Definiendo la autopropiedad como norma ética

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Escrito por Juan Ramón Rallo. El autor define la propiedad de uno mismo como norma ética equivalente al principio de no-agresión.

En ocasiones se difunden una serie de impresiones erróneas sobre qué es la autopropiedad. Suelo decir que es una formulación un tanto engañosa en la medida en que parece confundir el sujeto (propietario) con el objeto (propiedad), partes esenciales en toda relación jurídica. De ahí que no me importaría en absoluto que la idea que en realidad se está tratando de transmitir se denominara de otra forma.

Pero como de momento eso no sucede, sí conviene aclarar qué queremos (y qué no queremos) decir muchos cuando hablamos de autopropiedad. La autopropiedad es una norma ética:

la ética de la libertad es simplemente el estudio (accesible a cualquiera con la formación intelectual suficiente) de normas con determinadas características formales (universalidad y simetría) y pragmáticas (funcionalidad, sirven para regular la convivencia y permitir la cooperación competitiva minimizando los conflictos).

Una norma que no sea universal y simétrica sólo será válida para determinados grupos, pero no podrá utilizarse entre los grupos, en cuyo caso habrá que explicar qué justifica o de dónde procede esa asimetría principial (que no niego pueda existir: ejemplo, un bote salvavidas).

Segundo, la autopropiedad, como norma integrante de la ética de la libertad, no se refiere a que cada individuo tiene un control material sobre sí mismo, sino a que otros individuos no deben tenerlo. En otras palabras, ninguna persona debe tener el derecho a iniciar la violencia sobre otra para violentar cursos de acción que a su vez no iniciaban la violencia sobre nadie más. Autopropiedad es sinónimo de principio de no agresión y de libertad en su sentido negativo:

Los conceptos de libertad, derecho de propiedad y principio de no agresión son equivalentes: son formas complementarias de referirse a las mismas ideas éticas fundamentales desde puntos de vista distintos; no son nociones contradictorias, las tres son útiles y necesarias y no tiene sentido intentar separarlas.

Es erróneo creer que nadie debe iniciar la violencia porque partimos del axioma de la autopropiedad. Eso sería tanto como decir que algo es grande porque partimos del axioma de que no es pequeño. Nadie debe iniciar la violencia sobre otras personas porque es una mejor norma universal, simétrica y funcional frente a todas sus alternativas. Este dato cristaliza en un nombre simplificado: derecho de autopropiedad.

Tercero, las críticas al derecho de autopropiedad deben confrontar la pregunta: ¿quién debe ser el propietario de mi cuerpo, esto es, quién debe tener una facultad de decisión última sobre el mismo? El derecho de autopropiedad no responde YO, sino nadie. Cada ser humano debe poder actuar sin violencia ajena, dado que así se minimizan las disputas, los conflictos y se favorece la coordinación.

No cabe responder que nadie debe ser propietario de mi cuerpo en la medida en que el cuerpo no es una mercancía apropiable, pero que al mismo tiempo la violencia sobre el mismo (basada en la mayoría política, la costumbre o el poder) sí puede ser legítima. Simplemente porque:

El derecho de propiedad concede a su titular una capacidad de decisión última sobre el objeto de la jurisdicción dominical. El propietario puede poseer, usar, consumir, destruir o enajenar el objeto sin que ningún otro sujeto tenga poder para revocar su decisión.

Los socialistas argumentan que, en realidad, el derecho de propiedad no contiene todas esas facultades, sino que viene limitado por consideraciones de bienestar general instrumentadas mediante el imperium estatal. Como en tantas otras cosas, sin embargo, los socialistas se confunden. Una cosa es que los individuos tengan prohibido ejercer el derecho de propiedad y otra, muy distinta, es que este derecho de propiedad absoluto no sea ostentado por nadie.

Por necesidad fáctica, siempre existirá un poder de decisión última sobre los recursos. De hecho, los socialistas atribuyen esa facultad al Estado y sus órganos administrativos. No se trata, pues, de que el derecho de propiedad esté limitado, sino de que el Estado ha nacionalizado las facultades del propietario.

La alternativa a la autopropiedad no es la ausencia de propiedad, sino la concesión de derechos de propiedad sobre el propio cuerpo a otros individuos. En la medida en que esos otros individuos o grupos de individuos (asociaciones) ejerzan un poder de decisión último sobre el cuerpo de otro individuo, serán sus propietarios.

Previsiblemente ninguna de estas normas pasará en lo más mínimo el filtro de universalidad, simetría y funcionalidad, lo cual las descalificará, de acuerdo con nuestra definición, como normas éticas. ¿Significa por ello que son malas normas? No, por ello no. Pero sí significa que sus proponentes no están tratando de descubrir normas que permitan la cooperación y la mutua satisfacción entre todas las personas, sino sólo el provecho de un grupo concreto (minoritario o mayoritario) a expensas del resto, esto es, está favoreciendo la explotación del hombre por el hombre porque lo consideran adecuado.

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