia, 2/4/2012): “Después de las Malvinas vendría Uruguay”. Romero es uno de los 18 intelectuales (hoy son más) a quienes definí como “Los auténticos héroes de Malvinas” por su oposición a la campaña nacionalista.

La desmitificación puede empezar por la lectura en internet de La verdad sobre Malvinas. La historia de 1833, donde la compiladora Sofía Laferrère transcribe la declaración del teniente coronel de la Marina José María de Pinedo ante el tribunal que lo juzgó por haber entregado las islas a los británicos. Su testimonio es espeluznante. La tripulación de su barco se amotinó, asesinó al nuevo gobernador de las islas, saqueó sus bienes, maltrató a su flamante viuda y aterrorizó a los escasos pobladores. En medio de esa situación de anarquía llegó una goleta inglesa, cuyo capitán lo intimó a abandonar el territorio, orden que Pinedo acató, acompañado por su esperpéntica Armada Brancaleone y algunos pobladores, no todos.

Pionero del fascismo

El hecho de que la anarquía no se circunscribiera a las islas y que abarcara todo el territorio de aquella Argentina que aún se estaba fraguando contribuye a la desmitificación. Escribía el entonces gobernador de la provincia de Santa Fe, refiriéndose a la ocupación (José Luis Busaniche, Historia argentina, Solar-Hachette, Buenos Aires, 1965):

En medio de la indignación que semejante atentado ha causado al infrascripto, no se le oculta que este y otros vejámenes inferidos a la República tienen su origen en la inconstitución en que se encuentra el país y en la figura poco digna que ello representa.

Lo cierto es que, desde que el marino español Esteban Gómez descubrió las islas, en 1520, éstas fueron ocupadas también por navegantes holandeses, franceses y británicos. Fueron bautizadas con los nombres de Falklands y Malouines (por el puerto de Saint Malo), de donde derivó, tardíamente, Malvinas.

El discurso presuntamente justiciero de los nacionalistas contra la ocupación tampoco se tiene en pie. Mientras los ingleses desalojaban pacíficamente a los argentinos que se estaban matando entre ellos, o sea en el año 1833, el déspota Juan Manuel de Rosas, venerado por la derecha y la izquierda totalitarias, desarrollaba la primera campaña de exterminio contra los indios habitantes de la Patagonia, los hoy combativos mapuches, que tampoco eran muy inocentes, pues ellos habían exterminado antes a los habitantes tehuelches. Pero esta es otra historia, que culminó en 1879, cuando el general Julio A. Roca dio por terminada la segunda campaña contra los indios. Mi maestro Julio Aníbal Portas reprodujo en su descarnado Malón contra malón. La solución final del problema del indio en la Argentina (Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1967) lo que opinó al respecto el genial poeta y pionero del fascismo en Argentina Leopoldo Lugones:

Si el exterminio de los indios resulta provechoso para la raza blanca, ya es bueno para ésta; y si la humanidad se beneficia con su triunfo, el acto también tiene de su parte a la justicia, cuya base está en el dominio del interés colectivo sobre el parcial.

Fobia antibritánica

El irredentismo ajeno a toda racionalidad que siempre han desplegado los nacionalistas argentinos –tanto los de matriz nazi, fascista o franquista, como sus primos hermanos marxistas, castristas o peronistas montoneros, hoy reconvertidos en kirchneristas– es lo que justifica el presagio arriba citado de Luis Alberto Romero. Al enumerar los argumentos que empleaban los nacionalistas de los años 40, sistemáticamente financiados por la embajada de la Alemania nazi, para estimular la fobia antibritánica, David Rock (La Argentina autoritaria. Los nacionalistas, su historia y su influencia en la vida pública, Ariel, Buenos Aires, 1993) cita el papel de Gran Bretaña en la independencia del Uruguay, “que, según los nacionalistas, había despojado al país de una parte de su legítimo territorio”

Los nacionalistas resucitaron por entonces una cuestión prácticamente olvidada: la ocupación británica de las Islas Malvinas. En 1933, coincidentemente con la firma del tratado Roca-Runciman, se cumplía el centenario de la invasión británica del archipiélago. A principios del año siguiente, Crisol publicó toda una serie de artículos bajo el título “¡Las Malvinas son nuestras!”, vinculando la cuestión con el pacto y con los problemas de las empresas ferroviarias inglesas. Hacia 1937, la recuperación de las islas se convirtió en una de las principales demandas de los grupos nacionalistas. Sin embargo, éste era sólo uno de los problemas territoriales por ellos declamados. A mediados de 1935, Crisol denunció la presencia de espías chilenos en la Patagonia, y lanzó una campaña en contra de la ocupación ilegal de territorios argentinos por la República de Bolivia. Estas campañas estaban fuertemente influidas por el efecto de demostración de los acontecimientos europeos. Hacia fines de 1935, quince mil personas asistieron a una marcha por las calles de Buenos Aires en demanda de reivindicaciones territoriales. Sus organizadores explícitamente reconocieron que tales demandas estaban inspiradas en las que por entonces estaba formulando Hitler por el control de los territorios del Saar y del país de los Sudetes.

Era lógico que estos personajes, cuyo excéntrico nacionalismo estaba trufado de ideologías totalitarias europeas, abrevaran en éstas, y no en las tradiciones autóctonas de los indios exterminados, para apuntalar sus ambiciones expansionistas, las mismas que hoy alarman al historiador Romero. Ya hemos visto que atribuían a la perfidia inglesa la pérdida de Uruguay, que se les antojaba parte integrante del territorio argentino; y la influencia del fascista francés Charles Maurras los empujó a idealizar la monarquía, que reivindicaban en su revista Sol y Luna, y a soñar con la reconquista y reunificación de los antiguos territorios coloniales del virreinato del Río de la Plata. Bajo la égida argentina, por supuesto. Y subordinados, cómo no, al imperio nazi alemán, que con este objetivo los financiaba. Juan José Sebreli, otro de los auténticos héroes de Malvinas, nos recuerda (Crítica de las ideas argentinas, Sudamericana, Buenos Aires, 2002), que uno de los cerebros de esta trama, Juan Carlos Bebe Goyeneche,

era recibido como un representante oficial del fascismo argentino en 1942 por Franco, Mussolini, Laval, Pètain, Ribbentrop, Himmler, Goebbels y también Pío XII.

Simpatías anómalas

Hay otro dato que invita a reflexionar. Las anómalas simpatías monárquicas de estos nacionalistas excéntricos se orientaban, como las de los secesionistas catalanes, hacia la Casa de Austria. Cito nuevamente a David Rock, quien cita, a su vez, entrecomilladas, las ideas básicas extraídas de Los orígenes del nacionalismo argentino, de Federico Ibarguren, historiador enrolado en este movimiento, del que era fiel intérprete:

Como Menéndez Pelayo, los nacionalistas exaltaban a los Habsburgo y al siglo XVI, denigrando simultáneamente a los Borbones y a la Ilustración dieciochesca. La Casa de Austria representaba “la fuente del honor y de la autoridad como encarnación del Estado” y sus reyes habían sido “servidores de la república (…) esclavos del deber como ministros de Dios”. Los Borbones, en cambio, estaban “inspirados por el despotismo francés. [Eran] centralistas y absorbentes” y habían hecho de la religión “un asunto de Estado”. De ellos procedían “las ideas extranjeras y liberales” que habían pervertido el desarrollo histórico argentino. En el siglo XVIII “la razón” había subordinado a la “vocación espiritual”. “La única verdad se convirtió en una cuestión inherente al juicio de cada hombre” y de un mundo fundado en la aristocracia se transitó hacia otro basado en la razón. La regeneración nacional significaba restaurar el espíritu y las instituciones de los Habsburgo. Había que reencender el “antiguo espíritu guerrero y apostólico de la Edad Media y de los Reyes Católicos” que había conquistado y “civilizado” a las Américas.

La Edad Media ejerce una fascinación irresistible sobre todos los nacionalistas radicales. Así como en “La ofensiva reaccionaria” reproduje la invocación de Artur Mas a la fantasía de que Cataluña “doce siglos atrás pertenecía a la Marca Hispánica” (y “los catalanes tenemos un cordón umbilical que nos hace más germánicos y menos romanos”), así también Sebreli explica que los nacionalistas ultramontanos argentinos comulgaban con las ideas del ortodoxo ruso Nicolai Berdiaev, y opinaban que para salvarse del Apocalipsis contemporáneo había que volver a “una nueva Edad Media”, a una renovada sabiduría cristiana cuya expresión política sería la teocracia. El presbítero Julio Menvielle, máximo divulgador del pensamiento antisemita en Argentina, escribía, en 1936: “La Edad Media es mística y guerrera como toda grandeza espiritual”, y añadía en 1974:

La sociedad política medieval es un organismo (…) rebosante de salud, porque era obra de la sociedad espiritual, que con sus dones del Cielo inspiraba y creaba desde dentro el orden normal de la vida humana.

Tienen a Maradona

Estos son los mimbres con que está urdido el cañamazo de las reivindicaciones nacionalistas sobre Malvinas y sobre cualquier otro territorio que pueda excitar la imaginación de los demagogos nacionalistas. De ahí la alarma de los vecinos. Basta recordar que el 22 de diciembre de 1977 las fuerzas armadas de Argentina y Chile, dos países sometidos a dictaduras militares igualmente ominosas, estuvieron a un tris de desencadenar una guerra por una disputa de límites que se remontaba a 1888. El papa Juan Pablo II detuvo la conflagración en el último momento. Pero cuando el presidente Raúl Alfonsín convocó, en 1984, un plebiscito para aprobar el laudo de la Santa Sede, el peronismo, controlado por una fracción montonera, ordenó votar no. El obtuvo el 82% de los votos. La actual ministra de Defensa argentina fue una de las líderes de aquella fracción montonera que votó no a la paz. Mal presagio.

Que Uruguay, gobernado por un extupamaro que podría obsequiar una plétora de racionalidad y humildad a su desmadrada y ensoberbecida colega argentina, se sienta amenazado es lógico. Cuando Argentina vivía sumida en el caos, en los años 1830 y 1840, oprimida por Rosas y los caudillos degolladores, ya libraba guerras contra Uruguay, que daba asilo a millares de exiliados. Y siguió dándoselo cada vez que Argentina padecía una dictadura militar o civil, hasta que la subversión tupamara engendró su propia involución represiva. Sin embargo, entre 1943 y 1955 Uruguay fue el pulmón que permitía a los argentinos respirar exiguos aires de libertad, y allí se instalaron exiliados ilustres, desde los socialistas Alfredo L. Palacios y Américo Ghioldi hasta los tres diputados radicales arbitrariamente despojados de sus escaños: Ernesto Sanmartino, Agustín Rodríguez Araya y Atilio Cattáneo, hoy injustamente olvidados por sus correligionarios. La tentación de congraciarse con el peronismo es demasiado fuerte, y los nombres de esos tres legisladores insobornables, y el de su compañero Silvano Santander, siguen siendo irritantes para los proclives a las componendas.

Como lo es el nombre de Jorge Luis Borges, quien, volviendo a la desmitificación de las Malvinas, escribió (Clarín, 24/9/1982):

Ingenua o maliciosamente (opto por el primer adverbio, ya que la mente militar no es compleja) se han confundido cosas distintas. Una, el derecho de un Estado sobre tal o cual territorio; otra, la invasión de ese territorio. La primera es de orden jurídico; la segunda es un hecho físico. Se ha invocado el derecho internacional para justificar un acto que es contrario a todo derecho. La transparente falacia, que no llega a ser un sofisma, tiene la culpa de la muerte de un indefinido número de hombres, que fueron enviados a morir o, lo que sin duda es peor, a matar. No es menos raro el hecho de que se hable siempre del territorio y no de los habitantes, como si la nieve y la arena fueran más reales que los seres humanos. Los isleños no fueron interrogados; no lo fueron tampoco veintitantos millones de argentinos.

Es indudable que si Borges viviera, los 18 intelectuales que formaron inicialmente el grupo de los auténticos héroes de Malvinas habrían sido 19. Claro que los peronistas se consuelan: ellos tienen a Maradona.

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