Cómo liberar rehenes y naciones Por Charles Krauthammer

Diario de América

En el día en que el ejército colombiano liberaba a Ingrid Betancourt y a otros 14 secuestrados durante mucho tiempo, el Parlamento italiano aprobaba otra resolución más exigiendo su liberación. Europa había adoptado a esta político franco-colombiana como motivo de controversia tiempo atrás. Francia la había nombrado hija adoptiva de París, había aprobado numerosas resoluciones y celebrado muchas vigilias.

Desafortunadamente, el karma no cruza el Atlántico con facilidad. Betancourt languideció durante seis años de cautiverio cruel hasta ser liberada por mediación de una brillante operación llevada a cabo por el ejército colombiano, agencias de Inteligencia y las fuerzas especiales — una operación tan bien ejecutada que los captores fueron reducidos sin disparar un solo tiro.

En los círculos de la clase dirigente de la política exterior a esto se le llama “poder duro.” En los años Bush, el poder duro está terriblemente desfasado, percibido como una simple obsesión de vaqueros y neocones. Tanto en Europa como en América, los refinados rinden culto en el altar del “poder blando” — el uso de los recursos diplomáticos y morales para alcanzar los objetivos de uno.

En ningún asunto se complace Europa en el poder blando más que en l’affaire Betancourt, en el cual los repetidos gestos de solidaridad de Europa revolotearon entre lo fatuo y lo destructivo. Europa había venido presionando al gobierno colombiano para que negociara la liberación de los rehenes. El venezolano Hugo Chávez se ofreció a mediar.

Por supuesto, de los documentos incautados en una atrevida incursión del ejército colombiano en Ecuador en marzo sabemos – el ejercicio prototípico de poder duro puntualmente denunciado por ese depositario ejemplar del poder blando que es la Organización de Estados Americanos — que Chávez había venido financiando en secreto y llevado las riendas de las FARC. Estas negociaciones habrían sido la oportunidad de Chávez de lograr reconocimiento y legitimidad para su satélite terrorista.

El Presidente de Colombia Álvaro Uribe, conservador y aliado cercano al Presidente Bush, optó en su lugar por el camino duro. Lo ha hecho durante años. Como resultado, ha doblegado a la guerrilla más longeva y en tiempos más fuerte del continente por medio de “una intensa campaña militar (que) debilitó a las FARC, abatiendo a mandos curtidos e incitando a desertar a 1.500 combatientes y agentes urbanos” (Washington Post). Al final, fue esa campaña — y su agente, el ejército colombiano – lo que liberó a Betancourt.

Ella solamente fue, no obstante, una de las muchas causas del magnánimo Occidente. Condenas solemnes se han promulgado desde cada foro del poder blando incompetente — la Unión Europea, las Naciones Unidas, los ministros de exteriores del G-8 – exigiendo que Robert Mugabe, de Zimbabwe, deje de matar a sus opositores y dimita. Antes de eso, la causa du jour fue Birmania, en donde una dictadura perversa permitió que miles de víctimas de ciclón murieran de hambre al negarles la ayuda exterior repartida de manera independiente por temor a que ello debilitara el control del poder por parte de la junta militar.

Y después está Darfur, un asunto perpetuo al que innumerables diplomáticos y expertos en política exterior han dedicado incontables horas en los hoteles de cinco estrellas más refinados a deplorar el genocidio y forzar con urgencia la ayuda humanitaria.

¿Qué se hace para liberar a estos pueblos? Nada. Todo el mundo sabe que se necesitará de lo más duro del poder duro para expulsar a los opresores de Zimbabwe, Birmania, Sudán y los demás lugares olvidados de la mano de Dios en donde los malos llevan las armas y las utilizan. En realidad, como sugería el líder de la oposición zimbabuense (antes de retroceder rápidamente) desde su refugio en la embajada holandesa — Europa se especializa en proporcionar asilo a aquellos que huyen de los males a propósito de los que Europa no hace nada — la única solución es la intervención exterior.

¿Y quién va a intervenir? El único país que podría intervenir es el país que en las dos últimas décadas encabezó coaliciones que liberaron Kuwait, Bosnia, Kosovo y Afganistán. Habiendo sacrificado tanta sangre y dinero en su último esfuerzo — la liberación de 25 millones de iraquíes de la tiranía más bárbara de todas, y su sustitución por lo que está empezando a emerger como la primera democracia del mundo árabe — y habiéndose ganado la condena casi universal por sus esfuerzos, América no tiene absolutamente ningún apetito de tales misiones.

Y así languidece el inocente, como languidecía Betancourt, hasta que alguna potencia local, inexplicablemente sacudida por la noción de Bush del poder duro, hace el trabajo — a menudo con ayuda de militares americanos. “Tras el rescate en un claro de la selva hubo años de labor americana clandestina,” explicaba el Washington Post. “Incluyó el despliegue de la élite de las Fuerzas Especiales de los Estados Unidos, una colosal operación de recogida de Inteligencia… y programas de formación para los efectivos colombianos.”

A propósito de su liberación, Betancourt daba encendidas gracias a Dios y la Virgen María, a sus partidarios y a los medios, a Francia y a Colombia y a casi todos los demás. A fecha de este escrito, ningún agradecimiento a Estados Unidos.

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