Las FARC: ¿y ahora qué?

Las FARC: ¿y ahora qué?

FARCPor Alvaro Vargas Llosa

El Mundo.es

Tras la liberación de 10 militares y policías que estaban secuestrados por las FARC en Colombia, el Presidente Juan Manuel Santos enfrenta el dilema que han enfrentado sus antecesores en casi cinco décadas: ¿dialogar o no dialogar?

Es importante recordar, antes de responder a esa pregunta, cómo llegó Colombia adonde hoy está, con las FARC debilitadas, desmoralizadas y urgidas de una salida negociada que las preserven de una derrota.

Los ‘diálogos’ con la organización terrorista empezaron con el conservador Belisario Betancor allá por 1982 y acabaron para todo efecto práctico en 2002, cuando otro conservador, Andrés Pastrana, puso fin al despeje que había ordenado casi cuatro años antes en una zona de 42.000 kilómetros cuadrados a fin de facilitar, precisamente, la negociación con el enemigo alzado en armas. En ese lapso hubo de todo, incluyendo conversaciones formales en México y Venezuela (época de César Gaviria) y contactos informales en La Habana, además de tratos episódicos en el propio territorio colombiano.

Los distintos gobiernos hicieron todas las ofertas imaginables; hubo treguas bajo gobiernos conservadores como el de Betancor y liberales como el de Virgilio Barco. En todos los casos, los ‘diálogos’ con las FARC fueron útiles para el terrorismo e inútiles para la paz, el Estado de Derecho y la democracia. Mientras se ‘dialogaba’, se siguió reclutando, secuestrando, matando y organizando estrategias y tácticas con el único fin de acabar con la convivencia pacífica y las instituciones imperantes. El ‘diálogo’ era un arma más.

Por eso ?y sólo por eso? llegó Álvaro Uribe al poder en 2002. En ningún otro escenario este relativo ‘outsider’ al que nadie tenía en su radar pocos años antes hubiese ganado ?con un mandato apabullante en primera vuelta? las elecciones en un país bastante institucionalizado como Colombia. Lo que hizo en el poder lo sabemos todos: mediante una ofensiva en distintos frentes civiles y militares, Uribe revirtió los términos del conflicto. Los estudios del investigador Camilo Echeandía muestran con claridad el cambio que se produce a partir de 2003 y cómo desde 2007 las FARC dejan de ser una sombra siquiera de lo que habían sido. A partir de Uribe, todos los combates nacen de iniciativas de las fuerzas armadas, no de la organización narcoterrorista. En la mayor parte del territorio colombiano se volvió a circular, comerciar y hacer política en paz. Por eso mismo se estuvo tan cerca de la tentación autoritaria que hubiera podido hacer de Uribe un Presidente perpetuo. Felizmente las instituciones lo impidieron.

Pues bien: desde que Juan Manuel Santos sucedió a Uribe, los colombianos se dividen entre quienes creen que el actual mandatario, que había sido Ministro de Defensa durante los golpes asestados a las FARC en tiempos de Uribe, abandonó la lucha contra el terror y quienes sostienen que ésta se mantiene, pero con matices tácticos propios de las circunstancias imperantes. Los reveses recibidos por el Secretariado (suerte de sancta sanctorum) de las FARC y por otros estamentos de la organización bajo el gobierno de Santos desmienten que el actual gobierno haya bajado la guardia.

A los pocos días del espeluznante atentado terrorista que costó la vida a once uniformados en marzo pasado, las fuerzas armadas acabaron con 33 narcoterroristas en Arauca; casi inmediatamente después, se cargaron a 36 narcoterroristas en un campamento clave del Meta donde operaban y entrenaban los herederos del Bloque Oriental del Mono Jojoy, abatido en 2010. Entre ellos estaban dos jefes de frentes importantes de las FARC y mandos medios que costaría años reemplazar.

El Ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, ha llevado a cabo una estrategia eficaz, haciendo que los servicios de inteligencia de las distintas armas compartan de inmediato sus informaciones entre sí (buena parte de ellas obtenidas mediante infiltraciones) en lugar de elevarlas burocráticamente a sus respectivos jefes. Por otro lado, el gobierno ha modificado el reparto de las regalías provenientes del petróleo de tal modo que los municipios petroleros, sin dejar de recibir abundante dinero, obtengan menos recursos que antes y así se reduzca una vieja fuente de ingresos extorsivos de las FARC (en compensación, el dinero va a municipios donde no hay petróleo).

Éste es el contexto en el que las FARC acaban de liberar a 10 secuestrados, semanas después de anunciar en un comunicado que acabarán con la práctica siniestra de plagiar a seres humanos para conseguir financiación. No hace falta ninguna luz especial para ver lo obvio: las FARC están en su hora más débil en décadas.

¿Qué debe hacer el gobierno? Pues exactamente lo mismo que viene haciendo: asediarlas -manteniendo la misma combinación de ferocidad operativa y amabilidad gestual que tan bien maneja Santos- hasta que esté claro que el próximo ‘diálogo’ será el único real en la larga historia de falsos ‘diálogos’.

Es decir, hasta que ‘dialogar’ sea una fruta madura que cae por su propio peso, o sea el otro nombre de rendirse.

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