Colombia: Danza con los lobos

por Mary Anastasia O’Grady

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, conocidas como las Farc, retienen a unos 3.000 secuestrados. Pero sólo una de estas víctimas es lo suficientemente importante para hacer que el gobierno colombiano libere a un líder capturado del grupo terrorista, con la esperanza de que haga un gesto recíproco y entregue a esta rehén de alto perfil.

Su nombre es Íngrid Betancourt, colombiana que obtuvo la nacionalidad francesa y que tiene dos hijos franceses. Cuando Betancourt era candidata a la presidencia de Colombia, en las elecciones de 2002, fue a la selva a confrontar a las Farc, ignorando los consejos del gobierno, los militares y la policía.

Los rebeldes la capturaron y Betancourt no ha sido vista desde entonces. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha determinado que su caso es una prioridad de su flamante gobierno y el mandatario presionó en junio al presidente colombiano, Álvaro Uribe, para que liberara a Rodrigo Granda, una importante figura de las Farc, como un gesto de buena voluntad de cara a la liberación de Betancourt.

Tal y como era de esperar, esta iniciativa no produjo ninguna respuesta humanitaria por parte de las Farc. Los terroristas, en cambio, asesinaron a 11 rehenes ese mismo mes. Ahora, Uribe le ha permitido al presidente venezolano, Hugo Chávez, un aliado de las Farc, que actúe como mediador en las negociaciones con los guerrilleros. La esperanza del gobierno es que el diálogo produzca la liberación de Betancourt y otros 50 rehenes políticos, incluyendo varios ex senadores, un ex gobernador, militares y miembros de la Policía Nacional, además de tres estadounidenses que se desempeñaban como contratistas del Departamento de Estado en el momento de su captura.

Extender ramas de olivo a los terroristas no es una de las armas en el arsenal de Uribe y por muy buenas razones.

Los diálogos de paz anteriores sólo han servido para darle ventaja a las Farc. Cuando asumió la presidencia en 2002, Uribe prometió poner fin a las negociaciones y combatir a las Farc.

Es por eso que su disposición a dialogar con los narcoterroristas, con Chávez como mediador, es tan desconcertante.

Una explicación es que la andanada de críticas de la familia Betancourt, activistas franceses, legisladores demócratas en Estados Unidos y sus enemigos políticos en Colombia ha podido con la resistencia del presidente. En otras palabras, la propaganda de las Farc lo está derrotando. Sin embargo, también es posible que el mandatario colombiano, absolutamente al tanto de los peligros que lo acechan en esa danza con lobos, crea que los riesgos que está asumiendo valen la pena.

Betancourt se ha convertido en una causa celebre en París. Su rostro se puede ver en carteles en toda la ciudad y el alcalde se ha comprometido a luchar “sin cesar” por su liberación. Ahora que el diplomático francés Daniel Parfait está casado con la hermana de Íngrid Betancourt, el gobierno galo también ha tomado cartas en el asunto. En su primer día como presidente, Sarkozy se reunió con la hermana de Íngrid y, más tarde, telefoneó a Uribe para abogar por la liberación de Granda.

La opinión pública colombiana es partidaria de la liberación de estos rehenes, algunos de los cuales han estado en cautiverio durante más de 10 años.
Uribe y sus políticas siguen siendo populares, pero el país también es sensible al dolor de las familias de las víctimas, que viven preocupadas por la suerte de sus seres queridos.

Al tomar en cuenta estas circunstancias, la propuesta de Chávez de actuar como negociador podría haber dañado fácilmente la posición de Uribe tanto en Colombia como en el exterior. El presidente venezolano probablemente esperaba que su oferta fuera rechazada, lo que podría haber dejado a Uribe expuesto a las críticas por falta de colaboración. Pero Bogotá decidió aceptar la propuesta del venezolano.

Colombia ha señalado que cualquier esfuerzo que se pueda hacer para obtener la libertad de los rehenes vale la pena, incluyendo un intercambio de rehenes por terroristas capturados de las Farc. El gobierno, sin embargo, ha impuesto algunas condiciones. La demanda de las guerrillas de lograr el regreso de los rebeldes Simón Trinidad y Nayibe “Sonia” Rojas no es negociable. Ambos han sido extraditados a EE.UU. acusados de narcotráfico y Uribe afirma que no pueden ser considerados como parte de ningún acuerdo.

Colombia ha puesto otras tres condiciones.

En primer lugar, la liberación de los tres estadounidenses debe ser considerada como parte de cualquier negociación. Un senador izquierdista colombiano que visitó a Rojas en una cárcel de Texas dijo que la ex guerrillera de las Farc asegura que no quiere ser un obstáculo para la liberación de los tres estadounidenses y que las condiciones en las que vive en prisión son mucho mejores que las de los tres estadounidenses en Colombia.

En segundo lugar, cualquier rebelde liberado de las Farc debe prometer entregar sus armas o ir a otro país. Esto no le debería caer muy bien a los líderes de las Farc pero, a juzgar por instancias similares en el pasado, no representaría un obstáculo insuperable. La mayoría de los prisioneros liberados por Uribe durante su gobierno han estado contentos de abandonar la causa del narcotráfico.

En tercer lugar, Uribe insiste en que el gobierno no cederá ninguna parte del país a las Farc. Eso se intentó durante la gestión de Andrés Pastrana, entre 1998 y 2002, como una forma de avanzar hacia la paz. Las guerrillas usaron la zona de despeje para guardar sus armas, construir bombas, adiestrar personal, esconder a los rehenes y seguir luchando su guerra contra el pueblo colombiano.

Chávez no puede ser considerado un árbitro imparcial en esta materia. Pero al designarlo como mediador, Uribe puede haber sacado la mejor parte de la negociación. Es un secreto a voces en Colombia que, si Chávez resulta exitoso en su mediación, es porque tiene el poder para dañar a las Farc.

Los terroristas tienen campamentos en Venezuela. Este país ha pasado a ser su principal ruta para el tráfico de la cocaína, y entran y salen del país para evadir la persecución de las fuerzas colombianas. Si Chávez fracasa, su credibilidad e imagen internacional se verán perjudicadas.

Por otra parte, si las negociaciones son exitosas, Uribe habrá demostrado que le preocupa el sufrimiento de los colombianos y que puede dejar de lado su orgullo para cooperar con su vecino.

No es una mala estrategia, pero conlleva sus riesgos. El mayor de ellos es la posibilidad de que los medios de comunicación, con el apoyo de la familia Betancourt, sigan pintando a Uribe como el villano por no estar dispuesto a ceder ante todas las demandas de las Farc. Sin embargo, si eso ocurre, no saldrá peor parado de lo que ya ha salido en los últimos cinco años. Y en medio de todo eso, ha mejorado la seguridad en Colombia como no lo había hecho ningún presidente hasta entonces.

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