Europa y los inmigrantes

Por Alejandro A. Tagliavini
El Nuevo Herald

Madrid — Argentino por nacimiento, mas con ciudadanía europea, podría oponerme a que entraran más inmigrantes al continente. Pero faltaría al bien moral y a la verdad. A Europa debemos estarle eternamente agradecidos por haber sido la madre de nuestra cultura e, incluso, de nuestro amor a la libertad. Pero todos cometemos graves errores: el viejo continente también. Europa ahora comete graves actos liberticidas como la aprobación, este pasado 17 de junio, de la ”directiva de retorno”. Según la cual y mediante mecanismos más rígidos y exigentes ocho millones de inmigrantes irregulares pueden ser expulsados de los 27 países miembros.

La cosa es ya bastante oscurantista. En vuelos nocturnos, en contra de su voluntad, los inmigrantes son repatriados con fuerte custodia policial. Según datos oficiales, entre 2004 y 2007, en España se aplicó este mecanismo a 370,000 personas, 43 por ciento más, con respecto al gobierno del Partido Popular (PP).

”Lo que (se) busca es privar de su libertad a personas que no han cometido delito alguno, salvo que se considere delito a escapar del hambre”, denuncian las ONG.

No se trata de pedir alguna caridad para los inmigrantes, ya que ellos producen su propio sustento, además de que también favorecen a las empresas (la sociedad) que los cobijan; de otro modo ningún empresario los contrataría. Salvo que el Estado interfiera coactivamente el mercado, provocando desocupación.

El mercado se autorregula. Debido a la crisis económica, hoy sólo la mitad de los 18.9 millones de inmigrantes latinos que viven en Estados Unidos envían dinero a sus familiares, en comparación con el 73 por ciento de quienes dos años atrás lo hacían. El 49 por ciento planea regresar a casa.

Las remesas de dinero hacia la América Latina prácticamente se estancaron en los 45,900 millones de dólares durante el 2007, mientras que entre los años 2001 y hasta 2006 ese monto se triplicó –desde los 15 mil millones de dólares hasta 45 mil millones– un gran auxilio que posibilitaba paliar la miseria provocada por el estatismo de los gobiernos del vecindario.

Chile es el único país iberoamericano que logró reducir los índices de pobreza a la mitad. Lo hizo sin asistencia estatal: creó la riqueza a partir de la actividad privada. En Venezuela, en cambio, los porcentajes de miseria han crecido desde 43% hasta un 56% durante los años 1999-2007. A pesar de tener el respaldo del petróleo: cuando Chávez llegó al poder, el precio del crudo era de 8 dólares por barril, mientras hoy ese mismo barril de crudo se vende por 130 dólares.

El hambre no es un fenómeno natural, sino el resultado de los errores de los gobiernos. Un tercio de la población global vive bajo los controles de precios de los alimentos o las prohibiciones para exportar. Además de los impuestos y los aranceles aduaneros –y los ya clásicos subsidios a los agricultores que tanto distorsionan el mercado–, los Estados intervienen con todo tipo de interferencias coactivas, las cuales impiden el natural desarrollo del mercado.

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