LA RUTA DE RUSIA

¿A dónde va Rusia?

Por Federico Ysart

Infolatam

Madrid – Nunca un dirigente ruso firmó tantos acuerdos, visitó tantos países ni vendió tanto material militar como Medvedev ha hecho la pasada semana en América Latina. Además de sus entrevistas con García y Lula, la mayor parte de los regímenes que soportan en llamado socialismo del siglo XXI ha recibido los parabienes y promesas de apoyos estratégicos del joven presidente de la Federación Rusa. Hasta promesas de cooperación en cuestiones nucleares ha derramado por el sur del Río Grande el antiguo presidente de Gazprom y jefe de gabinete de Putin

Rusia quiere jugar en el próximo tablero de un mundo nuevo trenzado por relaciones multipolares tras el fracaso de la hegemonía norteamericana. Y trata de asegurar su presencia en ese mundo global antes de que otras potencias emergentes, como China o Brasil, le disputen por las mejores posiciones de salida en la misma carrera. Latinoamérica ha sido el escenario ahora elegido para tomar posiciones. Ningún otro continente reúne características tan favorables para los nuevos dirigentes del Kremlin como el americano. África está demasiado infiltrada por los intereses estratégicos chinos e indios, las mismas potencias emergentes que le cierran la entrada en Asia.

Así, además, responde en suelo americano a los planes expansivos de la Alianza Atlántica y al apoyo de los países occidentales a la varias de las antiguas repúblicas soviéticas hoy independizadas de Moscú. Dimitri Medvedev, 44 años, joven abogado y profesor universitario antes de conquistar la alcaldía de San Petersburgo, no tiene nada que ver con personajes como Chávez o Castro. Ni gana demasiado con los acuerdos preferentes que firma por todo el continente latinoamericano, más allá de reforzar una clientela para la industria armamentística de su país, una de las pocas punteras en la actual Federación Rusa.

Pero estratégicamente está emitiendo señales al resto del mundo de que la guerra fría puede reabrirse si los intereses rusos no son tomados en la misma consideración que los norteamericanos o los de la Unión Europea. Su periplo por América Latina constituye la última señal de la antigua gran potencia que en el año 2000 comenzó a recobrar el paso de su historia bajo la férrea mano de Vladimir Putin, ahora primer ministro después de una larga presidencia que posiblemente vuelva a repetirse. La Federación Rusa está poniendo los peldaños para recuperar su papel de primera potencia mundial.

Cuenta con activos suficientes, comenzando por un pueblo que recupera lentamente el orgullo perdido tras el derrumbamiento de su última fórmula imperial. Las ocho décadas soviéticas no reportaron los niveles de bienestar que en aquellos mismos años alcanzaron las democracias occidentales, pero las promesas de un mundo mejor, la tensión de la guerra fría unida a la represión de cualquier disidencia, y conquistas en los inicios de la carrera espacial dieron al pueblo ruso el orgullo de pertenencia. Hasta que la realidad se impuso sobre los mitos y la propaganda.

Aprovhechando la cumbre de la APEC en Lima, el despliegue realizado por el patio trasero de los EE.UU. en vísperas de la entrada de Obama en la Casa Blanca tal vez facilite a la postre un nuevo tratado ruso-norteamericano sobre desarme nuclear que renueve el acuerdo START-1 próximo expirar. Porque además de señales de fuerza, el mundo espera de los dirigentes rusos señales que suministren confianza. Como Obama la aporta por el lado norteamericano

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