El Mesías va a misa

El Mesías va a misa

Rafael Cardona 

 

   
     
 

Con ánimo de ironía, Andrés Manuel fue llamado “El Mesías tropical (EK*)”. Lo primero, en alusión a su pulsión populista y redentora. Lo otro, como un complemento útil para la oferta de mercado por todo cuanto el trópico tiene (especialmente para los europeos) de anarquía y desorden.

Por eso el discurso “pobrista” de AM, o cualquiera otro separado así sea por milímetros del nuevo credo de la tecnocracia “democrática” y neoliberal es llamado y condenado como populismo.

El liberalismo democrático o la corriente contemporánea de la corrección política a ultranza siempre le declaran la guerra a cualquier asomo redentor sin importar su posible eficacia, su firmeza ideológica o su pureza política. Y no hay nada más allá de la eficacia mediática como una etiqueta a tiempo.

Pero hoy el caudillo ha comenzado a dar saltos.

En el empeño persistente por limpiar sus “negativos” (para usar el lenguaje de encuestadores y “comentócratas”) se ha apartado de su actitud original si bien se sostiene firme en su convicción anterior. Pero a veces, por presiones (¿prisiones?) mediáticas parece haber olvidado sus palabras.

Un caso entre varios.

Durante años Andrés Manuel tuvo especial cuidado en recopilar toda la información posible sobre Roberto Hernández, cuya operación para venderle Banamex a la banca extranjera fue un verdadero escándalo fiscal, excepto para quienes advierten la legalidad del mercado bursátil. Inmoral quizá, pero legal de cabo a rabo. Ese es el verdadero paraíso fiscal.

La multimillonaria transacción sin un centavo de beneficio para el fisco, cuyos fondos algún a vez se usaron para el saneamiento del banco, fue una de las banderas de AM durante mucho tiempo.

Y Roberto Hernández fue señalado por ésa y otras razones, como uno de los principales jefes mafiosos cuya actividad secuestró al país y produjo un fraude electoral en perjuicio del hoy enamoradizo candidato y de la patria toda.

Sin embargo, en los días previos al arranque formal de su segunda campaña nada le impide al denunciante de la mafia, acudir con la misma mansedumbre interesada de los otros candidatos a la reunión de los consejeros del ya dicho banco para someterse al examen y ofrecerles garantías.

“Por lo que a mí corresponde –les dijo—, tengan confianza. Soy un hombre acostumbrado a cumplir mis compromisos”.

A estas alturas uno se puede preguntar, ¿cuáles compromisos?

¿Respetar a la oligarquía rapaz y desmesurada cuya treintena de personajes domina al país por encima de los poderes públicos como denuncia en su libro La mafia que se adueñó de México y el 2012. (pp 56,57), o limitarla y someterla a los intereses nacionales por ella confiscados?

Obviamente todo esto no es (todavía) un asunto de traición ideológica. Es una cuestión de conveniencia coyuntural. Es una estrategia. Andrés Manuel ya hace como si creyera todo cuanto le han dicho quienes le propusieron cambiar de piel o al menos de vestuario: ofrecer otra imagen alejada del discurso contestatario, rebelde y de confrontación.

“Civilizarse”, pues. Ofrecer sin rubor su inscripción al correcto mundo “enchuchecido” de la llamada “izquierda moderada y responsable”; la solicitada “oposición constructiva”, con una sola finalidad: desactivar las alarmas del “peligro para México”, frase cuya eficacia fue demoledora, especialmente ante un pueblo desinformado y manipulado por los medios.

Hoy AMLO (o Amlove, como le dicen algunos en son de chunga), es capaz de casi cualquier cosa. Ya se deja ver con el más pequeño de sus hijos, quien hace carantoñas ante las cámaras en el registro de su papá como candidato. Se trajea y se pone una corbata (o una de cada color, según el partido al cual acuda) para darle gusto a la indumentaria oficial del político y su etiqueta.

Obviamente hay un cálculo de campaña. Son movimientos decididos en un “cuarto de guerra” para no actuar como si se fuera a la guerra. Es apariencia; juego de espejos, pero también puede ser de espejismos.

Pero si “El Mesías” se sigue pareciendo a los demás, si se esfuerza por contener su discurso y sus acciones; en hacer cosas cuya sola mención antes le habría repugnado, si no se sostiene en todo aquello por lo cual ha sido diferente y valioso para tantos (muchos millones de mexicanos lo consideran un genuino candidato de esperanza), entonces se irá quedando vacío poco a poco. O peor aún, se parecerá a quienes tanto ha despreciado.

Si su discurso se ablanda, si lo vemos en la misa del Papa después de la lamentable justificación de arrodillarse donde lo hace el pueblo, pero no ante las cámaras para no pecar de hipocresía; si nos demuestra, en fin, el valor de París por una misa, lo habremos visto diluirse en el tiempo.

* Todos los personajes históricos abordados –además— por ese mismo autor en tiempos recientes han recibido motes alusivos a sus virtudes o sus características. Por ejemplo, Porfirio Díaz, el “Místico de la autoridad” y Lázaro Cárdenas, el “General misionero”.

racarsa@hotmail.com

   

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